El consenso y las moscas

Antonia Nogales

Periodista & docente. Enseño en Universidad de Zaragoza. Doctora por la Universidad de Sevilla. Presido Laboratorio de Estudios en Comunicación de la Universidad de Sevilla. Investigo en Grupo de Investigación en Comunicación e Información Digital de la Universidad de Zaragoza.

El consenso y las moscas.
El consenso y las moscas.

Hace unos años leí en la edición en español del New York Times una frase que aún recuerdo porque me hizo reír a carcajadas. “Me encantan las moscas: hacen de todo. Llegan a todos los lugares, son ruidosas y adoran tener sexo”. Poco se puede añadir y poco desacuerdo puede haber. Son palabras de Erica McAlister, científica del Museo de Historia Natural de Londres y experta en dípteros —en moscas, para los no iniciados—. Resulta que por cada persona que habita en este planeta hay 17 millones de moscas y existen más de 110.000 especies de moscas revoloteando por todo el mundo. Moscas de la fruta, moscas de la carne, moscas de la madera, moscas domésticas… toda una heráldica entomológica muy superior al volumen de los interminables listados de Reyes Godos que se tragaron nuestros padres y abuelos en la escuela.

Una sola mosca doméstica hembra puede poner hasta 500 huevos en tan solo tres o cuatro días y repetir el ciclo varias veces durante toda su vida, que puede llegar, en condiciones óptimas, a los dos meses. Las moscas polinizan las plantas, devoran cadáveres, propagan algunas enfermedades y también matan arañas o libélulas. Pero, sobre todo, tienen una especial predilección por los residuos. Por eso se dice que probar la mierda no debe de estar tan mal, ya que millones y millones de moscas no pueden estar equivocadas. Y es que los consensos son cuestiones peliagudas. Son complicados de alcanzar y cuando todo el mundo se pone de acuerdo a mí me da por desconfiar.

Nunca creí en los altares. Especialmente porque lo que sube rápido, más rápido tiende a bajar. Por eso no suelo comulgar con los endiosamientos y me huele mal por sistema la unanimidad. En un mundo polarizado y radical como el que habitamos, los consensos globales suelen responder al proceder más estúpido, casi tanto como el enfrentamiento por sistema. Hoy no se puede plantear que haya algo más que la vileza de Putin detrás de la execrable guerra de Ucrania sin arriesgarse a que te tachen de malnacido y de belicista. Tampoco se puede defender, sin temor al ostracismo, que la opinión de todo el mundo no vale lo mismo y que el diario de tu vida no merece ser un libro a menos que seas Ana Frank. Y así un eterno suma y sigue de tópicos comprados y cincelados en las tablas de la ley contemporáneas para moverse en sociedad.

Estos días me han venido a la mente las moscas, el consenso y todo aquello sobre lo que no se puede discrepar. Lo ha hecho gracias a la cantante Chanel, la nueva heroína del españolismo. Su tercer puesto en el certamen de Eurovisión y el consenso colectivo así la han encumbrado. Cuando antes despertó recelos, rechazo y críticas, ahora parece la nuera que todas las familias desean y es la quintaesencia del 1 de mayo. Al fin y al cabo, eso de apuntarse a toro pasado al caballo ganador siempre fue muy español. Yo debo decirles que cuando la miro sigo viendo lo mismo que veía: una excelente artista con una voz portentosa que interpreta un estribillo pegadizo envuelto en una canción comercial hasta la náusea y un atrezo tópico de abanico y tanga de luces, con onomatopeya en vez de letra y en un spanglish doloroso. Las moscas tienen oído y están de acuerdo en muchas cosas.



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