La codicia –"Afán excesivo de riquezas" (RAE)- y la desidia –"Negligencia, falta de cuidado” (RAE)- han matado a más de cuarenta personas y herido a muchas más en el choque de trenes en Adamuz. Accidentes ocurren todos los días y a todas horas. Somos miles de millones de seres humanos en miles de millones de situaciones distintas y pasan muchos acontecimientos desagradables, en realidad siempre nos estamos jugando la vida, desde una catástrofe como la que aún nos sobrecoge hasta un ictus que nos lleve a un derrame cerebral o a un infarto fulminante de corazón pasando por un objeto que nos pueda caer en la cabeza y por la desgracia que ha padecido el joven en prácticas Fernando Huerta que ha dado lugar al parón de los trenes de cercanías catalanes. Ya veremos hasta dónde llega ese trance.
La gran diferencia es que la tragedia de los dos trenes -alta y media velocidad- que han impactado a unos doscientos kilómetros por hora es el efecto perverso de la codicia ciega del mercado y de la desidia de quienes deben vigilar esa codicia asesina. Es una idea -la codicia mercantil- que la reflejarán poco los medios de comunicación que se han beneficiado de los anuncios de las empresas de los transportes de alta velocidad, se cargan sobre todo las tintas contra los políticos y, en este caso, es muy correcto hacerlo, pero se profundiza poco en las causas cuando el Poder de verdad está por medio.
Soy plenamente consciente de que el libre mercado -libre sobre todo para las grandes empresas- es mi sociedad. Me ha traído mucho confort y progresos maravillosos tanto mentales como materiales y me traerá más. Pero eso no me obnubila para ignorar que la economía de mercado ha sido y es una de las grandes asesinas de la Historia, por no afirmar que es la más asesina de la Historia. Por eso necesita la mesura, la razón, la autoridad del Estado y de los gobiernos que la ciudadanía elige precisamente para que la proteja de aquellos que al tiempo que crean riqueza y puestos de trabajo originan muerte y desolación.
En lugares del mundo dejados de la mano de Dios la economía de mercado ha matado y mata todo lo que quiere y puede, desde seres humanos hasta hábitats ancestrales pasando por ilusiones y derechos. Pero en nuestros mundos acomodados tiene que someterse a vigilancias intensivas para que el león que lleva dentro no lance demasiados zarpazos mortales. Muchos de los protagonistas que impulsan la economía del libre mercado son seres que lo mismo nos traen grandes avances que grandes asesinatos.
Como no se puede prescindir de ellos porque son ellos quienes tiran de este pesado carro que es la existencia humana, hay que dejarlos hacer y vigilarlos a un tiempo. Y ahí aparece la desidia y el egoísmo, el pasotismo de los políticos que nos demuestran la enorme naturaleza egoísta y destructiva que arrastra un ser humano. Y con ella su cobardía, su mediocridad, su servilismo.
Estaba el otro día releyendo la biografía de Cervantes. Intentó fugarse cuatro veces de Argel, en las cuatro fue él quien lo ideó todo. Las cuatro fracasaron. Cuando el poder islámico pretendía saber qué había pasado y descubría a los culpables para eliminarlos, Cervantes levantaba la mano y decía que él era el responsable de todo, el único culpable. ¡Cuánto me gustaría que algunos levantaran la mano ahora y en otras ocasiones para hacernos saber que ellos han sido los culpables máximos del siniestro! No sucederá, lo que sí ha sucedido es que los más de cuarenta muertos se han ido al hoyo y ellos siguen con el bollo.
Antes de que en 1992 comenzara a circular el primer AVE entre Sevilla y Madrid -ése al que alabó Obama para su país- fui a una especie de rueda de prensa en la que nos explicaron cómo funcionaba el “bicho”. En mi ignorancia de entonces, me sorprendieron dos o tres detalles de todo lo que nos explicaron: que el tren no necesitara siempre conductor sino que el radar desempeñaba un gran papel y que para frenar a unos 300 kilómetros por hora precisara unos 13 kilómetros y que ese frenado se inicia nada más detectar el software que lleva que algo extraño había caído en la distancia sobre una vía protegida, especial para este tipo de transporte.
Aquel AVE que nos dejaba casi al lado de la puerta de la calle en la estación de Atocha está ahora muy acompañado, de acuerdo con la llamada liberalización de la red viaria, a su vez derivada de la famosa economía de mercado. Desde 2020, AVE, Iryo, Avlo y Ouigo están llevando a cabo una muy alta velocidad, a ver quién corre más y quién te lleva más pronto desde una ciudad a otra por menos dinero.
¿Tenían todas las garantías de que en España había tanta vía y tanta seguridad como para hacer negocio bajo eso que se llama la responsabilidad social corporativa? Da igual, vamos para España que ya los políticos nos pondrán las infraestructuras, la pela es la pela, nosotros vamos llenando la alcancía, compitiendo, y ellos se hacen la foto presumiendo de trenes y progresismo.
Pasen, pasen, están ustedes en su casa, donde cabe uno caben cuatro (más los Alvia, más los cercanías) y los que vengan. Ya pondremos las vías a gusto de los señores, pasen y hagan lo que les salga de las partes bajas. Oh, vamos a necesitar mucha inversión para alojar en nuestra casa española a tanto personal, no es problema, si es necesario compramos camas hinchables y hasta tiendas de campaña para el patio de la casa y nos acomodamos todos, lo importante es el progreso y la competencia.
La ciudadanía estaba entusiasmada, en el diario El Mundo tienen ustedes numeritos: la demanda se ha venido muy arriba, el personal se da patadas en el trasero para sacar billetes desde su móvil o desde su computadora. El león iba creciendo y la desidia también. Había quien advertía de los riesgos, nada, sigamos adelante, son los alarmistas de siempre.
Hasta que han llegado los 43 o 45 o los muertos que sean, ¡echa ahí muertos que lo más normal es que nada ocurra! La gente de a pie, los que nos arriesgamos más en la vida, los que votamos a los gobernantes en una feria que se llama democracia, comprobamos que nuestro voto no sirve para nada, que estamos solos, que la desidia de quienes tenían que haber colocado las rejas, ha provocado que se hayan olvidado de hacerlo o sencillamente no han querido hacerlo y el león que comercia con vidas humanas se ha saltado la jaula y se ha pasado mil pueblos con sus zarpazos.
El asunto es que en estos momentos casi todos los que tienen responsabilidades en este asesinato en masa nos hablan con lindas palabras y nos ofrecen ceremonias. No van al fondo de la realidad. Y el fondo es la codicia de unos pocos y el pasoteo de otros pocos. El fondo es un sistema que carece de alternativas esenciales. Así es esto, si lo queremos bien y, si no, también. Porque ahora se echará serrín sobre la mierda mercantil pero la mierda de la codicia quedará debajo y volverá a las andadas. A fin de cuentas, eso es lo que queremos, ¿no? Viajes, progreso, comodidad, un mundo guay que nos divierta y entretenga.
Ayer fueron los cribados de mamas; la dana, que si fue uno el responsable o si fue otro; el apagón que mató a personas que necesitaban electricidad; el covid que mientras mataba a gente que murió sola en su casa los de la desidia robaban mascarillas. Lo penúltimo es el aviso de que la autopista Sevilla-Cádiz puede colapsar porque desde que es gratuita el tráfico de camiones ha aumentado mucho sin estar pensada para eso sino para turismos.
Siempre que hay un manojo de dictadores insensibles es porque alguien lo permite: nosotros en primer lugar. Hay quien está señalando ya hasta al rey. Nadie posee la integridad de Cervantes que, manco y todo, esclavo y malnutrido, dijo: no busquen más, el culpable soy yo. He ahí uno de los motivos por los que el autor de El Quijote no morirá nunca, mientras que de los asesinos codiciosos e insidiosos nos olvidaremos pronto hasta que regresen de nuevo con otros nombres y otras caras. Eso nos permitirá distinguir entre la persona íntegra, como fue el caso de don Miguel de Cervantes, y la otra, la que no es digna ni de sí misma y, sin embargo, nos manda un mensaje: las campanas en realidad no doblan sólo por los fallecidos en Adamuz, doblan por todos nosotros.
