Corren incesantes rumores de crisis económica por la guerra o por los bloqueos de estrechos como Ormuz o Suez ; la inflación amenaza en la sombra de los precios , los proyectos de apocalipsis surcan los mares de la red, y toda barbarie o conspiración parecen tener cabida en el discurso público. La atención está gobernada por la iteración veloz de contenidos constantes y se manifiesta en casos de atención saturada y agotamiento de ideas. Pero muy pocos reparan en cómo la alucinación reside en el mismo corazón de nuestra cultura industrial. La misma ciencia económica convencional que ya ha aceptado, a duras penas y a regañadientes, incluir los costes ambientales y ecológicos ,las famosas externalidades invisibles hasta hace tres días; en el sistema de cuentas nacionales, no ha sido capaz de eliminar la alucinación instalada en el ADN de nuestra cultura. Y luego nos extrañamos de que las IA alucinen. El problema de nuestra economía no es que sea miope ,eso se arregla con gafas bien graduadas, sino que padece de alucinaciones constantes.
El delirio de los números que no existen
El problema de la economía neoclásica actual no es que no sepa contar, como la crítica ecológica le achaca recurrentemente. Es algo mucho más grave que el supuesto analfabetismo numérico: no consiste en que no sepa contar, sino en que sabe contar mucho más de lo que hay que contar realmente. Es decir, no es la carencia de una competencia o habilidad ,contar todo lo que hay, incluidas las externalidades y los costes físicos invisibles, sino la presencia de una patología: la alucinación. Ve cosas donde no hay nada, sustituye las cosas por números. Existe una forma de locura que nuestra civilización ha normalizado hasta naturalizarla. Es la locura de operar con números que el universo físico no puede sostener: tasas de crecimiento económico que se proyectan al infinito, modelos de productividad que asumen recursos ilimitados, curvas de beneficio que ascienden sin techo hacia un futuro sin fricción material.
La economía dominante, en su versión más agresivamente anti-ecológica, es una matemática del infinito aplicada a un planeta finito. Y como toda matemática del infinito, produce paradojas, contradicciones y, finalmente, colapsos.El ultrafinitismo, es una posición alternativa en filosofía de las matemáticas que sostiene que solo existen los números que pueden ser efectivamente construidos dentro de los límites físicos reales del universo, ofrece una crítica sorprendentemente precisa de este delirio. No es una crítica política ni moral en primera instancia. Es una crítica lógica. Y por eso mismo es más profunda.
Lo que el universo puede computar
Michał Gajda, en su trabajo sobre lógica ultrafinitista consistente, establece un límite físico concreto para la existencia matemática: aproximadamente 10^93 operaciones, que corresponden al total de ciclos computacionales disponibles en un sistema del tamaño de la Tierra durante toda su existencia. Los números que superan ese umbral no son números grandes. Son, en sentido estricto, números que no existen. Son etiquetas sin referente, símbolos que flotan desconectados de cualquier proceso real.La consecuencia filosófica es severa, cualquier sistema de razonamiento que opere con esas entidades inexistentes como si fueran reales no está describiendo el mundo. Está construyendo una ficción que puede ser internamente coherente pero que carece de anclaje en lo que efectivamente ocurre en el universo material.
Traslademos esto a la economía. El productivismo económico, en sus formas más puras, postula el crecimiento económico indefinido como no solo posible sino deseable y necesario. El PIB debe crecer cada año. La producción industrial debe expandirse. El consumo debe aumentar. Los mercados deben abrirse a territorios y recursos todavía no explotados. Cuando se pregunta por el límite de este proceso, la respuesta estándar apela a la innovación tecnológica, la eficiencia, la sustitución de recursos: en última instancia, a una fe en que el ingenio humano puede desacoplar el crecimiento económico de sus bases materiales.Esta fe es, estructuralmente, idéntica al platonismo matemático que el ultrafinitismo rechaza. Es la creencia en que existen entidades, en este caso procesos económicos, que pueden crecer independientemente de las condiciones físicas que los sostienen. Es operar con números que el planeta no puede computar.
El PIB como número que no existe
Consideremos el argumento con más precisión. El productivismo no es solo una ideología, es también y ahí reside su paradoja falsaria, un sistema de cálculo ¿De cálculo de qué? Produce números ¿Pero números que cuentan qué? Proyecciones de crecimiento, modelos de rentabilidad, tasas de retorno sobre la inversión en territorios que todavía no han sido extraídos. Estos números tienen una propiedad peculiar: ignoran sistemáticamente los costes que no aparecen en el mercado en forma de dineraria. El agotamiento de acuíferos, la pérdida de biodiversidad, la degradación del suelo, la desestabilización del clima: ninguno de estos procesos entra en el cálculo estándar de rentabilidad por que a todo estos procesos se les otorga una representación numérica infinita.
Un ultrafinitista reconocería inmediatamente la estructura del error. Es el mismo error que comete el matemático que opera con números más allá del límite físico de computabilidad: tomar una representación simbólica por una realidad, olvidar que los símbolos solo tienen sentido adaptativo y evolutivo si corresponden a procesos efectivamente realizables. Cuando la contabilidad económica ignora la destrucción de capital natural, no está simplificando la realidad para hacerla manejable. Está produciendo números que no existen, no solo porque no incluyen todo lo que existe, sino por algo aún peor: porque incluyen mucho más de lo que realmente existe. De tal modo que cabe decir, como Hamlet a Horacio en Shakespeare, pero al revés que hay menos cosas en el cielo y en la tierra de las que tu filosofía puede imaginar.
El modelo económico dominante no es solo una fotografía incompleta de la realidad, como tradicionalmente se le achaca a la economía neoclásica desde la crítica ecológica: es una fotografía deliberadamente encuadrada para dejar fuera precisamente aquello que pondría en cuestión sus conclusiones, e introducir aquella realidad inexistente que las confirma: los transfinitos materiales. El resultado es una forma de platonismo económico: la creencia en que el valor, el crecimiento y la riqueza son entidades abstractas que habitan un reino separado de la materia, la energía y los ciclos biogeoquímicos que los hacen posibles. La tasa de crecimiento del tres por ciento anual proyectada a cien años produce un número. Ese número no existe en ningún sentido físicamente sostenible. Es tan ficticio como el número 10^10^10 para Esenin-Volpin.
La acotación como principio ecológico y lógico
La propuesta ultrafinitista no es nihilista. Gajda no dice que las matemáticas sean imposibles. Dice que las matemáticas válidas son las que operan dentro de límites reales, y demuestra que dentro de esos límites se puede hacer prácticamente todo lo matemáticamente útil. La acotación no empobrece el pensamiento: lo ancla en lo real y lo hace más riguroso, no menos: es computación situada.
La ecología dice exactamente lo mismo sobre la economía. No propone el empobrecimiento ni la renuncia al bienestar humano. Propone que la actividad económica opere dentro de los límites de los sistemas que la sostienen: ciclos del carbono, ciclos del agua, capacidad de carga de los ecosistemas, tasas de regeneración de los recursos. Dentro de esos límites, una economía enormemente rica y sofisticada es perfectamente posible. Lo que no es posible, lo que es tan imposible como construir el número 10^10^10, es una economía que crezca indefinidamente en un planeta finito.
El concepto de planetary boundaries, desarrollado por Johan Rockström y colaboradores, es en este sentido una aplicación práctica del principio ultrafinitista a la economía: existen umbrales más allá de los cuales los procesos del sistema Tierra cambian cualitativamente de forma irreversible. Operar más allá de esos umbrales no es arriesgado. Es incoherente, en el sentido lógico estricto del término: produce contradicciones entre lo que el modelo promete y lo que el mundo puede entregar.
Lo que no se puede demostrar no existe
Hay una última convergencia que merece atención. Gajda demuestra que en el sistema ultrafinitista la indecidibilidad desaparece: todas las preguntas bien formuladas tienen respuesta, porque las preguntas que requerirían tiempo infinito para contestarse quedan fuera del sistema como preguntas mal formuladas.El productivismo económico genera permanentemente preguntas mal formuladas del mismo tipo. ¿Cuánto puede crecer la economía global? Es una pregunta que solo tiene respuesta dentro de un modelo que ignora los límites físicos. En cuanto esos límites se incluyen en el cálculo, la pregunta cambia de forma: ¿cuánto puede crecer la economía dentro de los límites de los sistemas que la sostienen? Esta segunda pregunta es decidible. Tiene respuesta. Y la respuesta no es infinita.Una civilización que tomara en serio el ultrafinitismo no solo reformaría sus fundamentos matemáticos. Reformaría su modo de producir, de calcular y de proyectar el futuro. Dejaría de operar con números que no existen y empezaría a contar, con toda la precisión disponible, lo que el universo puede realmente sostener. Eso no es una limitación. Es la única forma de hacer matemáticas, y economía, que merezca llamarse rigurosa.
