Compañero del alma

Ojalá fuésemos más valientes para poder decir lo que sentimos abiertamente, sin timidez, a pecho descubierto, por si, llegado el momento esa persona desaparece, que uno pueda sentirse orgulloso de que le dijo todo lo que deseaba decirle y que supiera en vida, que era importante y querida.

Una pancarta de apoyo a Carlos. FOTO: CEDIDA
Una pancarta de apoyo a Carlos. FOTO: CEDIDA

Siempre que la muerte acecha a alguien querido lo último que pierdo es la esperanza, por muy mal que se encuentre. Cuando los médicos me dieron la noticia del fallecimiento de mi madre no los creí, porque aún la sentía viva. Nunca me dejé llevar por el desánimo y la zozobra, al contrario, siempre suelo mantener encendida la llama de la esperanza hasta el último momento, ese, en el que la vida te lanza un gancho de izquierda y te devuelve a la dura realidad. Entonces, sólo cabe agachar la cabeza y comprender que contra ese enemigo, nadie puede ganar.

Hace unos días perdí un amigo. Estuvo luchando algunas semanas, pero no pudo salir del coma. No nos pudimos conocer en persona, solamente a través de las redes sociales. Tenía un bar en A Coruña y una peña deportivista. Compartíamos muchas aficiones: política, música, cine, series, etc. Era un tipo estupendo, y me da cosa decirlo ahora que él ya no está, quizá palabras como estas deberíamos decirlas cuando el destinatario está aún sobre la tierra, y no bajo ella. Pero pasa que nunca sospechamos que la muerte nos ronda, y por eso el abrazo, el beso, el te quiero, lo vamos prorrogando, hasta que un mal día nos dan la fatídica noticia, y entonces todo lo que podamos decir sobra.

Ojalá tomáramos la determinación de, de vez en cuando, darle un fuerte abrazo a ese amigo que siempre está cuando hace falta; un cariñoso beso a esa amiga, prima, hermana, o madre; un te quiero como nunca he querido a nadie, a esa pareja con la que compartimos nuestra vida. Ojalá fuésemos más valientes para poder decir lo que sentimos abiertamente, sin timidez, a pecho descubierto, por si, llegado el momento esa persona desaparece, que uno pueda sentirse orgulloso de que le dijo todo lo que deseaba decirle y que supiera en vida, que era importante y querida. Hay que abrir el corazón más a menudo. Hay que escapar de la rutina y vivir.

En fin, me quedo con el recuerdo de mi amigo, con su ejemplo de lucha revolucionaria y solidaria, con nuestra afición a escuchar las canciones de Silvio Rodríguez: “Soy feliz, soy un hombre feliz, y quiero que me perdonen por este día los muertos de mi felicidad”.

Hoy he visto que mi amigo gallego, en su estado de Whatsapp tenía unos versos de Circe Maia, que el gran Daniel Viglietti convirtió en canción, con ellos cierro este artículo: “No son sólo memoria,/ son vida abierta,/ continua y ancha;/ son camino que empieza./ Cantan conmigo,/ conmigo cantan”.

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