Para ponernos en contexto.
Y cuando todo parecía amojamao, la comparsa vuelve, mejor se revuelve, contra el corsé que idealizaba menos a la mujer y mucho más, fundamentalmente, los deseos señoros de que la mujer fuera un robot poétizado a su servicio. Cuando escucho que una comparsa es muy reivindicativa, esta vez para describir la comparsa de las We can do Carnaval, ese reivindicativa me suena mal, suena a que está demasiado politizada. ¿Aquellos duros antiguos no eran ideología?, ¿no?, ¿seguro? Pues yo creo que sí, muy fuerte y muy ideologizada: solo hay que preguntarse por qué escarbaba la suegra “medio chocha”, que “perdió las uñas y el pelo, aunque bien poco tenía”, y no un celador del fielato. La ideología del patriarcado es pseudo reivindicativa del patriarcado. Pensemos qué significa reivindicar, de vindicatio: tocar con un palo un objeto para reivindicarlo como propio: ¿el robot poetizado a la medida del señoro? No, esa sería una falsa reivindicación.
En latín vindicatio era la acción de reivindicar, defender o reclamar un derecho, propiedad, honor o inocencia que ha sido injustamente arrebatado o cuestionado, acción que persigue la recuperación de lo que es legítimamente propio. Pues eso, las mujeres están señalando lo que les fue injustamente arrebatado, y sigue. Reivindicar es lo más legítimo para recuperar lo que fue ilegítimamente arrebatado. La sociedad está decidiendo en audiencia pública, además, que sí, que las mujeres tienen razón. Que les quitaron algo: les quitaron mucho, casi todo.
La segunda acusación que se ha podido leer en los tabernáculos de las redes antisociales es que la We can do Carnaval sería una comparsa de extrema izquierda, ejem. Yo comprendo que a los tradicionalistas les salgan espumarajos por la boca ante el maravilloso espectáculo de La Camorra, que presenta a la Iglesia como una S. A. empresarial. No pierdan la calma, las We can Do Carnaval no entran en la descripción de extrema izquierda que hace la Ciencia Política ni de lejos. La más elemental lectura de las cuartetas pone en claro que no quieren destruir nada, todo lo contrario, exigen que se cumplan las leyes compartidas y afean a los señoros que quieran devolver a las mujeres a su gabinete de curiosidades.
La comparsa “puso patas arriba al Falla” y yo digo que al Carnaval todo.
Voy a situarme en Los tontos de capirote, aquí, legendaria chirigota que tuvo que abandonar el Gran Teatro Falla con protección policial en 1986. Ellos cantaron “Empezó con un pesebre, de pastores y romanos, y ahora tienen montao un cacho de negocio en El Vaticano”; “Hacienda les paga doce mil millones por la misma cara”. ¿Es repetición lo que ahora cantan las We can do Carnaval, cuarenta años después? Algunos pretenden que La Camorra ya se ha visto antes. Casi todo se ha visto antes en el Carnavá de Cadi, lo importante es si se ha visto como pura repetición o como reinterpretación actualizada de algo que se criticaba y nunca se resolvió. En este sentido, La Camorra sí conecta con Los tontos de capirote, pero no con otras agrupaciones que, aunque hablaran de obispos o de la iglesia, no son comparables con el trabajo de Marta Muñoz o Marta Ortiz Deusto y todas sus compañeras.
La comparsa es deudora de toda la tradición del Carnavá de Cadi, no cabe duda, y eso la hace aun más genial. Toma de entre lo mejor que hubo, toma cosas de otros carnavales del mundo, si se me permite, como del montevideano. Aporta la integración de tantas cosas, lo que ya es una novedad, que es la suya propia. Resulta una comparsa que al mismo tiempo incluye hebras de candombe con el canto polifónico monacal, la música propia del tres por cuatro o una tarantela exquisita. Tiene algo de chirigota, la menor poeticidad atribuible a una comparsa, aunque su poesía es contemporánea, y el mayor sarcasmo y desparpajo; algo de la perdida mojiganga, figuras grotescas presentadas con la danza, la música y la letra. La escenografía recuerda la voluptuosidad y el esplendor del Carnaval de Montevideo. Hay toda una narrativa visual, propia del teatro y que el Carnavá no siempre ofrece: el reparto de los distintos tipos y roles escénicos que conformarían esa iglesia deja comprender lo que se quiere expresar. Estéticamente prolijo e impecable; y provocador, desde luego.
“Lo primero que dijo es que al prójimo tengo que amar sobre todas las cosas”. No se observa una sola cuarteta que ofenda a la fe de quienes la tengan, ni siquiera a Jesús: toda su crítica es contra una organización político empresarial que, precisamente, desoye a las personas con fe en la misma religión que administra esa organización. Lo que hacen es un simple repaso a los diez mandamientos para poner en claro, y con una calidad literaria de Carnavá inigualable, que una cosa son los mandamientos y otra como actúa quien dice que defiende esos mandamientos. En todo momento, la comparsa defiende el amor, a quién “profesa una fe bondadosa”; a quien, humilde, intenta sobrevivir; a Magdalena, representación y símbolo de la mujer. En una palabra, separan el mensaje de Jesús de la práctica de El Estado Vaticano y la Iglesia.
Excelentes intérpretes musicales y excelente composición y cuartetas de Marta Muñoz. Es una comparsa que suena a chirigota. Es Carnavá “contra los espíritus que habitan en las sombras” y desde las sombras quieren gobernar las almas de las personas, lo que tiene consecuencias políticas.
El Carnaval, con su sátira, es una fusta. La Camorra, aquí, es una fusta contra los poderosos y los poderosuelos, contra los espíritus que se esconden en la oscuridad. Y es una espuela para el Carnavá mismo, con su propuesta escénica y literaria. La comparsa, que provenía de la chirigota regresa, pido licencia para decirlo así, a beber en la chirigota y volver a modernizar la tan ajada comparsa, con permiso de Juan Carlos Aragón.
Paternar, no viene de Paterna de Rivera, Cádiz, ni de la Paterna valenciana.
