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Nos repiten que debemos estar sanos y fuertes, ser exitosos, ricos, eternamente jóvenes. Y no serlo supone una derrota personal difícilmente digerible pues está directamente ligado a la valía personal.

El otro día un amigo se quejaba de la creciente tendencia de los pacientes que acuden a su consulta a reclamar ansiolíticos y antidepresivos: "Es alarmante, —decía—. Llevo muchos años de profesión y nunca he visto a tanta gente incapaz de manejar los reveses cotidianos sin recurrir a algún fármaco que les calme la ansiedad o les ayude a sobrellevar el malestar, por nimio que sea". 

No me extraña nada. Cada día, y varias veces al día, nos dicen que tenemos derecho a alcanzar la luna. Mensajes como: "El cielo es el límite", "Si lo quieres, lo tienes" o "Porque yo lo valgo" nos inducen a creerlo; aunque la mayoría de las veces hay que hacer esfuerzos ímprobos para despegarnos apenas un centímetro del suelo. Nos repiten que debemos estar sanos y fuertes, ser exitosos, ricos, eternamente jóvenes. Y no serlo supone una derrota personal difícilmente digerible pues está directamente ligado a la valía personal. "Si quieres, puedes" es otro peligroso slogan. Consecuentemente, si no lo consigues es tu responsabilidad y, consecuentemente, tu derrota.

La sociedad de consumo nos bombardea con lo que tenemos derecho a ser y, sobre todo a tener —de los derechos sociales, ya hablamos en otro siglo, si eso…—. Y para ello, nos ofrece coches más caros, móviles más sofisticados, pisos más lujosos, estrategias para tener más seguidores en Twitter o en Youtube que se eleven a la categoría de divinidad todas tus paridas, viajes más exóticos, elixires de eterna juventud e irresistible belleza… "No tienes derecho a  no tenerlo", nos dice el Dios capital. Y nos lo creemos.

Por eso, cuando casi nada de eso está a nuestro alcance, es casi inevitable no sentirse frustrado. Y, al no ser capaces de manejar esa frustración, nace en nosotros un sentimiento de traición que desemboca en esa incapacidad para transitar por el dolor ‘a pecho descubierto’. Es lo que ocurre cuando ponemos nuestra felicidad en manos de los otros, de las cosas, de la adulación o del éxito. 

"Conócete a ti mismo" se dice que rezaba en el pronaos del templo de Apolo en Delfos. Una sencilla fórmula, si no mágica sí muy poderosa. Una fórmula que no se compra, pero en la que hay que invertir tiempo, ese que nos arrebatan las redes sociales, la televisión, —ahora el binge watching (atracones de series) nos tiene abducidos— y los divertimentos varios que proponen quienes nos quieren salvar del peligroso hábito de pensar. Conócete a ti mismo, experimenta el dolor, el fracaso, la rabia de no conseguir todo lo que te propones, de no tener todo lo que te dicen que tienes derecho a poseer, de no ser esa que te dicen que tienes que ser. Y comprueba que no pasa nada y que es posible sobrellevarlo sin anestesia, aunque no sin amor.

Eso es lo que creo que intenta decirle mi amigo a sus "pacientes imaginarios". La mayoría cree que lo que pretende es no recetarle el ansiolítico o el antidepresivo que reclaman. Yo, que es el médico que me gustaría tener si no fuera porque vive a cientos de kilómetros, y porque siempre tiene el cupo de pacientes cubierto.

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