Sanitarios de Granada, durante esta pandemia. FOTO: SAS
Sanitarios de Granada, durante esta pandemia. FOTO: SAS

Poco a poco va apagándose el eco de los aplausos dedicados al personal sanitario. Yo aún salgo al balcón, aunque cada día son menos los vecinos que me acompañan en este acto de reconocimiento. Pero yo continúo con ese ritual que, hasta hace bien poco, me ponía la carne de gallina y me hacía albergar esperanzas de que la sociedad empezaba a tomar conciencia de la importancia de la sanidad pública y de la necesidad de defenderla.

No voy a darle toda la razón a González Pons cuando culpaba a toda la sociedad de haber permitido los recortes en sanidad, pero sí que tenemos parte de responsabilidad de no haber apoyado a los que luchaban, año tras año, contra los recortes que tanto daño han hecho; de no haber peleado lo suficiente para evitar que España se convirtiese en el cuarto país de la OCDE que más ha recortado en su sistema sanitario desde el año 2009: si antes gastaba el 7% de su PIB en Sanidad, hoy gasta en torno al 6,2%, lo que significa 7.600 millones menos de inversión. Y ya entonces llovía sobre mojado porque antes de la crisis, éramos la nación que menos gastaba en sanidad: casi 2 puntos menos que Francia y 2,5 puntos menos que Alemania. ¿Nos extraña, pues, que este país haya gestionado mejor que nosotros la crisis sanitaria?

Durante años, nos convencieron de que la sanidad pública era el ‘buque insignia’ del estado del bienestar en nuestro país, y ha tenido que venir un virus con muy mala leche para sacarnos los colores: no era la sanidad lo mejor que teníamos, era el personal que trabaja en nuestros centros de salud y nuestros hospitales: médicos, enfermeras, celadores, personal de limpieza, de mantenimiento, de administración… Ellos y ellas son los que han mantenido a flote la sanidad pública, cada vez peor dotada, más privatizada, con menos recursos humanos y materiales, con más listas de espera; los que han cargado sobre sus espaldas, y sus bolsillos, la responsabilidad de salvarnos mientras que a los políticos de turno, de derecha y de izquierda, les importaba un bledo que los recortes supusieran un grave hándicap para ello.

Ayer me decía una amiga, que es enfermera, que ellos eran el eslabón más débil de la cadena: «Pronto no habrá aplausos, no habrá elogios,  simplemente seremos los funcionarios que deben servir a la ciudadanía porque yo a ti te pago y ya estás tardando en atenderme… Y vendrán de nuevo los recortes de sueldos y de derechos, como lleva años sucediendo, y ya nadie se acordará de que mientras una buena parte del país vivía confinada en sus casas, nosotros estábamos en el ojo del huracán salvando vidas, sin equipos de protección, exponiendo nuestras vidas y las de nuestras familias —no en vano, un 26% de personal sanitario se ha contagiado—. Y volveremos a ser números que desequilibran las cuentas públicas». Se me cayó el alma a los pies, abuela. Y a la ciudadanía se nos debería de caer la cara de vergüenza.

La sanidad pública tendría que ser una cuestión de estado. Cuando esto acabe, la ciudadanía, esa que se ha dejado las manos aplaudiendo durante el periodo álgido de la pandemia, debería exigir un pacto de todas las fuerzas políticas —y penalizar en las urnas a las que no sean capaces de alcanzarlo— para blindar los pilares del estado del bienestar: la sanidad, la educación, las pensiones, la dependencia… Y deberíamos exigirlo por todos los medios a nuestro alcance: en las instituciones; en redes sociales —las mismas que se han utilizado tan profusamente durante la crisis sanitaria para crispar y dividir a la sociedad con mentiras y mensajes de odio—; en la calle, esa que ocuparon las generaciones que nos precedieron para pelear por esta democracia que, lamentablemente y con nuestra dejación, se está vaciando de contenido de forma acelerada; en los medios de comunicación; en nuestros grupos sociales; en nuestro día a día cada uno a su nivel. Se nos va la vida en ello como, lamentablemente, hemos podido comprobar en esta crisis sanitaria.

Nuestros sanitarios y sanitarias nos necesitan, tanto como nosotros a ellos. ¿Seguiremos dejando que políticos que ayudaron a desmantelar nuestro ‘buque insignia’ y tiraron por la borda a los sanitarios nos chuleen diciendo que toda la culpa fue nuestra?

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