De izquierda a derecha: Alberto Garzón, Antonio Maíllo, Teresa Rodríguez, Íñigo Errejón y Ángela Aguilera, en un mitin celebrado en Jerez el año pasado. FOTO: MANU GARCÍA.
De izquierda a derecha: Alberto Garzón, Antonio Maíllo, Teresa Rodríguez, Íñigo Errejón y Ángela Aguilera, en un mitin celebrado en Jerez el año pasado. FOTO: MANU GARCÍA.

La izquierda española ha cometido muchos errores a lo largo de la historia. Como todos y cada uno de nosotros. Errar es natural. Más en política. Aún más en una coyuntura política caracterizada por el riesgo y la incertidumbre, por la brevedad y la inseguridad. Lo que no podemos entender es el continuo rechazo de la izquierda española a Andalucía, pese a que el desarrollo de los acontecimientos del último siglo –podemos viajar aún más al pasado— ha demostrado el enorme error que esto supone. La izquierda española no puede ser realmente transformadora sin incorporar al pueblo andaluz.

No podemos comprender por qué los andaluces, al menos para los dirigentes madrileños de Unidas Podemos, no merecemos formar parte del bloque del cambio político. No sabemos si será porque nuestros dolores son mayores que los del resto. Somos más pobres y más precarios, nuestra educación y nuestra sanidad están amenazadas de muerte y tenemos menor esperanza de vida. Quizás todo este cúmulo de padecimientos no sea la razón, quizás simplemente sea porque los únicos que se atrevieron a poner voz al enfado generalizado tras el escándalo de Galapagar fueron andaluces. O tal vez, a Monedero le disgustó tanto que la gente no les perdonara en las urnas que se equivocaran de bando, que haya decidido, en su rol de brújula, vetar a Andalucía de cualquier bloque. ¿Quién sabe?

Algo sí sabemos. Los ciudadanos han tenido la oportunidad, debido a la reciente sucesión de elecciones, de hacer notar sus preferencias políticas. Solo hay dos formaciones que han resistido por encima del 15%. Una se llama Más Madrid y la otra Adelante Andalucía. ¿Dónde está Unidas Podemos? Toda la basura lanzada por el círculo de Pablo Iglesias el 3 de diciembre, cuando todavía nos encontrábamos lamiéndonos las heridas del resultado electoral, no cambia un ápice la realidad. Adelante Andalucía, pese a la sorpresa de Vox, la baja movilización progresista y los ‘palos en las ruedas’ ha sido un ejemplo de resiliencia.

No todo es negativo. Hay debate. Hay batalla. Anticapitalistas, pese al acoso recibido desde Madrid –no entraremos en los múltiples ataques mediáticos de la horda cibernética contra Teresa y Kichi (Galapagar, primarias…)—, al recelo que algunos podían mantener, han decidido apostar por Andalucía. Les honra. La tribuna de José Ignacio García y Ángela Aguilera, La hora de Andalucía en Madrid, representa un movimiento que no entiende de siglas, partidos y guerras internas. Forman parte del resurgir del andalucismo, un andalucismo que, apelando a la (des)representación, a los dolores de nuestra gente y a la guerra cultural, está consiguiendo, paso a paso, volver a colocar a Andalucía en el centro de la política española.

No están solos en esta pelea. Errejón y los suyos han entendido que el modelo de Unidas Podemos no funciona. Solo una izquierda confederal, a imagen y semejanza del magnífico grupo construido en el Senado —liderado por Esperanza Gómez— será capaz de transformar este país. Una izquierda donde Madrid no decida quién merece voz y quién merece silencio. Ya están sentando precedente de lo que podríamos lograr trabajando juntos, batallando contra la desigualdad, el ‘dumping fiscal’, la corrupción, etcétera. Han demostrado que existe otra manera de construir un proyecto común, basado en el respeto a la soberanía de los pueblos y de los partidos políticos que los representan.

Los andalucistas seguimos vivos. Seguimos creyendo en un proyecto propio para Andalucía. Seremos pocos, pero somos aguerridos. No tenemos miedo a ningún líder supremo ni al cesarismo con el que maneja su organización. No queremos ser más que nadie, pero tampoco aceptaremos ser menos. Hemos dado la cara en la calle y en las redes sin pedir nada. Hemos compartido trinchera con gente con la que jamás imaginamos hacerlo. Pero estamos hartos. Vuelven a llevarnos a elecciones. Vuelven a silenciarnos. Vuelven con la amenaza de la fragmentación. Ahora, todo envuelto con el cuento de Errejón y el lobo, como si no hubiera sido Pablo Iglesias el que hubiera decidido renunciar a negociar medidas —como propusieron comunistas y anticapitalistas— para negociar sillones. Desde Madrid siguen sin entender, por muchas excusas que inventen, que jamás habrá unidad de la izquierda española sin Andalucía. Es más, NO gobernará ninguna izquierda alternativa al PSOE sin Andalucía. Vuelven a repetir los errores de la transición y de la II República. Como dijimos al inicio, errar es humano. Pero cuando los errores atentan siempre contra de los mismos, da que pensar. Llueve sobre mojado.

La crisis de representación actual, con síntomas tan alarmantes como la desafección y el aburrimiento, debería despertar no solo a Unidas Podemos, también a cualquiera que se considere de izquierdas. También sus votantes manifiestan esos sentimientos. En Andalucía se suma un sentimiento más, la decepción. Jóvenes y mayores, sin militancia alguna, recuperamos la alegría política al volver a ver en los balcones de nuestros pueblos una bandera de esperanza. La blanca y verde volvía a ondear en diferentes rincones del territorio. Un ¡viva Andalucía libre!, fue lo único audible en el mundanal ruido mediático provocado por Vox. Varias preguntas nos hacemos. ¿Por qué nos callan desde Madrid? ¿Cómo se puede ser de izquierda en este país sin respetar la doble identidad nacional? ¿Tienen miedo a qué el león dormido despierte? ¿Quién carajo es Pablo Iglesias para decidir qué pueblos merecen tener voz?

Mientras estas preguntas siguen sin respuesta, nosotros recuperaremos al espíritu del 15M y el 4D. Porque vuelven a no representarnos. Y no pararemos hasta que nos representen, ahora que ya ni siquiera nos gobiernan. Nadie fuera de Andalucía va a curar nuestros dolores. No habrá izquierda alternativa —ni alternativa de izquierdas— mientras se continúe despreciando la singularidad de nuestra identidad. “Ha nacido un nuevo día, sigo siendo el mismo perro, el perro de Andalucía. El perro hoy se levanta. El perro muerde la mano”.

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