Ciudades fantasma

Ya es tarde para deshacer tantos kilómetros cuadrados de ladrillo, pero sería maravilloso rescatar un urbanismo humanista, calles pensadas para andar por ellas

03 de abril de 2026 a las 11:04h
Alhaurín de la Torre, en una imagen reciente.
Alhaurín de la Torre, en una imagen reciente.

Hace unos días me despedí del lugar donde he estado viviendo los últimos cuatro meses, la urbanización El Lagar de Alhaurín de la Torre. Por primera y única vez bajé andando para dar un paseo hasta unos locales comerciales que había estado viendo todos los días camino del trabajo. Son esos complejos que funcionaron como plazas públicas en las ciudades de mi infancia, en barrios de clase media y obrera a inicios de los años 80 del pasado siglo. Su época de esplendor, efímera, fue poco antes de que se instalaran en nuestro país los Pryca. Estos hipermercados modificaron muchos hábitos urbanos y supusieron la decadencia de aquellos locales de barrio. Y es que donde antes había tres tiendas regentadas por tres familias, ha sobrevivido una.

Hoy en la mayoría de esos complejos apenas se mantienen abiertos algunos locales y el aspecto de abandono se extiende como un virus a los locales en funcionamiento. El complejo al que me acerqué es como tantos otros: necesita arreglar fachadas, una mano de pintura, reponer papeleras oxidadas, limpiar los escaparates y barrer. En definitiva, habitarlos.

En este se mantienen curiosamente cuatro peluquerías, dos centros de belleza, una clínica veterinaria y un par de academias para ayudar a hacer las tareas a los escolares, además de algún bareto feo y destartalado. Estuve dándole vueltas al porqué y llegué a la conclusión de que son negocios que responden a las necesidades más cotidianas de los vecinos que, por otra parte, pueden llegar allí sin coger el coche, ¡todo un lujo por estos lares!

El urbanismo a lo californiano de buena parte de estos pueblos que rodean Málaga hace muy incómodo el día a día de una familia. Confortables chalets, o pequeñas casitas, rodeados de vegetación en la falda de la montaña, también en zonas llanas, calles sin aceras a medio asfaltar para que circulen los coches, no los peatones, condicionan un ritmo asocial muy alejado de las costumbres mediterráneas. Sales de casa a trabajar y, a la vuelta, compras el pan en una gasolinera o haces la compra de la semana en uno de los muchos centros comerciales con aparcamiento que salpican el trayecto. Una vez regresas a casa, te encierras y solo sales cuando vas a comprar a otro centro comercial. Los fines de semana los dedicas al jardín. También hay urbanizaciones de bloques cerrados alrededor de una piscina en las que los niños y los adolescentes pueden simular una vida casi de barrio. Pero no así sus padres.

Es un modelo urbano triste, que nos hace aún más individualista y ajenos al exterior, nos encierra y aísla, nos priva de ese placer humano que uno siente cuando se identifica con un lugar y unos vecinos. En este modelo solo nos queda una casa, la piscina, la hipoteca, las facturas, las plataformas con las que entretener la espera de unos días de vacaciones. Para los que acabamos de llegar difícilmente deja de ser un lugar de paso, ajeno, en definitiva. Al menos, pensaba yo, el buen tiempo hará más agradable la estancia, pero este invierno ha sido muy muy lluvioso.

Por el momento, el espíritu malagueño de sus gentes, que proceden de muy variados puntos del mundo, compensa la soledad de estas asépticas urbanizaciones y convierten el trabajo en un buen momento, como si cada día fuera soleado. Esta vez me pregunto por qué los malagueños no son huraños como el urbanismo en el que viven, tal vez porque mis compañeros sean unos privilegiados que siguen viviendo en barrios con plazas, tiendas y bares de aquellos donde se discute las mil y una forma de arreglar el mundo. También podría ser porque el sol de la costa los saque de sus acastilladas casas y, en coche, busquen dónde mezclarse con sus vecinos.

Quizá porque todavía sea pronto para notar los efectos de este urbanismo deshumanizado que va expandiéndose por todas las grandes ciudades y sus satélites. Ya es tarde para deshacer tantos kilómetros cuadrados de ladrillo, pero sería maravilloso rescatar un urbanismo humanista, calles pensadas para andar por ellas, plazas y parques para vivirlas en comunidad, barrios donde los niños griten y los mayores maldigan desde el salón de sus casas y acaben entendiendo que es más inteligente salir a la calle a hablar con los vecinos. No estaría nada mal construir ciudades con gente que no solo compra y consume.

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