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Mira que si al final el espíritu navideño va a resultar una utopía. Y es que en ciertos momentos y con ciertas personas puede resultar incómodo abrirnos sinceramente, porque todos conocemos a gente que mira a otra parte cuando ve un problema en un tercero, mostramos actitud pasiva ante los derechos que nos otorga nuestro sistema, esos de la vivienda digna para todos.... A ver si todos los que piden en la calle no va a ser para drogarse; o todos los musulmanes no son terroristas; o todos los ocupas no se merecen un castigo… A ver si una bandera en mi balcón me separa más de los demás en vez de unirme… Sí, puede que todo sea una enorme hipocresía del sistema que nuestros medios de comunicación nos inculcan como si de variables extrañas se tratase y no de seres humanos poseedores de virtudes y cualidades extraordinarias. Pero ¿cuáles son los verdaderos valores del espíritu navideño en la actualidad?

Lo dijo Balzac, "las costumbres son la hipocresía de las naciones". Podríamos generalizarlo un poco más, "tanto la sociedad como el hombre que se desarrolla dentro de ella son hipócritas". Con esto no pretendo realizar un discurso negativo o deprimente sobre el tema que nos toca, la Navidad, época en la que todos damos lo mejor de nosotros mismos, cenando juntos y ofreciéndonos regalos… O mejor dicho, aparentando dar lo mejor de nosotros mismos, si es que las circunstancias personales del momento o nuestras percepciones subjetivas nos lo permiten. En estos momentos los valores que atraen a la mayoría de seres humanos (en Navidad y también en el resto del año) suelen tener carácter materialista, frívolo, superficial y ególatra. Características que se pueden interpretar como competentes en esta sociedad que como por arte de magia nos envuelve y modela: quiero el BMW tal, quiero ese bolso equis, quiero ser el primero y me da igual cómo... En cambio, valores como la empatía, la solidaridad, la sensibilidad hacia los demás, a los animales…a nuestro Planeta, se diluyen como el azúcar en un vaso de agua caliente.

Es decir, nos convertimos en hipócritas en el momento que escondemos nuestra razón y sentimientos hacia los demás. Aparentar ser como no somos y para colmo querer convencer o exigir que los demás estén de acuerdo con nuestras convicciones sin respetar la realidad, sin respetar que la otra persona puede manejarse en otro nivel de hipocresía.

No nos engañemos, porque nadie se salva de este sentimiento desagradable, que a nadie gusta experimentar. Ni el más místico, ni el más espiritual, porque como mencionaba R. W. Emerson, "todo hombre es sincero a solas; en cuanto aparece una segunda persona empieza la hipocresía”.

Aunque el antídoto sea aprender a ser asertivo (habilidad social que se puede trabajar y aprender para ser sinceros y directos, expresando lo que realmente se quiere decir, sin herir los sentimientos de los demás… tarea complicada y difícil a pesar de que es honesta), sólo se puede ser de una manera adaptativa y en ciertas ocasiones. Porque ¿quién no saluda a gente que no desea? o ¿quién en la cena de empresa o familia en estas fechas actúa lo más aparentemente cordial, reprimiendo hablar o decir lo que realmente piensa… para no crear un posible conflicto? Decía J. Martí que "la libertad es el derecho que tienen las personas de actuar libremente, pensar y hablar sin hipocresía". Aunque podíamos reconocer, visto lo visto, que pueden existir diferentes niveles de hipocresía: no es lo mismo saludar al vecino que no te apetece que conseguir un objetivo productivo como puede ser un trabajo, donde ser agradable con tu jefe consolida tu estabilidad en la empresa.

Pero seamos sinceros, ¿cuántas navidades nos ha salvado la hipocresía?, ¿es la hipocresía en esta sociedad hipócrita una salvación para vivir con menos trastornos emocionales, a pesar que el sentimiento de hipocresía sea de malestar?

Un año más nos encontramos otra vez delante de esta tradición social en la que nos reuniremos con nuestros compañeros y familiares y donde la asertividad y la hipocresía jugarán un papel difícil de conjugar a la hora de estar más a gustos. Danzaremos de una a otra inconscientemente con la sana intención de que todo se desarrolle los más cordialmente posible según nuestros criterios aprendidos socialmente.

Y es que hay que saber medir ese desagradable nivel porque "en tiempos de hipocresía, cualquier sinceridad parece cinismo" (W. S. Maugham). Pero si una cosa está clara es que volveremos a sobrevivir a la Navidad, porque es tolerable, porque se puede pasar bien, y porque, a pesar de los estruendosos y molestos petardos, puede ser maravillosa.

¡Felices Fiestas... pero de verdad, ¿eh?!!

Francisco Javier Rodríguez del Valle es psicólogo clínico e hipnólogo.

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