Según varios estudios sociológicos referidos en la prensa, los jóvenes entre 35 y 40 años, profesionales en puestos competitivos, vocacionales, han cambiado su relación con el empleo: el trabajo no es la forma de realizarse, sino un medio para costearse lo que realmente da sentido a sus vidas, como puede ser disfrutar de su familia, con los amigos, viajar, tener tiempo para alguna afición o comprar. Y estos nuevos objetivos vitales requieren tanto tiempo libre como dinero.
Más de uno pensará entonces que todo sigue como siempre, aunque detengámonos un momento y comprobaremos que sí se ha producido un cambio importante. En las generaciones anteriores, esta epifanía llegaba, si es que llegaba a revelarse, en la edad madura. Normalmente porque te daban una patada en la empresa, relegándote a la sombra, o por la sacudida de un ataque al corazón que te obligaba a reinventarte en este valle de lágrimas y dar otro orden a tus prioridades.
Sin embargo, en los últimos tiempos, esos jóvenes prometedores buscan el sentido de la vida no solo en la profesión sino especialmente fuera del mundo laboral, por lo que ni un mejor salario ni el ascenso les atará a una empresa que no les ofrezca tiempo para el esparcimiento o un horario flexible para la conciliación familiar y personal.
Las empresas están preocupadas por esta juventud sin fidelidad a la empresa ni aspiraciones contra viento y marea. Y si este fenómeno solo afectara a las mujeres, bien va. Pero también crece el número de soñadores, jóvenes de profesiones liberales e intelectuales que se dejan seducir por aquel tipo feliz de Horacio que, ajeno a los negocios, labra la tierra y evita el foro. Bien saben los abanderados del capitalismo que estos males pueden contagiarse y alcanzar a todas las clases sociales y profesionales. Hombres y mujeres que con tanto tiempo para pensar y compartir con otros hombres y mujeres podrían acabar estando más cerca de los ideales hippies que de los principios liberales y consumistas, y a ver quién lidia con ellos y quién mueve y sostiene las grandes empresas.
En mi opinión, la tarea constante y decidida del feminismo, pese a las trabas también constantes y decididas en deslegitimar la luchar por los derechos de la mujer, está contribuyendo a esta humanización de la sociedad. En el ámbito familiar, por ejemplo, los padres han aprendido a vivir de otra manera. No es que hayan asumido su parte de responsabilidad, sino que reclaman lo que les corresponde en la crianza en calidad de padres y buscan un vínculo más estrecho con sus vástagos.
Este cambio no se ha producido por el feminismo teórico, sino por su aplicación a través del permiso obligatorio de paternidad. Lo que en un primer momento fue tan criticado, sentido como una imposición, hoy lo disfrutan los jóvenes como un derecho natural. Pronto oiremos aquella sentencia tan nuestra y tan falsa de “si es que así ha sido toda la vida”.
Los padres han ganado al fortalecer el vínculo con sus hijos; los hijos han ganado un padre, o dos padres o dos madres. En cualquier caso, esta ley no obliga, permite ser un padre o una madre desde el primer día. Todos ganan y todos ganamos.
Desconozco el alcance que este cambio está teniendo en nuestra sociedad actualmente y aún menos el que tendrá, pero en el mundo en que yo me muevo, noto el frescor de esta primavera horaciana. Tal vez sea un paso para el hombre, como el que Neil Armstrong dio en la Luna allá por 1969, pero será un gran salto para la humanidad. A mí no me cabe la menor duda.


