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"Qué bien hueles". Hacía tiempo que no escuchaba esa bonita frase de los labios de un hombre. Chanel decía que ninguna mujer podía triunfar sin perfume. Literalmente, es una frase machista, pero subjetivamente significa que la clase y la distinción -siendo el perfume una mera metáfora- abren puertas. Yo, excepto cuando me lo impide mi contrato, siempre uso uno de su firma.

Hace un par de semanas, un compañero de trabajo al que adoro me recibió con un abrazo y un beso en la frente. Y en seguida me dijo "Qué bien hueles". No llevaba mi perfume ni ningún otro -es política de la empresa evitar los olores fuertes, sean o no agradables-, así que me sentí del todo halagada. Quizás él no lo entendiera, pero alargué el abrazo y le hice un gesto que lo mimara, porque me acababa de quitar de encima un trauma. Y, por un impagable momento, me sentí protegida.

"Qué bien hueles", me dijo. Su novia dormía a su lado, en la cama de matrimonio. O al menos parecía dormir. Yo esperaba que durmiese y que no descubriese de golpe que él me acosaba sin filtro ni red, teniéndola a ella justo al lado. Yo esperaba que durmiese, porque ella era uno de los amores de mi vida, una amiga del alma, y él un tío encaprichado de mí que la hacía creer que la quería durmiendo a su lado.  Yo descansaba a los pies de la cama, cuatro días sobre un colchón. Esa mañana me desperté antes que ellos para ducharme y no perder tiempo. Volví a la habitación ya vestida para salir a desayunar cuando despertaran. Sólo llevaba el pelo mojado. Demasiado calor la última semana de mayo. Qué fatídicas son siempre...

"Qué bien hueles", me dijo. Y el susto en el cuerpo, que yo le creía dormido. Esa sonrisa forzada para agradecerle el cumplido, cuando sabía que las connotaciones de esa frase no acababan nunca. Pocas cosas tan desagradables como un gusano. Esa sonrisa forzada que sólo se preocupaba de que la bella durmiente no acabase con el corazón roto. Cómo lo odié... sabiendo que tenía toda la ventaja del mundo con respecto a mí. Que yo ya iba perdiendo. Que ella preferiría quedarse con él.

A la semana siguiente un mensaje firmado por el mismo verdugo cobarde. Que la ha visitado a ella y que ha olido la almohada que usé. Que ese olor le vuelve loco...

Le odio con todas mis fuerzas, yo que siento pereza sólo de pensar en el odio. Me da grima, pero sobre todo me da una inmensa rabia. Si lo tuviese a solas lo desollaría. Hablo con ella...

Y, entonces, esta Blancanieves descubre que su peor enemiga es quien debería protegerla. Celos y envidia, con y sin motivo, me los sé ya todos de memoria. Nada nuevo bajo el sol.

Una hermana menos por ese "qué bien hueles" que nunca me halagó.

Mi compañero me abrazó más fuerte, respondiendo a mi gesto. Me salió un "gracias" murmurado pero inmenso.

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