El presidente Pedro Sánchez, en rueda de prensa.
El presidente Pedro Sánchez, en rueda de prensa.

Hace unos días, escribía en mi Facebook que empezaba a percibir síntomas de una depresión colectiva muy preocupante. Una depresión provocada por la pandemia y agravada por la falta de credibilidad de la clase política que no para de dar bandazos, endiñarse codazos anteponiendo sus intereses de partido a los de la ciudadanía o, sencillamente, de estar a verlas venir mientras se encomiendan a según qué santo o a la suerte en función de las propias creencias.

A menudo, digo que no merecemos los políticos que tenemos (con honrosas excepciones, también hay que decirlo), aunque suelo corregirme al rato para acabar enmendándome después y así evitar caer en una acracia que no me conduce a nada. O sea, que sigo insistiendo en que no merecemos estos políticos.

Basta ver la puesta en escena del encuentro de Sánchez con Ayuso —con tanta bandera había que aguzar la vista para verlos a ellos—. Un encuentro forzado por unas circunstancias que no tendría que haberse producido si las autoridades hubieran hecho sus deberes durante estos meses (tiempo han tenido). Y todo para acordar la creación de un espacio de cooperación entre Gobierno central y madrileño, a alto nivel, con presencia de expertos de ambas administraciones y apoyado por la UME, la Policía Nacional y la Guardia Civil. Y yo, metiéndome el dedo en la boca me pregunto, ¿hay que montar esa parafernalia para que el gobierno central y las administraciones autonómicas cooperen? ¿La colaboración entre administraciones no figura en el manual de funciones que le dan a los cargos electos tal como toman posesión del mismo? ¿Hay que montar ese circo?

Otra más. Torra, otro que mejor baila (este, sardanas), recomienda no viajar a Madrid. Sin negarle la razón, me pregunto (otra vez con el dedo en la boca), cuando Cataluña era una de las que lideraban el ranking de contagios, ¿le dijo al resto de España que no pusiera un pie en su comunidad?, ¿o a sus compatriotas que no se trasladaran al resto de España para evitar contagiarlos? Me parece que no, pero, claro, hay que aprovechar todas las ocasiones para echar la culpa al Gobierno central.

La última (podría llevarme horas relatando, pero no es cuestión de abusar del espacio que me ofrece este periódico, además de que empieza a arrugárseme el dedo de tenerlo tanto rato metido en la boca): en la cadena Ser, el ministro de Sanidad reconoce sin despeinarse que él no se reúne con el comité de expertos desde julio y que desconoce si Fernando Simón lo ha hecho. Y se queda tan ancho. Y yo me echo a temblar, supongo que como millones de españoles. ¿Alguien está en la cabina de mando? ¿Hay alguien ahí? ¿Cuándo hay que saltar?

Y mientras, el grupo de científicos que pidió a principios de agosto en la prestigiosa revista científica The Lancet una evaluación independiente de lo ocurrido en España ha de esperar hasta el octubre para reunirse con Salvador Illa. Y los rastreadores no rastrean lo suficiente porque son pocos y porque como aquí nos movemos tanto, muchos no salimos en la foto; y la atención primaria sigue desbordada y algunas UCIS, llegando peligrosamente a su máximo nivel de ocupación; y los profesores, atacados porque no saben cómo van a contener la pandemia en sus aulas con un ratio de ocupación tan elevado y los padres y madres, más atacados aún porque ignoran cómo van a apañarse si les envían a los niños a casa: en este país lo de la conciliación es una mentira como la de los Reyes Magos: son los padres (en este caso, los abuelos y abuelas)…

Y lo peor es que nada de esto es nuevo. Llevamos siglos achicando agua, poniendo parches, sorteando crisis, perdiendo imperios, manteniendo mentalidades cuasi feudales, atizándonos unos a otros, suspirando por políticos ejemplares en los que confiar... No sé si lo llevamos en el ADN o si hemos interiorizado la chapuza de tal modo que somos incapaces de hacerlo de otro modo: nuestros políticos y el ciudadano de a pie porque, al fin y al cabo, ¿quiénes los eligen? Nosotros, ¿no? Pues eso, abuela…

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