Pedro Sánchez, en una comparecencia durante el estado de alarma.
Pedro Sánchez, en una comparecencia durante el estado de alarma.

Como en los años 70 (en los 60 eran solo los pudientes), estos días toda la familia ve unida la televisión cuando llega su programa favorito: Una hora con Pedro. Se trata de un magazine bastante vanguardista, que se abre con una especie de monólogo y se cierra con algo parecido a una ronda de preguntas a las que el monologuista –que por cierto, aunque últimamente anda con mala cara, es un tipo guaperas, con su 1,90 y todo- debe ir respondiendo de manera lo más enfática posible. Las preguntas, todas sobre la actualidad de la pandemia y la crisis económica que lleva aparejada, han sido previamente seleccionadas por un secretario –me van a permitir un micromachismo… ¿no sería mejor, más dinámico, que apareciera con las preguntas en un sobre una azafata como las del ‘1,2,3’, una maciza en toda regla con sus gafotas y su mini? Yo es por dar, ideas, eh-, en este caso todo un secretario de Estado, que es el que vela por la debida guionización de esta parte del programa. No es solo que Pedro conozca las preguntas y, en consonancia, no le pillen nunca con el paso cambiado a la hora de responder, es que esas preguntas y sus respuestas forman parte del mensaje global establecido de antemano que se quiere enviar a esos millones de españoles que siguen ‘Una hora con Pedro’ cada vez que se emite. 

Las preguntas que recibe Pedro no son exactamente las que se hace la sociedad, que son cercanas más a algunos pasajes del Antiguo Testamento. De hecho, en anteriores Confesiones hemos hablado de que ante la imposibilidad manifiesta –al menos por ahora- de responder por qué ha ocurrido todo esto en España, qué ha fallado, qué responsabilidades hay que establecer, Pedro podría ir avanzando poco a poco, empezando por dar respuesta a otros problemas ciudadanos que, no por cotidianos, dejan de ser importantes. Esta estrategia, sin duda, daría un nuevo aire a un programa ya de por sí exitoso, como el que presenta. Ahí entrarían por ejemplo: “¿Cómo saco una mancha de tinto de la tapicería de una silla?”, “¿En serio que la auténtica salsa brava no lleva tomate? ¡Vamos, no me jodas!” o “El liguero, visto desde una perspectiva de género”… cuestiones, ya ven, que en el fondo hablan desde distintas aristas del día a día de millones de confinamientos.

Pero vamos a ser más fuertes, vamos a salir de esta, somos un gran país, esto es un problema europeo y vamos a pedir –qué pedir… vamos a exigir- a Holanda que afloje con los coronabonos… Vamos a quedarnos por un día con todos esos mensajes que lanzó ayer Pedro, joder, siempre criticando. Y así concluye Una hora con Pedro, un espacio que ha demostrado que puede aparecer a cualquier hora… con dos pequeñas condiciones, que sea finde y en hora punta.

Pues esta es la poca tele que les puedo comentar de ayer sábado 4 de abril. En redes sociales, más fecales que nunca, el cachondeo –por una vez- de unos y otros era sobre la supuesta separación de Pablo e Irene, una modalidad de crisis de gobierno que sería novedosa -esperen… qué va, no sería tan novedosa- y que dio para tener entretenido al personal con los 280 caracteres de marras unas cuantas horas. Es que van siendo muchos días, la gente tiene que salir por algún lado y el cachondeo –en toda la extensión de la palabra, no solo el de las últimas décadas- en España, pues qué quieren que les diga que ustedes no sepan…

Con esto del cachondeo creo que ha llegado el momento de hablarles en ‘Desinfección y Chuletas’, su sección favorita, de los muslos de Ayllón (¿o era Ayuso?, ja, ja, desde ahora M.A.). Por fin. Se lo han ganado, queridos lectores hétero masculinos y queridas lectoras lesbis. Gracias por su paciencia y saber esperar. Como consecuencia de la necesidad de lavarse las manos continuamente debido a la pandemia, al parecer a mucha gente le han ido apareciendo chuletas de su vida académica –ayer, sin ir más lejos, este cronista descubrió en su palma derecha que la Regencia de María Cristina no era un hotel de esos ‘decadentes’, al menos no solo- excepto seguramente a mi compañera de instituto M.A., que se las sabía todas. M.A. no utilizaba las palmas para las chuletas de los exámenes, el  método más ortodoxo junto con la propia mesa, qué va, ella utilizaba los muslos. Sí, sí, y los dos. Se arremangaba la falda y hala, p’alante. Ya venía con el temario de casa. Además estaba pegada a la mesa de los profes que, en consecuencia, si no se paseaban, eran los únicos que no veían lo que ocurría a un metro escaso de ella. En realidad, nunca vieron o no quisieron ver nada. Chuletas no… aquello era una carnicería entera. Siempre que había examen, temas y temas enteros pintarrajeados en los muslos de M.A., esas dos fuentes de sabiduría –desgraciadamente para ella de estilo más dórico que corintio- inolvidables ya para siempre entre sus compañeros…

Hoy nos despedimos saludando a Turquía y diciendo que por ahora no habrá un nuevo Galipoli –ah, no, que ahí ganaron ellos- y deseando que continúe el descenso diario de contagios y fallecidos. A la espera de que algún necio de la tele diga “hoy solo han sido 674 fallecidos”, se despide…

Cuídense.  

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