El 24 de enero de 2013 el diario El País escribió una de sus páginas negras. Le duró una media hora en Internet: entre las 3:50 y las 4:25 de la madrugada. Algo más estuvo en los quioscos, aunque no hay dato alguno sobre cuántos pudieron comprarla. Aquel día, el diario español llevaba a su web y a la portada de su primera edición en papel una fotografía con un primerísimo primer plano de un hombre intubado y tendido en la cama de un hospital. El protagonista de la imagen fue identificado como Hugo Chávez en el titular de la noticia y en el pie de foto. Sin embargo, el ex presidente venezolano no era quien aparecía en la instantánea. La agencia Gtres Online se la coló al bastión del grupo Prisa, y probablemente antes otros se la colaron a ellos. El hombre de la imagen, moreno de piel y calvo, guardaba similitud con un maltrecho Chávez —enfermo de cáncer por entonces—, pero no era él. Cuando en El País se percataron de la monumental metedura de pata se apresuraron a retirar de la circulación los periódicos que ya habían llegado a sus puntos de venta. Fue más fácil descolgar la noticia de la web, pero aun así la captura existe, para vergüenza de la profesión y del Times patrio. Cosas que pasan.
Esta semana, más de trece años después, hemos asistido a otro episodio de lesión al honor de un mandatario venezolano. En esta ocasión, los medios de comunicación creados por Polanco y compañía no han tenido nada que ver. Para eso se basta y se sobra el bueno y rubísimo de Carlos Baute. Y es que nada puede fallar si se concentran en una plaza madrileña un cantante dudoso, una Nobel de la paz en duda, y una presidenta de comunidad en deuda. Deuda con su pueblo, deuda con la verdad, deuda con el sentido común, en deuda como estado vital permanente. Si los combinas con la Little Caracas madrileña, miel sobre hojuelas. Y así fue como Baute dio rienda suelta a su verborrea, en plena comunión con el público expatriado enardecido. Así fue como le pareció buena idea proferir un insulto racista y machista a Delcy Rodríguez. Cosas que pesan.
Entre estas dos cagadas ha pasado más de una década, pero son muchas las similitudes y poca la introspección. Mientras que el diario El País publicó una rectificación al día siguiente y reconoció el error de no haber contrastado la veracidad de la foto, el cantante venezolano se ha “disculpado” de un tibio que asusta amparándose en el dejarse llevar por la emoción del momento. Ni en 2013 el periódico español reflexionó sobre lo indecente de publicar la imagen de cualquier señor inconsciente intubado en cualquier hospital —fuera o no Chávez—, ni en 2026 el cantante caraqueño sabe por qué apelar a lo simiesco para referirse a una persona es asqueroso —sea o no Delcy—. Y entre los dos casos, una constante: la deshumanización del otro por motivos ideológicos. Porque sus vidas valen menos, su honor no existe, el respeto no procede. Con estos personajes se imponen otras reglas: unas menos sólidas, más franqueables y menos humanas. Por eso un rey delincuente los manda a callar o un corista los insulta. Son objeto de burla, de mofa y de escarnio. Son solo cosas, cosas que otros pisan.
