Una imagen de un supermercado, antes de ser repuestos los productos. FOTO: MANU GARCÍA
Una imagen de un supermercado, antes de ser repuestos los productos. FOTO: MANU GARCÍA

—“¿Dónde está la cerveza? ¡No me digas que se te ha olvidado!”, le dije ayer a A., después de echar un vistazo a las bolsas de la compra. Tras un silencio de poco más de un segundo, pero que se hizo eterno (nótese el oxímoron) vino lo que tenía que llegar, toda la tensión acumulada de 18 días de enclaustramiento: “Pues se me habrá olvidado, hay que joderse; encima de que voy yo siempre a la compra, con protestas”, dijo A., a lo que respondí con algo así como un “pues vaya”, pero no en plan cínico, sino más bien como lo dicen los petimetres de las novelas de Wodehouse, un “pues vaya” muy british, que enmarca la situación, considera la dimensión de la pequeña catástrofe y, a la vez, ya está visualizando el panorama que se viene encima en el corto y medio plazo, evaluando todas las posibilidades para solucionarlo… o adaptarse a la nueva situación.

Tras colocar la compra en la nevera y los distintos armarios que estos días están funcionando como despensa, decidí irme a la parte alta de mi casa, precisamente a terminar este artículo, la edición de ayer. En lo que yo colocaba la compra, A. se había puesto a teletrabajar, que tenía que enviar no sé qué antes de comer. Bien… al terminar de subir la escalera oí nítidamente un muy madrileño “gilipollas” –fue bastante bajo, pero tengo un teleoído estupendo— no sé si dedicado a mí, a algún telecompañero o a alguien que saliera en ese momento por el televisor, no puedo confirmarlo porque no pregunté al respecto. A ver… tengo muy claro que fue para mí, pero la absoluta certeza tal vez, y solo tal vez –insisto en lo de tal vez porque yo no voy a preguntar—, se sabrá esta tarde después de que A. presumiblemente lea estas líneas. Pero para mí, ya digo, no fue ni es un casus belli: un gilipollas más o menos en mi vida, ya ven...

Mi amigo A.G., residente en Londres y, casualidades de la vida, natural de Jerez aunque lo conocí en Madrid, me envió ayer martes 31 un meme de voz (¿se llaman así?) que precisamente va de las tensiones de pareja debido al confinamiento. El meme insta a las parejas a aliviar las tensiones de estos días dedicándose canciones. El asunto es en plan irónico, como cabía imaginar, y empieza con el Veneno de Los Chunguitos. “Ay, que prefiero la muerte a vivir contigo”, dice la canción de forma bastante concluyente. Hay canciones así en todos los registros. En plan indie podían haber tirado por esa de Los Planetas –no recuerdo el título, no voy a buscarlo en internet— en la que directamente, tras una ruptura, el miembro de la pareja le desea a la miembra que acabe colgada de un pino. Me hace gracia la frase hecha del ‘colgado de un pino’, más que nada porque no sé dónde hay pinos así, a la vez altos, frondosos y resistentes. Un roble, bueno; una encina, seguro, pero un pino… un pino al final puedes acabar todo lo más con una torcedura de tobillo al romperse la rama y eso si eres bajito. Ahora que, si queremos poner las cartas sobre la mesa, nadie como Paquita la del Barrio, que lo de ella sí que son Confesiones y no estas que está usted leyendo: a ver quién aguanta el confinamiento si tu pareja te dedica o te canta a grito ‘pelao’ Rata de dos patas (nótese la metáfora) o Tres veces te engañé, directo al hígado.

Los últimos días he ocupado las mañanas en ordenar y limpiar la biblioteca y debo informarles, queridas lectoras y lectores, que siento informarles de que aparentemente he sido –hemos sido A. y yo— objeto de pequeñas pero no por ello menos importantes sustracciones que suponen, sin duda, un menoscabo en nuestro patrimonio. Durante las operaciones de limpieza –por cierto, no sé si incluir esta parte del artículo de hoy en la nueva y aclamada sección Cultura Infecta… Sí, vale, aprobado— he echado en falta tres libros (dos de Eduardo Mendoza y otro de Kurt Vonnegut) y tengo serias dudas sobre dos (uno de Cabrera Infante y otro de Joyce). Ya pasará el confinamiento, ya…

Ayer intenté de nuevo ver un telediario de TVE. El inevitable reportaje delirante iba esta vez sobre vulnerabilidad en los barrios obreros a causa del confinamiento. Como suena. Es muy complicado de explicar lo que se vio. Como periodista y ex jefe de periodistas, me da que la reportera se coló con un reportaje sobre confinamiento y emigración, a su jefe le dio pereza y le dijo que lo enmascarara como clase obrera en general y la vulnerabilidad y patatín y… Conclusión: en Madrid –se veía que era Madrid, yo mismo he vivido casi 20 años en un barrio parecido y sigo yendo— ya no quedan, al parecer, obreros que se llamen Pepe o Merce, todos son Rachid o Byron. Solo salieron familias emigrantes porque se veía –quiero pensar— que era lo que les digo, algo que gestó de una forma y se parió de otra, porque si no, la caraja sí que sería ya de órdago. En vista de lo visto, para TVE ser español de origen (para entendernos) te mete del tirón en la clase media o, al paso que vamos, en el lumpen...

En la sección Desinfección y Chuletas, ayer hubo poca cosa, tras decenas de lavados de manos seguimos con Literatura Contemporánea de Periodismo en la palma de la mano derecha: Joyce, Proust, Hesse, Gide… que eran de los favoritos del profe, sobre todo los dos últimos…

Bueno, si a la vista de la gente que va cayendo una tras otra está claro que hay serios problemas para desinfectar La Moncloa, cómo se puede afrontar la desinfección de un país… Cuídense.

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