En la historia de los orígenes de Al-Ándalus se conoce, por textos en árabe de redacción tardía, un armisticio o pacto de rendición que impuso Abderramán I en el año 759 “a los patricios, monjes y al resto de la población de Castilla (Qastiliya o Qashtalla) y sus dependencias”. La historiografía española tradicional ha venido considerando, hasta fechas no muy remotas, que ese texto se refería a lo que se conocería después como Condado de Castilla, en Burgos, sin darse cuenta que la Castilla burgalesa todavía no existía en el siglo VIII. Ese error lo cometieron hasta grandes historiadores como el gran arabista Lévi-Provençal en la Historia de España (1967) dirigida por Menéndez Pidal.
Hemos de tener en cuenta que las primeras referencias al topónimo de Castilla, en la actual provincia de Burgos, lo circunscriben a una parte todavía más pequeña de la zona que se conocería después como “castella vetula”. La primera vez que aparece el nombre de Castilla es en un diploma de San Millán de la Cogolla del año 800 en el que se cuenta que un abad, de nombre Vitulo, realiza unas “presuras” o repoblación con la fundación de varias iglesias en un pequeño lugar del norte de Burgos lindando por el norte y el Oeste con la provincia de Santander y delimitado por el Este por los valles burgaleses de Mena, Losa y Valdegovia. Este pequeño territorio estaba dentro de otro mayor conocido entonces como Vardulia, territorio del pueblo de los várdulos. Nada que ver con esa ciudad de la que habla el pacto de rendición del año 759, a la que Abderramán I impone grandes impuestos.
La Castilla granadina
Sin embargo, la Castilla granadina se trata de una gran ciudad de Al-Andalus que los geógrafos Ibn Galib y Yaqut así como el historiador al-Razi nos describen como la capital del distrito de Elvira, que pasó después a conocerse como Medina Elvira. Así nos lo cuenta el célebre polígrafo granadino Ibn al-Jatib en su Ihata tomando como fuente al historiador cordobés Ibn Hayyan,:"la ciudad de Elvira se llamó antiguamente Castilia, y sabido es que alcanzó gran nombradía, que se halló en el estado más floreciente, que sus habitantes gozaron de riqueza y prosperidad. (...) De su antigua grandeza dan testimonio las ruinas y restos de sus edificios que aún subsisten. (...) el tiempo no cesó de espantar a los moradores de esta ciudad y sus casas fueron decayendo de día en día."
Pocos años después de su total destrucción en 1010, "el alfaquí Abu Ishaq, nacido en ella, cantó la desolación de la ciudad muerta por los pecados de los hombres y apenas llorada, preguntándose dónde habían ido a parar sus pretéritas maravillas, sus generosos pobladores, guerreros, sabios, nobles, hermosas doncellas.
Los restos arqueológicos nos confirman la devastación de la ciudad, y la extensión de los vestigios por una superficie de dos kilómetros cuadrados expresa el desarrollo alcanzado por Qastiliya una vez que obtuvo la capitalidad de la Cora. Por la extensión de los restos encontrados por Gómez Moreno en las ruinas de Elvira y siguiendo los baremos de Torres Balbás en su estudio de las ciudades hispano musulmanas podemos deducir que esta Castilla (Qastiliya en las crónicas musulmanas) podría tener más de 20.000 habitantes en la época de su mayor esplendor. El topónimo de Castilla no tiene nada que ver con el castrum romano sino que parece que es un topónimo prerromano del que han derivado a lo largo del tiempo otros como Cazalla (Sevilla), Castalla (Alicante) o Castala (en Berja, Almería).
El gravoso pacto impuesto por Abderramán I a los castellanos granadinos fue en el año 759, a mediados del siglo VIII, tiempo que coincide con el mismo período en que Alfonso I de Asturias puebla la Vardulia (en la actual provincia de Brugos) que las crónicas de Alfonso III, ya a finales del siglo IX, decía que “ahora llamamos Castilla”. Es lógico pensar que una parte más o menos numerosa de estos castellanos granadinos, agobiados por los fuertes impuestos de Abderramán, acudieran a la llamada de Alfonso I para poblar la Vardulia donde encontrarían tierras libres para ellos. Por lo tanto, procede suponer que algunos de aquellos patricios (los fidalgos), monjes y príncipes (los comes o condes) de Castiliya, se trasladaran a la Vardulia y siguieran conservando allí su condición de castellanos y por añadidura darían el nombre de Castilla a aquellas tierras.
Este nombre de Castilla, que se da a un pequeño lugar de Burgos en el siglo IX, en los siglos siguientes va extendiendo su nombre a otros territorios por un simple efecto de la repoblación, en un principio, y de la conquista militar, después.
Curiosamente, en las ruinas de Castilla (Medina Elvira) encontró el gran arqueólogo granadino Gómez Moreno un plato con la imagen de un caballo y un azor, lo mismo que aparece en un tejido que se conserva en el monasterio de Oña (Burgos) y que según su párroco D. Agustín Lázaro López "perteneció a la familia condal y luego sirvió de mortaja al conde Sancho, decorado con los símbolos de la independencia de Castilla, el caballo y el azor". Esta misma mortaja tiene una cenefa con una inscripción coránica en árabe.


