Creo haber visto en algún canal de televisión un enunciado que decía algo así como: “Alimente a sus hijos con derivados del petróleo”.
Si no lo he visto lo habré soñado, o, tal vez, habrá sido fruto de una pesadilla urbanita. Lo que es más cierto es que ese supuesto juego verbal me obsesiona.
Los que somos padres, o tíos, o abuelos, tenemos una tendencia, que parece en aumento en las dos últimas décadas, a solucionar muchas, -demasiadas-, meriendas, acudiendo a las atractivas bolsas de chucherías, seudoalimentos elaborados, con nombres comerciales frívolos, apoyados las más de las veces en licencias de personajes de dibujos animados o series televisivas.
Las plazas y las calles de nuestras ciudades se inundan por las tardes de niños cargados de paquetes con supuestos productos comestibles que suplen el bocata, el pan con chocolate o el cavero con aceite y azúcar.
Llámenme rancio pero lo que está ocurriendo con muchos de nuestros niños es de juzgado de guardia.
Conservantes, emulgentes, edulcorantes y sales en exceso, y productos súper elaborados amenazan la permanencia de la raza humana.
¿Quién nos ha dicho que la alimentación a base de chucherías es inocua?
De lo que se come, se cría, sigue estando vigente y hoy más que nunca.
Homer Simpson vive en un universo donde los peces de su amada Springfield tienen un color fluorescente y un ramillete de ojos por ejemplar. Si seguimos por el camino del “alimento chorra” para nuestros pequeñines, no será necesario ver la magnífica serie de televisión para presenciar mutaciones genéticas entre los más cercanos.
Mal aliento infantil, costosas caries, algunas gripes interminables, hiperactividad, falta de atención en la escuela, atopismos y alergias generalizadas son algunas de las consecuencias hoy visibles y habituales en nuestros hijos, sin olvidarnos de obesidades raras que llevan a los peques a padecer cardiopatías tempranas.
Evidentemente no soy médico, ni lo pretendo. Tan sólo un observador del universo “colorines consumibles” que invade este país sin que nadie ponga freno.
El mal es evidente, ¿por qué no queremos verlo?
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