Te ríes, no crees en esas cosas, son tonterías. Ni brujas, ni curanderos, y menos aún, hechiceros.
No es del todo verdad. Hace años, jugaste a la ouija con algunos amigos y, aunque la cosa iba en broma, experimentaste un cierto escalofrío ante respuestas de no se sabe dónde.
Que si Zutanito movió a posta el vaso, que si lo hizo María; lo cierto es que aquello se movía de mala manera y sin control. Fue inquietante para todos los reunidos y nunca más repitieron la experiencia, ni volvieron a hablar del asunto.
El dicho popular es claro: “Las brujas no existen, pero haberlas, hailas”.
La cuestión se complica cuando la consulta al mago se hace desde una posición de fe absoluta, y más aún cuando quien lo hace es incapaz de discernir y valorar los presagios. Muchos videntes siguen un camino prefijado.
A saber:
*Alguien te ha hecho un daño y, en el más fatídico de los casos, “tienes un muerto en la espalda”.
*¿Quién tiene las herramientas para quitarte el muerto, el hechizo de la vecina o la envidia de la competencia? El brujo, por supuesto, y allí comienza el circuito de estafa con potingues, imágenes de santos, velas y otros abalorios.
Los momentos de desesperanza como los actuales son excelentes para estos entuertos.
Mayor es el abuso si consultas ingenua y ciegamente, o sientes desesperación: enfermedad grave, fracaso amoroso, problemas económicos acuciantes.
Irónica y cruelmente, hay una relación directa entre la profundidad de tu creencia y la medida de la tarea que desatará los nudos del mal. Y el desgaste para tu bolsillo.
Si depositas tu confianza en un agorero, tu suerte está echada, y no precisamente para bien.
Conocí a una persona que, sensible y muy sugestionada con el lugar común del muerto a sus espaldas, durante largo tiempo acudió obsesivamente a curanderos y se sometió a rituales diversos.
Sus temores pasaron a ser un síntoma psicológico grave y la consulta mágica se hizo adictiva. Un circuito atroz: temor, llamada al brujo, luego de un tiempo breve de calma, ansiedad desbordante y vuelta a comenzar.
El abandono romántico puede también dar lugar a una seguidilla perniciosa. Más de un conocido te indicaría gustoso a la cartomante de turno.
Cuando el tema es la salud, el manosanta suele proponerte potingues diversos. Pueden ser caros e inocuos (y no siempre). El tiempo que pierdes en dar con un diagnóstico adecuado es crucial si se trata de una enfermedad grave: el engaño se traduce entonces en un daño difícilmente reparable.
La magia, nos guste o no, está en todos nosotros, nos acompaña desde los cuentos infantiles e inunda las fantasías hasta la vejez. Afortunadamente, esa falta de objetividad que nos caracteriza ha sembrado de creaciones el arte en todos sus registros.
Da lugar a la maravillosa fantasía: envuelve los sueños, se plasma en los pinceles del artista, la mirada del fotógrafo, el cine, la literatura. Pero la magia desplegada en los acertijos y agoreros entronca con el engaño: “Te contaré aquello que imagino que quieres/temes escuchar” (reflexiona el vidente).
En la Grecia antigua se enriquecían los listillos. En los alrededores de Delfos, personas anónimas acompañaban de forma detectivesca a los consultantes: de ahí la precisión y exactitud de las predicciones del oráculo.
La primera vez que visité Granada, una mujer se ofreció a leer mi mano y dijo: “Te gusta mucho viajar”, al escuchar mi acento extranjero. Me obsequió con unas hierbas de olor muy agradable y, por supuesto, agradecí con unas monedas sus “sabias” palabras; desde entonces no he dejado de moverme de aquí para allá.
