Un tren medicalizado. FOTO: Ministerio de Transporte
Un tren medicalizado. FOTO: Ministerio de Transporte

La respuesta a la pregunta inicial es que no lo sabemos. ¿Por qué? Pues porque la tasa de mortalidad es una ratio entre el número de muertes y el de enfermos o personas infectadas. Y no sabemos cuál es el número real  de contagiados, sintomáticos o no, que hay en este momento en España. Sabemos que el virus está circulando y contagiando por vía comunitaria desde la muerte de la primera persona el 13 de febrero, de lo cual es fácilmente deducible que en fechas previas ya había contagios. Si admitimos la proyección estadística del Imperial College que estima que en España había, a finales de marzo, unos 7.000.000 de contagiados con una cifra de 15.000 fallecidos (10/04/20); la tasa seria de 0,21. Pero hasta que no haya un primer estudio de seroprevalencia no lo podremos estimar con un cierto grado de aproximación rigurosa.

¿Cómo está respondiendo el sistema de salud español?

Pregunto por el sistema, no por las profesionales que sabemos que lo están haciendo heroicamente. La respuesta es de nuevo que tampoco podemos hacer evaluaciones fiables con los datos disponibles  pero tenemos algunas evidencias sobre las condiciones de partida:

  • Desde el 2008, y en especial desde el 2011, el sistema se ha deteriorado con una caída fuerte en la inversión pública en salud, lo cual se ha traducido en la pérdida de más del 10% de camas hospitalarias, la precarización y saturación de los profesionales, la fugas de graduados  y  un deterioro  sistémico de las fortalezas  del servicio.
  • Este deterioro ha sido mayor donde ha venido acompañado de privatizaciones como en el caso de Madrid y Cataluña.
  • Lo que ha sido un logro hasta el momento presente, el aumento de la esperanza de vida, se ha tornado un hándicap ante la irrupción de la pandemia: tenemos la población más envejecida de

La suma de estos tres factores: caída de la inversión pública en salud, privatizaciones y envejecimiento de la población, arroja un escenario de fuerte estrés sistémico para el SNS. Menos y peores servicios disponibles (recortes), para menos gentes (privatizaciones) y con un incremento cuasi exponencial de la demanda (pandemia) concentrado en muy poco tiempo.

¿Significa estos que nuestro SNS no era muy bueno?

No. Y así lo vemos en dos indicadores de robustez de salud:

Esperanza de vida. España es el cuarto país del mundo con mayor esperanza de vida. Y no vale disociar esperanza de vida y SNS, pues aunque en la esperanza de vida intervienen otras variables como las culturales, sociales, nutricionales o de mortalidad infantil; esto no implica que sea un indicador irrelevante a efectos de medir la eficiencia del sistema sanitario. No existe un solo país del mundo con una esperanza de vida alta  que no tenga un sistema de salud fuerte.

Mortalidad evitable (avoidable mortality). Este es un indicador mucho más ajustado para medir la eficiencia clínica pues evalúa la tasa de mortalidad por patologías que son clínicamente evitables según el estado de las ciencias de la salud en el momento. Pues bien, aquí España se sitúa entre  el sexto y el octavo lugar según los distintos ranking.

¿Entonces qué pasa?

Que el estado de la salud es el resultado de políticas de salud en el pasado, no un efecto de decisiones inmediatas. La salud es un fruto tardío, no da la cara hasta después de pasado un tiempo. Todos estos indicadores miden lo bien que se hizo en un pasado que se remonta a los años ochenta del siglo XX, no el estado actual del SNS. Ahora estamos ante una pandemia que comporta un efecto de aceleración brutal de las consecuencias que hubiésemos detectado de otra manera paulatinamente en los años próximos. En muy pocas semanas hemos visto y sufrido lo que nos iba a ocurrir, de no cambiar radicalmente la política de recortes y privatizaciones, en los años venideros.

De todas formas hay inercias institucionales, culturas y practicas profesionales y sinergias sociales que no desaparecen por una década nefasta de recortes y privatizaciones. Y aquí reside nuestra esperanza para el presente y básicamente para el futuro inmediato. Ya tenemos claro que es lo que no hay que hacer. Esperemos que el heroísmo sanitario vaya unido a la inercia sistémica y que el precio a pagar por estas enseñanzas no sea aún más caro y doloroso.

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