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El verano, las vacaciones también son para leer.

Tengo entre manos tres libros.

Uno de ellos, Los pacientes del doctor García, de mi admirada escritora Almudena Grandes.

Tiene 763 páginas, y en todas ellas te va contando historias que vives y sufres con sus protagonistas, te trasladas a esa época.

Aquellos años... Comienzos de los treinta, la Guerra Civil, la posguerra.

No voy a hablar de política. Vencidos ni vencedores. Quiero resaltar con reseñas la forma de querer de los padres de entonces. Su actitud ante los hijos cuando te rodeaba la pobreza, la miseria en aquellos pueblos fríos, analfabetos de la España oscura.

Muchas veces consecuencia de lo mismo que ellos y ellas habían recibido.

La falta de cariño, de abrazos de verdad, de besos y caricias en el pelo.

"Ella nunca le había pegado, pero nunca le había abrazado. Le alimentaba, le vestía, le cuidaba cuando estaba enfermo y acercaba la cara a sus labios para recibir un beso protocolario cada mañana y cada noche, pero le había besado muy pocas veces. Nunca se había colgado de su cuello al verle entrar por la puerta, ni le había apretado fuerte entre sus brazos, ni había bailado con él en la cocina (...). Nunca le había sentado sobre sus rodillas mientras limpiaba judías verdes, ni le había hecho muñecos con palitos y retales de trapo, ni le había mecido cantando para él, como hacía con Tula y con Asunción".

Hasta que esa madre fría y lejana lo sacó un día de su casa y se lo llevó al cura

"así que he pensado que podría quedarse usted con Manolín".

Eran aquellos tiempos en los que, algunos, tenían que elegir entre la miseria o la sotana. Muchos eran los que elegían esto último, el Seminario, para poder estudiar o escapar del pueblo donde no había presente ni futuro.

Por suerte, por mucha suerte.

Las cosas han cambiado para mejor.

Los hay que dicen; antes se vivía mejor, los hijos obedecían, había más seguridad, se podía jugar en la calle... Parece que estuvieran en contra de las tecnologías, de los avances, la innovación. Que luego también ellos utilizan y bien les viene. En ocasiones se repite que cualquier tiempo pasado fue mejor pero no es cierto. Aunque como en todo, habrá ligeras excepciones, la nostalgia, la melancolía no es buena.

Hay que vivir el presente, el aquí y ahora. Sin olvidar a los que amamos, a los que están en nuestro corazón y ya no tenemos al lado físicamente.

Sería doloroso que se nos hubiera pasado el tiempo recordando sin disfrutar con los que están y nos necesitan porque un día ellos, nosotros también nos iremos.

A quien me quiera oír o leer repito y grito; vivamos sin rencor, inseguros, odiando, maldiciendo, frustrados o envidiando... Permitámosno amar y ser amados, no importa de quién o con quién. Es tan liberador vivir sin prejuicios, sin juzgar ni juzgarse tanto.

Saber comunicar nuestra admiración y cariño. Valorar a los demás y hacerlo saber.

Me repatea aquellos que dicen: yo digo la verdad, yo digo lo que pienso, soy sincera/o... No serás que eres maleducada/o. Y de qué verdad hablas... la tuya, la del otro, la mía... la de quién.

Dejémonos de perder el tiempo con banalidades.

Disfrutemos, cada uno a su entender, con el trabajo, el tiempo libre, la familia, los amigos... ¡Hay tanto por lo qué vivir!... Y sólo hay una vida. ¿Nos damos cuenta de ello? Quizás no como debiéramos.

Creemos que el tiempo nos pertenece. Y el tiempo es del tiempo y se escapa como el agua de entre los dedos.

En fin estas son reflexiones que me vienen dadas por esta lectura, cuando se cuentan, tan sensiblemente, ese ambiente duro de vivir con los hijos y la ausencia de sentimientos o saber expresarlos si es que los había.

Y ese porque lo digo yo, porque lo mando yo, porque soy tu padre y punto.

La vida en su revolución y evolución ha cambiado al ser humano en su personalidad, su actitud, su comportamiento y relación dentro del ámbito familiar. De aquellos padres dictadores pasaron a los consentidores y ahora, viendo también las consecuencias de la frustración de muchos de ellos se ha pasado a ser más reflexivo, al diálogo pero sin perder la autoridad, ni el respeto. Sabiendo que todo cuesta, que con la voluntad y el esfuerzo hay mucho terreno ganado. Pero con los pies en el suelo hay que recordar y sabemos que no todos los sueños se cumplen.

Que en la vida hay frustraciones que superar porque la corriente del río no siempre lleva aguas mansas. Lo que llegue llegará y si viene con amor y comprensión todo será mucho más llevadero y fácil.

Por cierto vuelvo con Manolo, que ya habla varias lenguas: alemán, francés, inglés... Sí, aquel niño, Manolín con camisa llena de agujeros y zapatos rotos que su madre nunca besó.

Lo que ocurre del singular al plural muchas veces pasa por los libros. Y la vida un libro con muchos capítulos. Así que ahí vamos, pasando página a página hasta llegar al final. Mientras... Les mando abrazos y besos sinceros.

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