El fútbol, alivio y ¿fraude?

A mí el fútbol hace tiempo que me recuerda a la Semana Santa de mi pueblo, Sevilla, salvando las distancias entre ambos acontecimientos

Jugadores del Madrid celebran un gol.
15 de febrero de 2026 a las 07:00h

Cuando estaba Franco decíamos que nos “dormía” con fútbol y toros. Los toros en lugar de dormir han despertado muchas protestas, rechazos y prohibiciones, si el generalísimo levantara la cabeza y viera lo que hay puede que, por una parte, se enfadara (por el asunto de los toros) pero, por otra, acaso se volviera a morir de la risa con el fútbol multiplicado por un millón. Algunos progres de ayer y ya viejos antifranquistas, con el tiempo se han metido a empresarios audiovisuales que se dan patadas en el trasero por lograr los derechos del fútbol para hacer negocio, pero como es un negocio progresista eso vale.  

San Patadas Bendito

A mí el fútbol hace tiempo que me recuerda a la Semana Santa de mi pueblo, Sevilla, salvando las distancias entre ambos acontecimientos. En Semana Santa nos interesamos por las hermandades que hacen lo que se llama estación de penitencia no sólo los siete días, sino que están las cofradías que aún no desarrollan el itinerario oficial entre sillas y palcos cuyos rendimientos pecuniarios hacen las delicias de la hucha del consejo de Hermandades y Cofradías. Hay más, otras cofradías que recorren barrios alejados de la “carrera oficial”. Barrios pobres o casi que, sin embargo, son capaces de poner un par de pasos en la calle, eso, entre otras ceremonias religiosas que atoran partes de la ciudad a menudo.  

La liga de fútbol española empieza el viernes y termina el lunes. Si el Viernes Santo nos preguntamos por las cofradías que saldrán, casi todos los viernes y sábados son viernes y sábados de San Balón, más los domingos y lunes de gozo y, si tenemos en cuenta los torneos europeos, disfrutamos de Semana Santa futbolera, ¡qué digo!, ¡año entero de San Patadas Bendito! 

Se puede sentir devoción por las imágenes de las hermandades sacras y se pueden sacralizar equipos de fútbol y futbolistas. La diferencia es que jamás se nos ocurrirá insultar a un santo al que le tenemos devoción o mandarlo a tomar viento -como hacían los romanos con sus lares y penates- a la vista de que no nos llega el milagro y en cambio es posible que a un santo del pelotazo al que amemos, mañana lo rechacemos por lo que sea. Y por supuesto lo envidiamos por la cuenta corriente que suponemos que debe esconder. 

El personal se quiere poco

Los santos futbolistas también los tenemos en estampitas con las que yo jugaba desde crío y en pósteres que adornan paredes como si fueran santos de los de verdad. Otrosí, se pueden contemplar por doquier seres humanos con camisetas en cuyo dorsal reza el nombre de algún santo varón/barón futbolista siempre de los que tienen fama y dinero. Para un psicoanalista esto puede ser muy sabroso de estudiar. 

El personal se quiere tan poco que necesita lo que considera sobrenatural, el caso es vivir en la inopia porque la inopia es ilusionante, cómoda y bella, no como la vida de verdad que es innoble y sucia y exige el enorme esfuerzo de tener que limpiarla, aunque sea un poquito. 

“Qué pena, no ser un futbolista con el dinero que ganan”, puede pensar alguno. Lo que ya se tiene menos en cuenta es el tiempo y el sacrificio que le supone a ese futbolista llegar donde ha llegado. Oh, aquí aparece la palabra maldita de hoy en día: esfuerzo. Al final la gente futbolera tiene bastante con adorar al mito y que su memoria la mantenga lejos del gran esfuerzo y cerca del esfuerzo, pero lo preciso, ¿eh? Y a ver si le llega el sacrosanto día de la jubilación y se hincha de júbilo la cruel existencia.

El nuevo gladiador  

El pobre futbolista es el gladiador de nuestros días. Lo ponen a danzar por esas canchas a las dos de la tarde -hora del almuerzo- en cualquier ciudad, sólo para que lo vean los chinos que van adelantados hasta en la hora. Dos o tres días después se lo llevan a la punta de la chingada a jugar de nuevo, tal vez en la hora de la siesta y, cuando hace calor, algunos se aflatan sobre la yerba. Después, otro avión y regresan al césped de su empresa… Todo hasta que le estallan los músculos si es que antes no se desvanece de nuevo en pleno partido. ¿Qué pasa hoy que se lesionan los gladiadores del balón hasta en los precalentamientos? ¿Retrocede la raza o avanza la codicia? 

El pelotero pasa a la baja por enfermedad y la gente espera con ansia su recuperación como si le hubieran arrancado medio brazo (a la gente). Con razón. Es que un trozo del rito que ofrece sentido a su existencia está en el quirófano y luego en la enfermería. Menos mal que hay gladiadores combativos por un tubo y acaso llegue otro con el que sustituir al enfermo.  

Se globalizó el balón

El fútbol se ha globalizado, el forofo de este espectáculo se sabe ya los nombres no sólo de los regateadores españoles sino los de todo el planeta, sean los gladiadores blancos, negros, cobrizos o achinados. No es nueva esta sabiduría, ya Gila se cachondeaba de ella en uno de sus números en los que representaba a un concursante incompetente en el conocimiento del descubridor de América o del color del caballo blanco de Santiago que cuando le preguntaban por el nombre del tatarabuelo de la suegra de un futbolista respondía con toda exactitud.   

Necesitamos algo para aguantar la vida. El fútbol es ideal, Franco ya lo sabía y ha creado escuela en la democracia. Con tal de aliviar la pesadísima carga de vivir -que cansa, como decía Cesare Pavese- aceptamos una liga como la española que da la impresión de ser un fraude, hecha para dos equipos más uno que va con la lengua fuera detrás de ellos. Dos equipos que cuando comienza la competición ya llevan al menos nueve puntos de ventaja por los favores arbitrales que van a recibir.

En todo hay clases

Hace poco -históricamente hablando y aún quedan rescoldos- existían los estamentos, las castas, algo parecido a la India de hoy. La nobleza era educada y culta y no se juntaba con los burgueses que eran -a ojos nobles- burdos ricachones sin educación y con cabeza de moneda mercantil. Luego estaba la plebe. Ha cambiado el paisaje –“cambiar todo para que todo siga igual”- y hoy un noble, una banquera y una tonadillera pueden darse la mano en cualquier jolgorio. Los reyes y princesas se emparejan con la plebeyez. 

Las castas siempre han estado ahí en el fútbol, pero ahora desean organizarse y separarse de la medianía. Cuando yo era niño y después joven me lamentaba de que los equipos “grandes” se llevaran a los mejores futbolistas de Betis y Sevilla. Mi padre me decía: “Ramón, todos los equipos españoles son cantera del Madrid y del Barcelona”. Añadamos al Atlético de Madrid y al Valencia en sus buenos tiempos. Punto. Ahora ni a esos dos por mucho que el Atlético le haya metido cuatro goles al Barça.

Florentino, el del Madrid, ha tirado de la manta y está queriendo estructurar a la casta, no deberían habérselo negado, ya le darán la razón. Lo que Florentino quiere es por supuesto ganar más dinero vendiendo dosis de “droga” más fina y pura para los aficionados y, de paso, hacerles frente a las castas árabe y a las que se van formando en Estados Unidos que se dio cuenta de que estaba al margen del mundo en materia futbolera europea, se puso las pilas y miren dónde está llegando, como China. El contraste lo tienen en Cuba, ahí, escondidita, sin cerillas para encender el hornillo y con el béisbol gringo.

Los superdotados en dineros y en trabajadores deben habitar en aulas especiales y dejar a los menos ricos, a los pobres y a los paupérrimos en otras clases. ¿Para qué queremos la mayoría de los aficionados una liga donde el pescado está vendido desde el minuto uno? La máxima ilusión de la mayoría es quedar los quintos o los sextos en la liga y que no te eliminen pronto en las múltiples competiciones que se ha inventado la UEFA. Y ganarle al Madrid y al Barcelona. 

Es muy difícil seguirle los pasos eternamente a los “grandes”, miren en mi pueblo dónde está el antes campeón de Europa, Sevilla FC. Miren dónde está el Super Depor de La Coruña. Miren al Valencia, miren al Zaragoza. Lo de la Superliga, en sentido empresarial, es buena idea. En sentido emocional no, porque le quitas a la ciudadanía la ilusión de ganarle a un grande y de verlo jugar muy cerca de ti. El Betis resolvió esta encrucijada hace muchos años con su filosófico y resignado eslogan “Viva el Betis manque pierda”. En estos tiempos de frenesí, negocios obsesivos, infartos y depresiones, esa frase es a la vez sosegadora y reaccionaria.