Trump, con el experto de la Casa Blanca en coronavirus. FOTO: WhiteHouse
Trump, con el experto de la Casa Blanca en coronavirus. FOTO: WhiteHouse

En España todo el mundo le tiene inquina, casi personal, a Donald Trump (bueno, Mariano Rajoy no, Rajoy le llamaba cuando tenía problemas como el de Cataluña… que el otro debió sacar hasta el mapa). La verdad es que desde hace décadas el único presidente de Estados Unidos que ha caído bien por aquí era Obama, probablemente porque era, era… era cool. Muy cool. Ya me dirán lo que molaban los dos Bush o Reagan… ni siquiera Clinton, que ni fu ni fa. Pero es que lo de Trump es exagerado, un tipo que tiene sección fija en la prensa y en los telediarios, pero no en su calidad de presidente del país más poderoso de la Tierra, sino por las patochadas que larga continuamente.

La última, la de la lejía. La de inyectar lejía a los enfermos del coronavirus para que sanen (aunque luego dijo que sus declaraciones eran en un tono sarcástico, que nadie vio por ningún lado, ni su cadena amiga, la FOX… el uso del sarcasmo se ve que no viene de fábrica). A ver, yo diría que sobre este tema hay más que comentar de lo que parece porque… ¿a quién no se le ha pasado alguna vez por la cabeza inyectar lejía (o similar) a alguien a quién simplemente no soporta, le acaba de despedir, le ha levantado la chica, pone todas las tardes Resistiré a toda hostia, etc.? No seamos hipócritas: esa solución (nunca mejor traída la palabra) la hemos pensado todos alguna vez en la vida. Y la inyección en el cuello, eh, para que además duela. Como en las pelis en las que hay algún científico pirado. En realidad lo único que está en tela de juicio es el uso terapéutico de la lejía para el COVID-19 impulsada por un émbolo, que es una patochada peligrosa, el resto ya forma parte de las fantasías personales con que cada uno resuelve determinados problemas justo antes de conciliar el sueño…

Además he leído, creo que en la web de Antena 3, que cien personas, siguiendo a ciegas a su presidente, han sufrido intoxicaciones de distinto grado por tomar lejía, detergentes y otras sustancias para luchar contra el coronavirus, una noticia que nos lleva a un par de reflexiones: la gente escucha lo que quiere, porque el presidente de Estados Unidos en ningún caso hablo de ingerir lejía así, hala, como el que se marca un vermú un tanto extravagante… qué va, habló de que se inyectara la lejía. Inyectara. Y dos: seguro que ya hay un abogado tipo En bandeja de plata que está urdiendo una demanda colectiva de esas que tanto gustan a los americanos…   

Como ocurre con Trump, al final todos los populismos que se han ido instalando en el mundo van dando titulares en esta crisis. En Brasil, con Bolsonaro –“una gripezinha, un resfriadinho”- al final es que tienes que reír, cuando alabó el sistema inmunológico de los brasileños apelando precisamente a la pobreza, cuando dijo que “un brasileño bucea en una alcantarilla sale y no le pasa nada”. En Chile (con un gobierno que no es exactamente populista pero es bastante raro), su ministro de Sanidad contabiliza como altas también a los fallecidos, que serán altas a la hora de la logística de recursos de un hospital, no sé, pero de ahí a mantener ese dato como parte de las altas entendidas como curados que se da a la opinión pública va un buen trecho. En Bielorrusia no ha parado el deporte profesional, con su propio presidente jugando al hockey sobre hielo (se entiende que partidos de yayos) y en Turkmenistán, que forma parte de la Federación Rusa, han adoptado una medida sin precedentes que no se le ha ocurrido a nadie: si no se habla de algo, es que no existe. Punto. De una lógica aplastante. “Oficialmente Turkmenistán vive una época de grandeza y felicidad, así que un problema así no puede existir”… ¿Qué les parece? Ya. Mejor no dar ideas…

Y bien… damos paso sin más dilación a Cultura Infecta, una sección que nadie sabe cómo se ha convertido en fija de las Confesiones porque la verdad es que no me la preparo nunca. He visto un rato del concierto solidario contra el Covid-19 con grandes estrellas mundiales de la música y la verdad, qué quieren que les diga… será el tema casero, del confinamiento, o lo que sea, pero simplemente a mí me dice poca cosa. Eso sí, espero que hayan recaudado un buen dinero para la OMS y que lo hayan hecho ya, porque no creo que vaya a haber mucho interés en comprarlo (en el formato que sea) cuando todo esto pase…

Y por fin llegamos a Desinfección y Chuletas, una sección académica que cuando es necesario no renuncia, en absoluto, al candomblé o al samba (es una palabra masculina, disculpen las molestias). Ya saben que como consecuencia de la alerta sanitaria me lavo continuamente las manos, lo que provoca la aparición de distintos nombres pintarrajeados a boli… Hoy son perfectamente visibles Vinicius, Jobim, Gilberto, Mendes y Simonal… que lejos de ser una delantera de fútbol del Sao Paulo o de Vasco de Gama de los años 50 ó 60, son grandes de la música brasileira y vienen en una chuleta que me hice para grabar un CD, digamos alegal (atención, agente-lector de la Comandancia de la Guardia Civil, que al final va a tener usted materia en este artículo…). Y así cerramos hoy una sección por una vez sin menoscabo ni para el Estado ni para mi vida académica…

Nos vamos con una noticia para reflexionar sobre cómo se están haciendo las cosas. Y viene en El País: “España es el país con más contagios de coronavirus entre el personal  sanitario”. No hay más preguntas. Cuídense. 

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