“Tienes que ver esto”, me dijo un buen amigo, allá por el año 2009, prometiéndome un sinfín de carcajadas, “es lo más grande que vas a ver en tu vida”. La exageración es un arte extendido en la tierra de Hispalis, un arte que agradezco porque me divierte. Lo que vi, aunque en ese momento no lo sabía, era ya un fenómeno en la red. Bajo el título Eso es así, dos señoritos sevillanos que se creían los dueños del mundo, de la verdad absoluta y de la máxima alcurnia se quedaban a gusto ponderando sobre lo humano y lo divino. Eso sí, reducido todo a una charla de bar de diez minutos —un bar, por cierto, donde el solomillo al whisky está para ponerle un altar con estrella Michelín—. El cuadro y los diálogos, de tan grotescos en las formas y tan sutiles en el fondo, eran geniales, con la innegable ventaja de que, además, me hicieron reír hasta llorar.

Lo mejor de todo fue enterarme de que aquel no era el primer ni el único video que MundoFicción —la productora responsable de la criatura— ponía a disposición del internauta. Esa fue la primera vez que vi a Alfonso Sánchez y Alberto López interpretando a los compadres, y a día de hoy no dejo de recomendarle el visionado a cualquiera que me merezca aprecio. Algunos han llamado costumbrismo radical a lo que estos cortometrajes reflejan, lo cual siempre me ha parecido muy acertado. Además de los señoritos andaluces, en la llamada Trilogía sevillana tenemos las reflexiones de un par de canis con aspiraciones millonarias -los primeros de sus personajes en llegar a Youtube con el título Esto ya no es lo que era-, y de un par de hippies más o menos anticapitalistas -éstos últimos como referencia a todo un personaje clásico y en peligro de extinción de la Alameda de Hércules en Sevilla, con el título Aquello era otra cosa-.

Al día siguiente, ya por mi cuenta, exploré el resto de videos, a cuál mejor, de todos los que conformaban el cajón de sastre de estos dos genios. Me gustó cómo observaban la realidad actual del país, lo hacían con socarronería, acidez, ingenio y mucha gracia; eran un escándalo, sorprendentemente camaleónico, con el que tenía que estar de acuerdo. Quizás de ahí la censura más o menos generalizada que les han ofrecido los grandes medios de comunicación. Quien quiera su carnet de enterista, que estudie bien de qué va todo esto… Muy ilustrativa la visita que hicieron al late night de Andreu Buenafuente, en La Sexta. Recuerdo haber visto aquello en directo, sin esperármelo siquiera, porque por aquel entonces no me perdía un programa del de Reus. Los invitados no eran tanto los cómicos como sus personajes más famosos -acompañados de sus gin tonics en copa de balón-, que inevitablemente se comieron al presentador. No me imagino a Pablo Motos jugándosela tanto, ahora que lo pienso.

Aunque su estreno me pilló en el extranjero, El mundo es nuestro se vio en mi círculo londinense más de una vez. El primer largometraje protagonizado por Alberto y Alfonso, encarnando a sus famosos canis, fue una de las películas pioneras en valerse de la financiación mediante micro-mecenazgo en España. Sin duda, una de mis películas preferidas. Si no la han visto, dejen de leer y véanla. No se arrepentirán. Un poco de Berlanga y Azcona, más un poco de Lumet y Pierson, y quizás algún ingrediente secreto más, dieron como resultado la que para muchos es la mejor comedia española de la última década. Más vale talento sin márketing que márketing sin talento, así que sin una gran televisión privada que respaldara la producción, sin más promoción que la de carretera y manta, como el circo, y con una envidiable respuesta de público y crítica, El mundo es nuestro se convirtió poco a poco en la película de culto que es hoy. Para los que sabemos que faltan en la cinematografía española respuestas a la realidad actual que hilen tan fino como esta, no es ya que sea bienvenida, sino necesaria.

Absurdos varios con respecto a esta película reconozco dos muy a resaltar: el primero, que después del innegable éxito conseguido no haya productores en España con la visión suficiente como para invertir en la segunda parte, El mundo es suyo -personalmente, soy de la opinión de que lo incómodo es, a menudo, muy rentable-. Y el segundo, que la Academia de las artes y las ciencias cinematográficas de España pusiese tan vergonzosamente en entredicho su criterio a la hora de no otorgarle a esta producción ninguna nominación a los Premios de la Academia, destacando el que fue el robo del año, ya que el Goya a Mejor Director Novel debería haber sido para Alfonso Sánchez.

Ironía de la vida es el hecho de que mi copia en blu-ray corriese a cuenta del Banco Santander. No podía haber sido más poético.

Emilio Martínez Lázaro, Kike Maíllo o Alberto Rodríguez, entre otros, han sido algunos de los directores con los que han trabajado desde que se lanzaron a conquistar la red. También la pequeña pantalla les ha dado alguna alegría, gracias a la serie Allí abajo, cuyo estreno batió el récord de audiencia de una comedia en los últimos veinte años. Casi siete millones de personas estaban esa noche delante de la televisión atendiendo a la historia del joven vasco que, por circunstancias adversas, no tiene más remedio que quedarse en Sevilla y convivir con lo que los compadres llamarían la idiosincrasia propia en la que se desenvuelven los hispalenses.

Pero, desde mi punto de vista, si de algo pueden sentirse orgullosos es de haber llenado los teatros de media España con su obra Patente de corso, en una gira que ha durado dos años. A finales del 2014, se echaron a la mar con dicha pieza, basada en los textos de Arturo Pérez-Reverte, quien por primera vez daba su beneplácito para una adaptación teatral de su trabajo. Respiraba a puerto viejo, a trúhanes sin escrúpulos, a amarguras de la vida y a la belleza que esconde la inmensa casualidad de estar vivos. Estoy por descubrir mejor terapia contra la ceguera y la hipocresía que la de ir a disfrutar esta obra una vez al año. Y digo que pueden sentirse orgullosos porque, siendo el teatro uno de tantos artes imprescindibles que en este país no sólo es ignorado por las instituciones sino poco reclamado por el público, conseguir que 30.000 personas vayan a ver una obra es un logro que los amantes del teatro les agradecemos. También habríamos agradecido que más teatros aceptasen la obra en su programación… En el caso concreto de Cádiz, no habría estado mal que el Falla y el Villamarta hubiesen acogido la representación. Para la próxima seguro que hay mejor suerte.

Donde sí que los reciben con los brazos abiertos es en su casa, cada diciembre, en el Fibes. El pasado 12 de octubre, coincidiendo con el Día de la Hispanidad, estrenaron un nuevo cortometraje protagonizado por los compadres, titulado Eso sigue siendo así, que funciona como prólogo de su nueva obra de teatro Compadres para siempre, a estrenar el día 30 del presente mes de diciembre. Los compadres se suben a las tablas y permiten que su público los vea más allá de su charla de bar y sin una pantalla de por medio, con la esperanza de que todo ayude a financiar El mundo es suyo. Al mismo tiempo, esto les sirve de apertura para lo que ellos anuncian como el año del enterismo. El 2017 pinta ajetreado.

Llenar el Fibes con 4.000 personas, un día antes de nochevieja, y que la causa sea el estreno de una obra de teatro… Quien no vea la hazaña, será que no la quiere ver.

Valga esta última columna de 2016 como pequeño homenaje a todos los artistas de nuestro país que defienden su artesanía contra viento y marea. Sin arte, no somos nada.

Feliz año nuevo a todos.

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