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Cómo van a confundir Cardiff con Cádiz. Si allí pasó lo de siempre, ganó el grande y aquí ocurrió lo de nunca.

No existe comparación posible por mucha sílaba y letras que coincidan. No hay similitud alguna por más que el fútbol internacional y local hiciera un guiño al destino y a las casualidades de los 90 minutos. Una cosa será aquella, la de Gales, la de las 12 copas de Europa y la institución más rica y rancia del país levantando un trofeo elitista y casposo. Otra es la de aquí. El calor de las gargantas, la derrota por costumbre y ese regusto amargo de la tragedia que no se marcha por más agua y cerveza que el aficionado beba.

Cómo van a confundir Cardiff con Cádiz, cómo va a ser cierta la noticia del italiano que se enredó en su destino. Si allí pasó lo de siempre, ganó el grande. Aquí ocurrió lo de nunca: tres puntos, una eliminatoria y un domingo más de fiesta; de ilusiones y quiebros a las preocupaciones. A mí no me lo igualen. Las alegrías ni se acercan. La victoria por obligación no se parece a ganar de corazón. La primera suena a alivio, a revancha y mira de reojo a los rivales con mirada altiva. La segunda a 3 por 4 —pasodoble añejo—, a empatía con el rival que desciende y esa carcajada efímera de un momento irrepetible antes y después de otra inevitable travesía por el desierto.

Por eso, en el Fondo Sur dejó de existir el silencio hace mucho tiempo. Por eso, en ese rincón, la afición incondicional anima y reivindica. Allí no hay Tebas que ordene y mande. No hay asiento para la obediencia y libran una batalla perdida contra un fútbol cada vez más deshumanizado. Para referente tienen a Mágico, como insignia la Arbondaira y desde una pancarta censurada dan la bienvenida a los refugiados que cruzan el mar para escapar de la guerra. Eso no ocurrió en Cardiff.

Cuando abrí las portadas de la que fue prensa deportiva, me alegré de que mi duelo se librara el domingo. Cuando escuché los argumentos barriobajeros de los ojedas, ronceros y sorias, sonreí por encontrarme ajeno a tanta mediocridad. Cuando por zona mixta desfilaron Florentino Pérez, Rajoy y el Rey entre alabanzas y felicitaciones, suspiré por lo lejano que se observa todo aquello desde el cielo despejado de Cádiz.

Aquí, desde donde se roza África y no se divisa Reino Unido ni Alemania, mi sobrina besó el escudo con las piernas temblonas, a mi sobrino se le hizo más llevadera la pena de la derrota en su partido de fútbol base y los cadistas sintieron el regate antes del gol de Salvi como una finta a los eternos sinsabores. No se brindó con champán ni se pensó en trofeos con el oro de apellido. Ni falta que hacía. Sobraba con la alegría.

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