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La decisión de abstenerse del último comité federal del PSOE para permitir un nuevo gobierno del PP ha levantado mucha polvareda y. entre otras, no se están diciendo cosas muy rigurosas. El río revuelto de este tiempo está dejando al descubierto las deshonestidades de más de un pescador.

La primera de las cuestiones de fondo que afecta a la política nacional, pero con especial relevancia al Partido Socialista, es la pérdida de capacidad del colectivo dirigente. Comprendo que puede parecer dura esta reflexión, además de imposible de verificar científicamente, pero como observador atento y veterano, tengo la impresión de que la elección de las personas de los aparatos y de los cargos públicos se hacen teniendo en cuenta más la lealtad grupal, sectaria (a una determinada parte del partido, que no al partido mismo), que la capacidad de las personas. Grupos de leales, que no de capaces, este es el problema. Y si no, echen un vistazo a su alrededor.

Con ello no quiero decir que no exista gente suficientemente preparada en estos líos, líbreme dios, pero no duden que hay mucho de verdad en este asunto que comento. Y tampoco se ponen en duda las legitimidades democráticas de estos nombramientos, como es natural, pero coincidirán conmigo también que la democracia puede ser modulable y, por tanto, ampliable.

Y parte de este problema se ha puesto de manifiesto en los dos convulsos últimos comités federales. Por ello, y antes de sumergirnos en el problema específico de la abstención, quisiera reparar en dos cuestiones que no me parecen baladíes. La primera de ellas, es que el comité federal provocó la dimisión de un secretario general que fue elegido directamente por la militancia. Parece lógico entender que existe un cierto desajuste, desde el punto de vista democrático, en esta decisión: un órgano representativo (máximo si se quiere), desaloja del cargo a un secretario general elegido por sufragio. La segunda cuestión se refiere al tipo de decisión adoptada: dar el gobierno a la derecha (permitir gobernar no es más que un eufemismo dulcificador). Y habiendo ensayado ya, desde hace algunos años, fórmulas de profundización de la democracia, como es que en una decisión de este calado se omite una fórmula más participativa. Quizás porque son conscientes del divorcio de las direcciones con las militancias. Este último problema, el divorcio, mostrará su verdadera dimensión en los próximos meses.

Pero la consecuencia de estos dos aspectos a los que me he referido pone de manifiesto, en mi opinión, un debate plenamente vigente que se esconde tras la feria ruidosa de calificativos sobre la abstención. El PSOE se encuentra en este momento en un debate de fondo en el que se oponen la democracia representativa y la democracia directa. Partidario como soy de la democracia representativa en cuanto que instrumento de participación, en sociedades y organismos complejos, no entiendo que, una vez iniciado el camino de la participación directa, para decisiones de relieve, y ensayado ya con resultados favorables, se sustraiga esta fórmula a una decisión de tal trascendencia. El tiempo dirá si este problema viene a poner de manifiesto el intento de una parte del partido de sustraer a la militancia de su capacidad de sufragio, con un evidente miedo a la democracia, o si por el contrario es un simple accidente en el camino de profundización de las fórmulas de participación ciudadana.

Hecha este reflexión, y adentrándonos en el asunto de la tan maltrecha abstención, quiero empezar señalando que para el que suscribe la decisión no debería tener la trascendencia que se le está dando, si no fuera porque el PP ha demostrado en los últimos años dos rasgos especialmente repugnantes: el ataque frontal al estado del bienestar, en sus últimos cuatro años de gobierno en solitario, y ser el primer partido directamente enjuiciado por corrupción, eufemismos a un lado. En un momento de profunda crisis económica la adopción de las medidas del PP han desmantelado a más de la mitad de la clase media nacional e incrementado el número de excluidos en nuestro país. Junto a esto, el paseíllo constante por los tribunales de personas relacionadas con el PP y sus juegos sucios, televisados a diario, hacen más incomprensible aún tal decisión. En las democracias europeas consolidadas este tipo de decisiones no producen tanta inquietud y descontento, y se asumen los resultados electorales con mucha más naturalidad. La responsabilidad de Estado, entonces, tiene sentido. Pero muchos cuestionan, cuestionamos, que en nuestra querida España se hable de responsabilidad de estado para permitir el Gobierno, con nuestra abstención, de un partido sentado en el banquillo de los acusados. No es bueno mezclar al estado, y sus responsabilidades, en tan turbios asuntos.

Pero no me resisto, cosas de no querer quedar bien con nadie, a coincidir con el PSOE en el hecho de resaltar que si Podemos hubiera tenido como prioridad desalojar al PP del Gobierno, probablemente, no hubiésemos llegado a esta situación (ya en su día publiqué que podría ocurrir gracias a don Pablo). Para mí tuvieron como prioridad su interés partidista, antes que el interés nacional, entendido como el interés de la mayoría de los asalariados y desempleados de nuestro país. Y ya advertí de este hecho tras las primeras elecciones generales a las que concurrieron. Si no, quiénes creen ustedes que es el principal beneficiario de la decisión de abstenerse. Aunque, con las torpezas de Iglesias, igual no sabe aprovecharla. El tiempo lo dirá. Las expectativas despertadas son muchas, pero créanme, pasar de comunista a socialdemócrata, y de golpe a populista de nuevo, y todo en un solo año, no lo hace fiable. O dicho de otro modo, son mis expectativas, en primera persona, las que se han visto malogradas al observar los vaivenes del líder podemita. Qué orfandad la nuestra, la de los socialdemócratas.

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