Condenamos la violencia, pero...
Condenamos la violencia, pero...

Hagamos un ejercicio. Nazi. Repítanlo conmigo: nazi. Na-zi. La punta de la lengua acaricia primero el paladar para luego bajar y colarse entre los dientes. Na. Zi. No parece tan difícil, ¿verdad? Y, sin embargo, parece que a muchos les cuesta pronunciar esta corta palabra de dos sílabas y cuatro letras.

Tristemente, nos estamos acostumbrando, casi sin darnos cuenta, a que los movimientos de extrema derecha sean crecientemente ostensibles, alcanzando en la actualidad una visibilidad que no se daba en este país desde hace varias décadas. Hablo de visibilidad porque estoy convencido de que no han dejado de existir grupos de individuos que seguían celebrando enternecedoras fechas simbólicas del fascismo español, que guardaban pedazos de tela rojigualda con imágenes de un pajarito, que parecían tener algún tipo de contractura que les hacía estirar el brazo de forma extraña, o que cantaban el “Cara al Sol” con un entusiasmo operístico. ¿Qué ha cambiado pues? Desde mi punto de vista, dos cuestiones. Por un lado, las redes sociales han dado visibilidad a las patochadas de cuatro frikis. Ya saben: nos escandalizamos, les hacemos casito, y les proporcionamos, en definitiva, una visibilidad mayor que su importancia real. Y, con ello, a su vez, les ayudamos a crecer. Y una vez tras otra seguimos cayendo, dándoles la repercusión que van buscando con sus idioteces, de modo que solo llegan al gran público por nuestra extraña habilidad para caer una y otra vez en la trampa. Por otro lado, y sobre esto trata la presente columna, hasta ahora parecía haber un cierto consenso en el rechazo nítido a estos movimientos extremistas. Hoy no parece el caso.

Un grupo de rapados con toda la iconografía visual del nazismo, con el brazo en alto y gritando consignas inequívocamente nazis puede convertirse en un grupo de “constitucionalistas”, “partidarios de la unidad de España” o, como mucho, “populistas de derechas” o “españolistas”. Pero, claro, si algo parece un pato, nada como un pato y dice “cua-cua”, con toda probabilidad es un pato; y, del mismo modo que una rosa es una rosa, un nazi es un nazi. El problema es que no es una mera discusión terminológica, porque efectivamente estamos englobando a muchos movimientos diversos en una palabra, pero sin duda hay también muchos términos afines que podrían ser menos específicos. El problema es que hay periodistas y políticos que, en este clima de polarización absoluta, sienten a estos grupos como afines, y se esmeran en emplear términos no ofensivos, argumentos que eludan su naturaleza dictatorial y violenta o, incluso si repudian cualquiera de sus actividades, la condena pública viene seguida de un pero.

Créanme si les digo que no soy sospechoso de defender ninguna actitud dictatorial o violenta en las izquierdas. Que mi visión sea de izquierdas en tanto que propugna la igualdad social en sus múltiples dimensiones no implica que defienda a quienes quieren imponer sus ideas por la fuerza en un estado democrático. Quienes lo hacen no son los míos ni los siento como tales. Sentía repulsión cuando hace años escuchaba a los líderes abertzales echar balones fuera tras una carnicería, y la he sentido estos días escuchando al portavoz nacional de un partido de gobierno. Creo, pues, que el rechazo sin matices debe ser la única fórmula posible cuando sucede algo inaceptable. Si ese rechazo va seguido de un pero, lo cierto es que estaremos diluyendo el mensaje que debería ser central. Si a una propuesta de cita romántica, respondo “Me encantaría, pero...”, lo importante es lo que viene después del pero: que no voy a ir a la cita. Lo anterior solo es un intento de quedar bien. Y si un partido político o un periodista afirma “Condenamos cualquier violencia, pero...”, lo importante no es la condena, sino lo que viene a continuación.

Personalmente, me gustaría —y creo que no es pedir tanto— que hubiera consenso en que un nazi es un nazi, y que enarbola una ideología política nauseabunda, inaceptable y que no debe tener cabida en nuestra sociedad. Punto. Sin peros, sin subterfugios y sin mamarrachadas. Y me gustaría que políticos y periodistas no asumieran que el hecho de que un individuo esté opuesto a Pablo Iglesias o a cualquier otro adversario político implica que sea del propio bando. Y, ojo, no estoy diciendo que José Luis Martínez-Almeida, alcalde de Madrid y portavoz nacional del PP, o Ana Terradillos, presentadora en el programa de Ana Rosa Quintana, sean nazis. Digo que, bien por un intento de equilibrar la balanza para manchar al otro bando, bien directamente por un cálculo electoralista fatal entendido, estamos usando subterfugios inaceptables que acaban legitimando lo que no es legítimo y normalizando lo que no es normal. Porque se puede estar en un profundo desacuerdo político con cualquier representante de un partido, pero no todo el mundo que también lo esté son “los míos”, por mucha polarización que exista.

No es tan difícil. Los nazis son nazis. Y son basura. Punto. Y luego hablamos de cualquier otra cosa, pero eso debe quedar claro. Y respecto a los posibles cálculos electoralistas de la derecha, cuidado. Algo característico de la extrema derecha es su capacidad de fagocitar a sus adversarios cuando estos compran su discurso o, cuanto menos, intentan contemporizar con él. Comparen, si no, los resultados de Angela Merkel y Pablo Casado, y entenderán lo que digo.

Nazis no. Punto. ¿Es tan difícil?

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Comentarios (1)

Joe Hace 9 meses
Pues que los llames 4 frikis en vez de 4 nazis no creo que le haga ningun favor a la humanidad no a los frikis
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