Concentración tras el crimen de Samuel en Cádiz.
Concentración tras el crimen de Samuel en Cádiz. GERMÁN MESA

Ciento cincuenta metros. Es la distancia que recorrió Samuel intentando escapar de los golpes de sus agresores. Como en un atropellado vía crucis, fueron tres los intentos que hizo por levantarse antes de su total ejecución, realizada a patadas sobre su cabeza por una “jauría humana”, según términos de uno de los propios atestados. Samuel murió apaleado en un brutal ensañamiento mientras oía las últimas palabras de su corta vida: "¡Maricón de mierda!".

Lo que te gritan mientas te patean la cabeza hasta reventártela importa, mucho. Claro que el asesinato del joven coruñés es una agresión por delito de homofobia. El querer desvincular este vil crimen del delito de odio no es más que la continuación de la repetida estrategia de negar un problema estructural, de fondo, de una sociedad todavía demasiado machista y homófoba, que retrocede drásticamente en los avances conseguidos ante  el auge e impulso de las extremas derechas de nuestro país, con Vox a la cabeza y con el PP y Ciudadanos como cómplices. La toxicidad política provocada por estos partidos y sus medios de comunicación afines son el campo donde se abona todo ese odio contras las personas LGTBI que después brota en todo tipo de agresiones y violencias.

Que la mayoría de informativos y diarios sigan afirmando que las fuentes policiales no confirman que se trate de un caso de homofobia, no es gratuito. Es la forma que tiene el sistema de seguir perpetuando su violencia estructural contra las personas LGTBI.

Uno de los argumentos esgrimidos por los investigadores para no considerar el delito de homofobia, es que los agresores no conocían a Samuel y además, estaba acompañado por chicas, y por tanto, no podían saber de su orientación sexual.

En la inmensa mayoría de las agresiones a personas del colectivo LGTBI sus agresores no les conocen de nada. Es su misma existencia lo que les provoca el rechazo

Tampoco sus agresores conocían al chico que dejaron inconsciente a golpes en las fiestas de San Cugat del Vallés hace unas semanas. Como tampoco conocían los atacantes a los dos jóvenes a los que agredieron la noche que celebraban el fin de curso en Valencia el pasado sábado. Hasta tres comisarías rechazaron admitirles la denuncia a estos últimos.

En la inmensa mayoría de las agresiones a personas del colectivo LGTBI sus agresores no les conocen de nada. Es su misma existencia lo que les provoca el rechazo. Es ese odio y desprecio mamado desde niños al diferente, al raro, al que no sigue las normas impuestas.

9 de cada 10 agresiones homófobas en nuestro país no llegan a la denuncia.  Unas por la vergüenza de denunciar, otras porque los cuerpos policiales directamente las ignoran, según testimonios de colectivos  y asociaciones pro-derechos LGTBI, mientras el número de agresiones a personas de este colectivo han aumentado de forma alarmante según confirma tanto el Ministerio del Interior como observatorios autonómicos de LGTBIfobia.

Es esa crueldad y desprecio transmitida de padres a hijos que lleva a esos niños de corta edad a someter a acoso y a humillaciones a ese chico de clase que prefiere jugar con las niñas antes que con ellos. Es esa absoluta falta de empatía que  divierte tanto con los chistes de maricones y bolleras. Es esa exagerada necesidad de demostrar públicamente la heterosexualidad abominando de las divergencias sexuales. Es el odio hacia quienes tienen la valentía de reclamarse a sí mismos,  de sentirse libres y desviarse del carril establecido.

Ser activista LGTBI es dedicarse a una actividad de riesgo en muchos países, y en el nuestro, también. Cada día de su vida,  estas personas tienen que lidiar con insultos, violencias y amenazas, en muchos casos de muerte. Y no es ninguna  exageración. Sólo hace falta asomarse un poco a algunas redes sociales para comprobarlo. Sólo por el hecho de reivindicar el derecho a su propia existencia, están condenados a recibir en oleadas todo el  odio que se vierte desde  redes, medios de comunicación y lo más grave, desde instituciones,  que los colocan en el centro de la diana.

Ante un crimen tan repugnante como el que acabó con la vida del joven Samuel, no hay equidistancias que valgan. Si no tomamos partido contra la violencia sistemática que sufren las personas LGTBI, si no penalizamos los comentarios homófobos de amigos y conocidos, si no rechazamos a quienes cada día desde las instituciones y medios siguen declarando al colectivo LGTBI como enemigos públicos por su orientación sexual o identidad de género, estaremos siendo cómplices pasivos de la violencia que se ejerce contra estas personas.

Como algunas de esas trece personas que acompañaron a los asesinos de Samuel  durante su agónico vía crucis durante esos terribles ciento cincuenta metros.

#JusticiaParaSamuel

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