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Lo que más miedo me da de la sociedad actual es la base de rencor y animadversión que estamos construyendo.

Hace unos días entrevistaban a Jordi Évole en El hormiguero y es curioso que de todo lo que dijo mi cabeza no haya parado desde entonces de darle vueltas a un concepto que, si bien no es nuevo, todos deberíamos empezar a replantearnos: convivencia. Y tenemos que reformularlo desde el ámbito más cercano y privado hasta conseguir abarcar lo más general. 

Convivir no es solo la máxima de vive y deja vivir. Convivir implica respeto, espíritu y visión crítica de la realidad que nos rodea, solidaridad y reconocer que en esta —falsa o no— democracia (con sus adeptos y detractores) todos tenemos el derecho a elegir y en esa decisión no nos queda otra que aceptar que mi opción puede estar a años luz de la de mi vecino. Convivir es también saber escuchar e incluso aprender a callar en determinadas ocasiones.

Pues bien, todo eso se nos ha quedado lejos; o al menos esa es la impresión que damos continuamente. Las circunstancias políticas y sociales de las últimas semanas han provocado que se aviven todas las emociones de conceptuación negativa. Y es que si en el norte (con una importante base de sur) han querido crear una línea divisoria, desde los territorios restantes hemos decidido que la distancia que nos separa sea aún más grande y, de un lado y de otro, nos hemos arrojado banderas e himnos; y no hay deseo de justicia, hay ansia de venganza, de revancha. Un bando y otro lanzándose la historia a la cabeza y escribiendo un capítulo que no puede enorgullecernos sino avergonzarnos. A las dos partes. 

Sin embargo, eso que ahora parece afectar a parte de un estado —y empieza a sobrepasar al otro—, se palpa también en la sencillez del día a día, en el juicio constante que hacemos a todo aquello que se aleja de nuestros ideales o pensamientos, a la lupa que ponemos sobre los demás, a los reproches que dedicamos a quien sigue un camino que no tiene nada que ver con la “formalidad y decencia” que yo he elegido para mí y que considero que es la única y legítima manera de pasar por la vida. Esa forma de sentenciar, muy marca España por cierto, al otro, y de desterrar de nuestro vocabulario los términos diversidad y heterogeneidad, dos vocablos en los que sí debemos poner el foco y que son el verdadero horizonte a conquistar si es verdad que ansiamos aquello que tan a la ligera proclamamos y que tiene que ver con algo tan serio y firme como la libertad. 

Quizá por eso lo que más miedo me da de la sociedad actual es la base de rencor y animadversión que estamos construyendo y que esos sean los valores que estamos dejando en herencia y que, en consecuencia, muchos jóvenes están asumiendo como universales. Miedo a que ellos no tengan ningún miedo, a que no se recupere el respeto que ya muchos han perdido, a que se pierda la idea de que todo acto tiene una consecuencia, a creer que la única ley que existe es la que yo impongo…Eso sí me asusta; ese mundo es el que hay que combatir.

Para ello solo se me ocurre apostar y darle relevancia a lo que recordaba Évole días atrás. Convivencia. Y, por lo tanto, comprender que el pronombre nosotros solo puede asumirse si incluimos también todo lo que nos diferencia que, además, no significa lo mismo que distanciar. Porque está claro que para convivir, no basta con vivir.



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