Recuerdo que en Bachillerato teníamos un profesor de Historia que nos dijo: “A mayor crisis social, mayor auge intelectual”. Ojalá sea cierto para esta etapa histórica que estamos viviendo y seamos capaces de tener un poco de sentido crítico con todo lo que nos está pasando. Cuando las posturas se van radicalizando hacia los extremos, muy probablemente todo termine saltando por los aires. No es por ser alarmista, pero ya ha estado pasando en otros países, como Libia y Siria —y tantos otros— y aquí en Europa también tenemos una serie de consecuencias que, por más que pretendamos responsabilizar a los fanáticos de Oriente, muchas de ellas son acarreadas por países como EEUU y de este mismo continente.

En España no estamos en un remanso de paz tampoco, aunque estemos medio anestesiados las cosas no están funcionando como deberían. Seguimos dejando en el poder a políticos que favorecen este tipo de ideologías fanáticas o que dejan entrada a negociaciones con este tipo de líderes. Pues el fanatismo no es sólo propio de los yihadistas. Si con Aznar apoyamos una guerra injusta en Iraq y tuvimos los atentados de Al-Qaeda, me pregunto ahora qué pasara con Rajoy y el nuevo presidente de los Estados Unidos, Donald Trump y su auspiciante racismo y poca cordura. Ahí tenemos la base de Rota ya preparada, esperando a que Trump pierda la cabeza.

No olvidemos, por otro lado, que también hemos estado siendo partícipes de la dureza con la que Alemania y otros países han tratado a inmigrantes de África que no tienen culpa de nada, que son familias como nosotros que vienen de una guerra. Guerra que ha sido favorecida por EE.UU, la OTAN —también Rusia— y la venta armamentística, entre la que se encuentran países como el nuestro, uno de los principales exportadores mundiales. Y esto, aunque suscite una polémica exacerbada –no es el fin de mis artículos- puede encontrarse en cualquier fuente fiable de internet. Cuando ocurre un desgraciado atentado en nuestros países “democráticos” y “civilizados” tachamos a Siria, Arabia Saudí, Afganistán… o cualquier otro, de salvajes y opresores. Pero los datos dicen cosas muy distintas. No olvidemos que la cuna de nuestra civilización proviene de ese tipo de países, los ciudadanos que vivían allí eran tan normales como nosotros. Pero cuando Occidente metió sus garras salieron grupos radicales, que no sólo lo pagaron con nosotros, sino primero con las personas que ya vivían tranquilamente allí. ¿Quién es el causante en su origen? Seamos sinceros, vendemos las armas a los terroristas que amedrentan allí a todos en sus países de origen y que luego vienen aquí a matar a nuestros ciudadanos.

Lo cierto es que, por mucho que intenten lavarse la imagen en este país con historias sobre ayudas altruistas a contadas familias de inmigrantes, no sólo somos responsables de las armas que utilizan, sino que por si fuera poco, tenemos también una alta valla de pinchos metálicos en la frontera. Los hemos metido a todos en una ratonera y hemos preparado el terreno para su muerte. Después de meter mano allí con los ejércitos de la OTAN y venderles las armas, nos sorprendemos de que nos salpique el problema... pero nosotros los ciudadanos de a pie no tenemos culpa de ello. El mundo es un lugar oscuro y el juego de poder se teje en la sombra.

Resulta grotescamente sarcástico cuando muchos aquí se asustan con la llegada de una nueva fuerza política al poder, Podemos, y la tachan de “extrema izquierda”. Si muchas de esas personas hubieran presenciado el cuchillo de los bolcheviques rebanando los cuellos de los aristócratas, entonces sabrían de qué se trata realmente la extrema izquierda. Es muy insultante que con este apelativo traten a posturas que defienden causas sociales, aunque sean mejores o peores, con sus fallos como todas. Claro, que pedir justicia y regulación —y espero que los lectores no tomen estas dos palabras como eufemismos, yo no los utilizo— para los que tienen tarjetas black y para los políticos que no quieran reducir su sueldo desorbitado, esto será toda una revolución.

Sin embargo, no reparamos en que muchos acusadores son de un bando realmente extremo, oligarca, racista y homófobo. Muchos verán esto como una exageración, pero realmente está pasando. Realmente estamos metiendo a los inmigrantes que vienen de una guerra, provocada por nosotros, en cercados muy parecidos a los campos de concentración. Merkel no escatima en trasladarlos donde sea, con tal de no poner en peligro a la población alemana. Todos hablan de las agresiones sexuales de Colonia, pero pocos hablan de la bomba accidental que cayó en un “campo de refugiados”. Las condiciones con las que son trasladados sin humanidad alguna y en las que viven, no son sólo pobres, sino crueles, aunque no nos enteramos de la mitad de las cosas por las que tienen que pasar. Pero no nos importa tanto, porque pensamos que son inferiores, criminales. Aquí nadie tiene las manos manchadas de sangre porque el crimen desde el poder civilizado, no es crimen.

Los atentados han sido la excusa perfecta para que todos paguen por pecadores. Pero no todos son terroristas. Y no sólo quieren echarlos de nuestros países, sino que antes los han echado del suyo. Me pregunto cuál será el destino de todas esas personas y familias que viven en los campos de refugiados. ¿Sentirán la misma incertidumbre que sentían los judíos cuando los sacaron de sus casas y los metieron en guetos, antes de ir a los campos de exterminio nazi? ¿Les habrán dicho que todo estará bien, que no se preocupen, como les dijeron a ellos? ¿Escucharán las noticias y lo que dicen nuestros dirigentes sobre ellos? Francia, Alemania, Holanda, Suecia, Finlandia, EEUU… y por supuesto España, están deseosos de limpiar su estirpe y echar a todo inmigrante. Todo problema, toda causa de violencia, recae sobre los inmigrantes. No hay más que ver las noticias para ver con qué dureza se les trata, no sólo en los campos de refugiados, sino en los discursos políticos.

Ahora, con Trump, veremos qué pasa. Tenemos un presidente que determinará en gran medida el destino del mundo y que es profundamente xenófobo y misógino. Se olvida, que antes de que ellos estuvieran agobiados por los inmigrantes, los nativos americanos también lo estuvieron por el hombre blanco. ¿Acaso no es esto fascismo? Sólo hay que hacer una pequeña observación para ver que hemos vuelto a los años 40 del siglo XX en Europa: menos derechos sociales, ley mordaza, la clase dirigente en una posición económica privilegiada, las tasas judiciales, los desahucios, el maltrato hacia otros pueblos que no sean la patria, la mentira descarada de los políticos, el olvido de nuestra memoria histórica… el constante intento de alienación en los medios de información, las consecuencias para los que se atrevan a rebelarse, etc. El fascismo sigue una ecuación sencilla: la violencia de cualquier tipo se ejerce contra las personas y los que están en el poder nos obligan a creer que estamos en un mundo de “yupi”. El fascismo siempre persigue la perfección social dentro de sus estándares y si nos salimos de ella, seremos apartados e incluso, eliminados. No hay cabida a negociaciones. No es discutible, tendremos que acatar sus normas, aunque sean inhumanas: aunque nos desahucien de casa, nos quiten las prestaciones y ayudas por discapacidad, nos vigilen la cuenta un año antes de morirnos de viejos, nos obliguen a pagar impuestos incongruentes y nos penen con multas injustas –y luego ellos robando y defraudando- y nos obliguen a callarnos la boca, o paguemos una multa cuantiosa. De la multa a la cárcel hay poco camino. Y mientras todo esto ocurre, el fascismo continuará con su nueva careta: democracia.

Esa es la estrategia del fascismo, aparenta ser lo que necesitamos en cada momento. Stalin utilizó el comunismo, pero al final todo lo que no fuera pro-soviético era odiado y perseguido. Aquí utilizamos una careta social, pero todo lo que sea verdaderamente una política social es rechazada con múltiples estrategias perjudiciales. Pero siempre coincide que tras esa careta hay muchos jorobándose y unos pocos beneficiándose, ¿no es cierto? Es mejor no ser adepto de ninguna ideología, así seremos menos manipulables. Analicemos si nuestras circunstancias se parecen al inicio de otras catastróficas del pasado.

Estoy segura de que si muchos dejáramos nuestra zona de confort y nos atreviéramos a meternos en las profundidades para sacar a la hidra de este país, no volveríamos a ver la luz, o como mínimo, sufriríamos un buen escarmiento. Sólo hay que pensar en ejemplos tan simples como la ley de memoria histórica y el juez Baltasar Garzón. Hemos perdido el poder como pueblo y estamos permitiendo que los psicópatas dictaminen cómo debemos vivir, todo para que ellos mantengan su poder. Es hora de que seamos conscientes de a quién estamos apoyando y de que nos responsabilicemos. Ya no se trata de ser de “derechas” o de “izquierdas”. Eso está muy anticuado. Qué más da que uno sea católico y conservador, y otro sea feminista y pro-aborto. Lo que importa es que tengamos cuidado de no caer en ideologías inhumanas y extremistas, que miremos realmente qué está pasando con nuestra sociedad, que vigilemos los principios de las personas a las que votamos y no tanto su propaganda conservadora o socialista, como ya mencioné, esto es una careta sin más.

Miremos mejor si cumplen con los derechos humanos. Hagamos estas preguntas: ¿por qué España vende armas a países que luego fomentan terroristas? ¿Es adecuado votar a un presidente, teniendo en cuenta esta circunstancia, que aliente a ideologías xenófobas, aunque sea sutilmente? En caso de que este presidente no sea así, ¿es conveniente votarlo si apoya a países que tienen un dirigente claramente racista? Votar a un presidente para que diga NO al aborto es una estupidez. Al fin y al cabo el que no quiera abortar no lo hará. Pero el que quiera tendrá que aguantarse si lo vota. Dicen ser provida, pero se olvidan de que hay muchas vidas ya pisando este mundo que dependen de nuestra opinión política. Los estadounidenses no parecen haber caído en la cuenta.

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