Ciudadanos chinos, provistos de mascarillas, embarcando en un aeropuerto.
Ciudadanos chinos, provistos de mascarillas, embarcando en un aeropuerto.

Una cosa no es más compleja porque sea más grande. El cerebro humano es mucho menor que el organismo vivo más mayor que conocemos, un hongo de 46 kilómetros (Armillaria ostoyae) en Oregón. Pero nadie duda de que la complejidad del cerebro humano es mayor que la de cualquier hongo por muy grande que éste sea. La complejidad es una propiedad emergente de los sistemas. Y como toda propiedad emergente no es la suma de las propiedades de las partes sino el resultado, emergencia, de la interacción dinámica de las mismas. La complejidad está pues definida no por la extensión del universo que abarca sino por la estructura que contiene, es decir por la densidad conectiva entre los elementos de un sistema. Una maya muy densa de introspecciones es un exponente de una alta complejidad.

Los sistemas complejos son estructuras disipativas que sustituyen caos por información. Cuanta más complejidad más información y cuanta más información menos caos, entropía, desorden o como lo queramos llamar. La vida es una inmensa máquina de producir complejidad. La muerte de un sistema vivo, un animal por ejemplo, no consiste sino en un brutal descenso de complejidad. Sabemos que los ecosistemas más resilientes, y por tanto menos vulnerables, son aquellos que albergan mayor complejidad. Hasta tal modo esto es así que usamos la complejidad como un indicador sintético de la salud de los ecosistemas.

La relación entre complejidad y caos no puede ser descrita mediante ecuaciones lineales como hemos hecho aquí permitiéndonos una cierta licencia pedagógica. La complejidad también tiene límites, como casi todo. Y estos limites vienen marcados por el entorno o ambiente donde opera el sistema complejo. Hay un umbral de complejidad que está determinado por la complejidad del entorno. Un sistema que es más complejo que el entorno es como un mapa que es mayor que el territorio que representa, imposible. Por eso el exceso de centralización o de regulación en la organización de los sistemas sociales deviene en pobreza de información y genera burocracia, ineficiencia y dinámicas caóticas que acaban asfixiando la función disipativa de la complejidad.

Un ejemplo de esta dinámica no lineal es el antagonismo complementario que enfrentaba en la guerra fría al caos capitalista a la burocracia del socialismo real. Mientras que en el capitalismo era el sistema el que introducía caos en el entorno social (desigualdad) y natural (crisis ecológica); en la hiperregulación y centralización socialista el caos era autoinoculado en el mismo sistema mientras destruía por completo la complejidad del entono social.

En estos días de pandemia se escucha mucho hablar de los riesgos que conlleva una economía-mundo dada su complejidad. Craso error, nuestra economía mundo es ciertamente muy grande pero no por ello es muy compleja, sino todo lo contrario: es caótica. Los riesgos que se manifiestan con la expansión de virus Covid-19 no se derivan de la complejidad de la localización sino del caos de la globalización, que se acrecienta con la magnitud mundial de la misma. La inexistencia real de agencias públicas de gobernanza mundial y regional es un ejemplo de cómo las interacciones caóticas internacionales se han incrementado exponencialmente mientras la complejidad institucional internacional se ha reducido con el debilitamiento de la ONU y sus agencias públicas (OMS, FAO, Unesco).

La economía mundo no ha hecho sino acelerar y extender las dinámicas caóticas que ya existían antes del proceso de globalización. Los casi 200.000 vuelos diarios que atravesaban nuestro planeta hasta la cuarentena han transportado el caos de la desregulación, la irracionalidad financiera y la insostenibilidad ecológica de un confín a otro de la tierra a la velocidad del sonido. El problema pues no es la globalización y mucho menos la complejidad sino el caos. Vamos a necesitar mucha más complejidad para salir del caos en que este proceso de globalización nos ha sumido.

La negativa a entender la enorme complejidad de la biosfera en todas sus escalas nos ha llevado a esta situación de crisis ecológica en donde hay que ubicar la actual pandemia y la emergencia climática. Hemos escuchado mucho más a los mercaderes, y a sus representantes políticos, que a los científicos. Pero para sobrevivir tenemos que convivir y dialogar con la complejidad, no nos queda otra.

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