Crónicas del libro

Paco_Sanchez_Mugica.jpg.200x200_q100_box-190,0,950,760_crop_detail

Paco Sánchez Múgica

Periodista, licenciado en Comunicación por la Universidad de Sevilla, máster de Urbanismo en el IPE. Antes en Grupo Joly (2004-2012), Desde 2014 soy socio fundador y director de lavozdelsur.es. Miembro de número de la Cátedra de Flamencología; colaboro en Guía Repsol; y coordino la comunicación de la Asociación de Festivales Flamencos. Socio de la Federación Española de Periodistas (FAPE).

dsc_2456-011.jpeg
dsc_2456-011.jpeg

Se dice comúnmente que los libros son los altares de las palabras, pero, ¿qué es un altar exactamente?

Se dice comúnmente que los libros son los altares de las palabras, pero, ¿qué es un altar exactamente? Señala la Real Academia de las Definiciones que por altar debe entenderse un "montículo, piedra o construcción elevada donde se celebran ritos religiosos como sacrificios u ofrendas". Un montículo de hojas teñidas de tinta, de tinta elevada a la palabra escrita. La construcción del hombre que, en teoría, piensa, otea los alrededores, besa los espacios propios y ajenos, y que por alguna extraña razón no consentida, deja todo ello contenido en letras impresas con distintas tipografías, como si fueran sentimientos descifrados del jeroglífico del intelecto.

Los libros serían, entonces, la lámpara de Aladino, o la Piedra de Rosetta, a medio camino entre la pregunta y su respectiva respuesta. Aunque la metáfora alude a algo que está elevado sobre los aires, por encima de todas las cosas tangibles, incluso de la ciencia tan poco dada a atar la verdad unos metros más arriba de otras posibilidades.

¿Por qué los libros son un altar elevado? ¿Están más allá del alcance del buen hombre? ¿Son obra de brujos o demiurgos que transmiten los conocimientos, de generación en generación, gota a gota, haciendo del aire un pretexto para respirar? A menos que fueran una pila de ellos, y fueran sucediéndose en las alturas. A menos que estuvieran agrupados en las estanterías, esperando la curiosidad de las manos. A menos que estuviéramos de paso y hubiera que aprovechar el trayecto para llenarnos de letras. A menos que nuestra amante guste de tomar cualquiera, al azar, porque la curiosidad le llena el corazón como el caldo a una olla. A menos que los libros respiren en igualdad de condiciones y, al tocarlos,  notes cómo ascienden y descienden las tapas paulatinamente, al ritmo de sus pulmones. A menos que existan los naufragios contenidos en una página o las islas laberínticas en otro capítulo. A menos que una ballena haga pedazos una goleta o del epílogo sobresalga la guarida de una selva. He de responder que sí.

Los libros son elevados por una cuestión de magia, no de altura ni verticalidad. Siempre que cumplan con esa condición paritaria, que no de elevación, son elevados en sí. Altos en valor. Esenciales en conocimiento. Importantes en historia. Precisos en cálculo. Certeros en puntería. Explícitos en la sensualidad. Artistas de la encuadernación de las aventuras. Especialistas del viaje editorial. Cargamento de ficciones. Espejo de vidas reales y fidedignas. Caballos al trote de sus autores, con ese mismo ruido pacífico pero intenso que nos produce el escuchar, atentamente, un bolero de Celia Cruz, y nos revelan la forma del silencio, o el matiz de un pecho, o los labios envueltos en el velo del deseo, o el viento acoplado a tu paisaje.

La magia del libro, sin embargo, una vez llega a pie de escenario, al ruin mercado, a los oscuros patios de la competencia, o a la desgastada vida de los escritores, en la calle, en los postigos, en los actos oficiales; esa magia se desvanece en un cruel espectáculo. El libro se hace mercancía. Las palabras se venden a diferentes valores. A algunas se les da más no porque lo merezcan, sino porque se invierte más en darle brillo que en manifestarlas con objetividad.

Hay palabras y libros en los que la máquina de hacer billetes les presta magnificencia, saber estar, vocación de best seller y adjetivos como ser "la obra del siglo" o la "revelación del año" según la crítica más reparadora cuando, lo más seguro, hay más betún que piel de zapato. Pretenden que la elevación sea cierta y que unas historias valgan más que otras por una simple cuestión de vanidades, y a muchos escritores no les queda más remedio que sonreír de forma desdichada, para dotar a sus obras de un digno mercado. Algunos con desdén. Otros por necesidad. Otros pocos aguantando el temporal, porque lo verdadero de sí mismos está mucho más allá de la mesa de firma. Lo verdadero está oculto y yace detrás de las estrellas. Al otro lado del latir del parque. En sus ojos. En su puesta del sol.

En los ojos de esos otros escritores veo ese quebranto. La elevación primigenia del libro. Siento cómo sus ojos se rompen si doblas la página del libro que han escrito. Observo que se rascan la mano izquierda si pasas la punta del alfiler por la página treinta y dos de la antología. Veo que sonríen si sonríes por el capítulo cuarto. Percibo que les aguarda una emoción contenida si, de repente, te conmueve la última tromba que le mojó la chaqueta al pasar por el epílogo como un prisionero que extrae gotas de agua. Les palpo el pecho zumbante y respiran igual que sus libros. Dicen "hoy" y el libro responde "mañana".

El libro es la mayúscula de la minúscula del escritor. O viceversa. Unos pintan su historia alrededor, con elementos grandilocuentes, mientras otros se remiten al oficio y vuelven más simples, comprometidos y puros. Dejan insultos donde los hay. Ponen flores donde crecen y no donde hay jarrones. Sitúan crepúsculos donde cae el sol y no en el lugar donde cayó la última bala del asesino, después de la algarabía. Denuncian donde crece la injusticia y se ponen al servicio del soñador. Y donde hay dos centímetros de mierda, lógico que exploten y dejen bien visible una botella de licor de almendra o un diminuto lucero, para que vean que entre palmos de ebriedad hay simiente de esperanza.

Qué será cosa del surrealismo o de los amaneceres de tal o cual estilo. Da igual. Que lo harán Cortazar, Borges, Machado, Benedetti, Lorca o Blas de Otero. Que será algún vivo o uno bien muerto es lo mismo. El libro sobrevive y trae al creador. Lo rescata. Nos cuenta que fumaba como un cosaco o contaba olas con una copa de ron. Nos recuerda que iba a Finca Vigía o frecuentaba la Calle Estafeta de Pamplona. Que viajaba más que un trashumante. O historias más tristes. Que son historias por decirlo de una manera más amable. Que fueron torturados. Que se pusieron la camisa del preso o casi les mataron. Que les asesinaron varias veces. Que cada vez que les mataban se hundía su dignidad en el piso de una celda. Que escaparon por los pelos de un campo de concentración. Que una mujer le esperaba en la estación de Moscú ignorando que ya había fallecido en las afueras de un gulag. Que dejó correr las olas en el mar de la Plata. Que desembarcó en Baeza después de la muerte de su mujer. Que le asestaron unas cuantas descargas de Mauser y le tapiaron con tierra en la carretera entre Víznar y Alfacar. Que fueron veintitrés años de exilio y sesenta y tres de duende y todavía lo puede contar.

Esa es la elevación más ardiente del libro. La de rescatar la vida de los esteros del olvido. De levantarnos de la siesta. De prodigarnos una bofetada si hace falta. De sacudirnos del nefasto bohío en que medios, sociedad y ocio han convertido la cultura. Pues la cultura no es, ni lo que se vende, ni lo que se aplaude, sino lo que se vive. Cultura es mirar a alguien a los ojos y escuchar atentamente lo que tiene que decirte. Sea a través de la palabra en el libro o en la boca. Respirar el aire. Abrirse camino entre hojas, lo mismo que entre muslos. El libro respira. Late. Se eleva. 

Archivado en:

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Ahora en portada
Lo más leído