Ni la pandemia puede con Chiclana: vuelve a ser la población de Cádiz que más crece en habitantes. Veraneantes en La Barrosa, en una imagen del pasado verano.
Ni la pandemia puede con Chiclana: vuelve a ser la población de Cádiz que más crece en habitantes. Veraneantes en La Barrosa, en una imagen del pasado verano. JUAN CARLOS TORO

Llegan las vacaciones, seguramente, las más deseadas en años después del confinamiento, una situación que puso patas arriba el país y nos obligó a reorganizar nuestra vida en todos los órdenes. El laboral, con un parón sin precedentes de muchas actividades y la irrupción del teletrabajo, que ha llegado para quedarse; el personal: con los menores y los mayores dependientes en casa y sin guarderías ni centros de mayores, lo que vino a agravar los ya de por sí graves problemas de conciliación existentes con anterioridad a la pandemia y el psicológico: nos tuvimos que acostumbrar a sentirnos a distancia, a través del plasma, sin contacto y a convivir con una incertidumbre a la que no estábamos acostumbrados, tan creídos de que las epidemias solo ocurrían a los países pobres de África y América Latina. ¡Qué ilusos y prepotentes que éramos!

Vuelve el momento, probablemente, más epifánico del año. Unos días en los que soñamos con recuperar todo aquello que no podemos hacer normalmente: dedicarles tiempo a los seres queridos y a nuestras aficiones, silenciar el despertador, comer a la hora que nos dé la gana, acostarnos cuando el cuerpo nos lo pida, leer los libros que llevan meses acumulando polvo en la mesa de noche, ver las series o las películas que nos apetezca, salir, trasnochar… Suena muy bien; endiabladamente bien, si no tuviera su cara B y es que las vacaciones representan el único periodo el año en el que podemos ser nosotros mismos y no los cumplidores de obligaciones en los que el estilo de vida moderno nos ha convertido y que, con y si pandemia, no tiene visos de cambiar.

Vivimos once meses pensando en el mes de vacaciones. Deseamos disfrutar, pasar página, dejar de leer malas noticias y de escuchar estadísticas de muertos y contagiados, olvidarnos del doctor Simón… ¡Bienvenida la nueva normalidad que se parece tanto, excepción hecha del uso de mascarillas,  a la que había antes de que el bicho nos cambiara la vida! (Creo que aún no somos consciente de cuánto, pero eso lo dejamos para otra carta, abuela). Y es normal. Pensemos, por ejemplo, que los felices años veinte, con su consumo desaforado, sus ritmos locos de Charleston y su relajamiento de costumbres fueron una reacción a la catástrofe de la Primera Guerra Mundial. Somos humanos y necesitamos creernos a salvo, aunque solo sea un ratito...

Pero no podemos relajarnos: seguimos siendo el octavo país del mundo con más casos de Covid19 detectados. En las últimas veinticuatro horas las cifras se han disparado: 257 casos, la mayor subida desde finales de mayo. Preocupan los rebrotes de Aragón, Cataluña, Galicia y Madrid y el de Lleida amenaza con provocar una nueva avalancha de casos que desborde la sanidad que, lamentablemente sigue estando en precario porque las autoridades parecen no haber aprendido la lección. Y a nivel mundial, la situación no es mejor, tanto que el director general de la OMS advierte que la pandemia se está acelerando.

En esta tesitura, debemos ser conscientes de que las fronteras se han abierto, la actividad turística se ha reactivado y las autoridades animan al consumo y a disfrutar de las vacaciones porque un país como España en el que el turismo aporta el 15% del PIB, no puede permitirse un nuevo parón económico, pero no porque la pandemia haya pasado (los expertos vaticinan que durará entre 18 y 24 meses), de ahí la necesidad de que todos seamos responsables y evitemos riesgos.

Tenemos muchas ganas de vacaciones, pero, más aún de que no nos vuelvan a confinar, así que sigamos las directrices del ministerio de Sanidad, seamos respetuosos con las normas, cumplamos. Por nosotros y por los miles de sanitarios que aún arrastran secuelas psicológicas, y muchos, físicas, tras la terrible experiencia vivida. Actuemos con cabeza. Se nos va la vida en ello. Y la economía, también.

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