Contra el miedo.
Contra el miedo.

Naomi Klein describió hace unos años lo que llamó la doctrina del shock, o sea, amenazar con lo espantoso para colar lo inaceptable. De esta manera por medio del pánico traumático a lo indescriptible, aceptamos, incluso con alivio, lo peor perfectamente descriptible. Es el “miedo congelado” que nunca acaba de ocurrir mientras se nos cuela el miedo real. Ante este tipo de miedo no hay respuesta resolutiva, concreta posible. El pánico ha sido desde tiempo inmemorial usado como un instrumento poderoso de dominación política. Miremos solo la historia del infierno cristiano y la utilidad política que ha tenido por los siglos de los siglos. El temor es un resorte natural e imprescindible para la supervivencia que se enmarca en las variantes emocionales de las situaciones de fuga y lucha, como estrés.  Pero cuando el miedo se convierte en crónico, también como el estrés, es cuando se torna un arma de destrucción y dominación masiva.

La combinación de horizontes catastróficos en base a experiencias disruptivas reales y bruscas inducen a un estado de expectativas sociales donde la catástrofe total aparece como inminente. Ante este tipo de futuro inmediato apocalíptico cualquier mal o injusticia queda empequeñecida hasta ser asimilada socialmente como aceptable.

Hay que dejar claro que el shock no se construye con hechos falsos sino con hechos reales. No hay nada más eficaz que una mentira compuesta de fragmentos verdaderos. No se tata de difundir relatos conspiranóicos, fácilmente refutables, sino de producir un imaginario colectivo esclavo del terror a la muerte en base a riesgos reales. Decía Spinoza que en nada piensa menos  el hombre libre que en la muerte. En este momento estamos después de la borrachera neoliberal. El capitalismo es más capaz de hacernos creer en el fin de la especie que a pensar su propio fin, por eso  enuncia sus propias aporías como un callejón sin salida apocalíptico. No es que el fin de la especie no sea posible prontamente si continuamos avanzando en la crisis ecológica; es que será mucho mas probable si creemos que es inevitable.

En el grado que construimos discursos apocalípticos, incluso con la mayor honestidad y rigurosidad, estamos trabajando para esta necropolitica del imaginario del terror inminente. ¿Y qué hacer entonces, mentir sobre la gravedad del cambio climático, por ejemplo? No, decir toda la verdad, que no es solo los peligros sino las posibilidades (salidas) y señalar a las causas (la lógica actual del capital). Y para eso es necesario desalojar este imaginario del terror. Desatascar el inconsciente colectivo para que pueda fluir la imaginación social. Todos nuestros discursos antagonistas son triturados en la máquina del derrumbe contextual (collapse contest) que mezcla un polo y otro, una emoción y otra hasta agotarnos y confundirnos en la antesala del horror paralizante. El cambio climático, los refugiados, la guerra, la covid, las superbacterias resistentes, la guerra…

Sería digno de reflexión cómo en los tiempos de la polarización política la ideología dominante penetra a través de una dimensión transversal que usa los relatos y los datos de ambos polos para formalizar el suyo: el imaginario apocalíptico del terror. Unos anunciamos el fin del mundo por catástrofe  ecología; otros, por invasiones de barbaros islámicos. Pero todos estamos de acuerdo en lo fundamental para el capital: el terror. Estamos entrando en un momento político que ya no es neoliberal y que no sabemos muy bien cómo caracterizarlo. En las situaciones de cambio histórico que no están pilotadas por las élites dominantes, éstas tienden a difundir la confusión y el pánico como resorte de control social. Esto explica que en estos momentos ,el discurso dominante del capital sea el pánico.

Por eso alejarnos de la polarización es imprescindible. Hoy lo más revolucionario es no ser ser revolucionario y ser ontológicamente conservador. Recuperar los consensos básicos transversales, proteger y extender las prácticas cooperativas, los cuidados, valorizar la universalidad y la civilidad. Marx nos enseñó que la clase obrera era la clase revolucionaria porque era la no clase, la llamada a abolir todas las clases. La clase obrera estaba, en su singularidad no deseada, preñada de universalidad. Ahora en este momento de la clase social ambiental, como dice Bruno Latour, la lucha de clases revolucionaria es abolir la polarización en la estrategia de especie. Al igual que la mejor forma de desarrollar el pesimismo de la inteligencia, que diría Gramsci, es difundir el optimismo de la voluntad.



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