De la cicuta

Francisco J. Fernández

Francisco J. Fernández (San Sebastián, 1967). Doctor en Filosofía. Ha sido profesor en la Universidad de Jaén e investigador en la Universidad del País Vasco. Actualmente es profesor de secundaria. Su última publicación: Lycofrón. Diario de clase.

La muerte de Sócrates.
La muerte de Sócrates.

En efecto, la planta con que matamos a Sócrates, con que lo mataríamos otra vez si nos dieran la oportunidad. La encontramos fácilmente en las cunetas de los caminos, siempre dispuesta a quién justiciar. Florece cada dos años, su tallo es cañoso y sus flores, en forma de paraguas, son blancas; puede alcanzar hasta dos metros y sus frutos, pequeñines como el sésamo, huelen a orines de ratón. Los botánicos antiguos observaron que relajaba la verga, que mataba el hervor de la leche, que consumía los testículos si se aplicaba sobre ellos, que disminuía las tetas de las doncellas, pero también que su ingesta no afectaba a los estorninos, dada la angostura de sus venas.

Sabemos de sus efectos letales por el relato que Platón hizo de los últimos momentos de su maestro, pero siempre me he preguntado cómo combatían la vis vomitiva que posee; tal vez añadieran al brebaje algún opiáceo. En cualquier caso, leemos en el Fedón que Sócrates apuró mansamente la copa que le ofreció el esclavo y hasta se permitió bromear proponiendo un brindis que no pudo sino desconcertar a los que le acompañaban (sus discípulos, pues había largado a las mujeres de su casa para poder morir sin aspavientos ajenos). La muerte se produce por asfixia: cuando el diafragma ya no puede más. A Sócrates, sin embargo, le dio tiempo a decirle a Critón que le debían un gallo a Esculapio, el dios de la medicina de los antiguos. ¿A cuento de qué? Un agradecimiento, quizá por el fármaco recién tomado, quizá por librarse, como sugería Nietzsche, de una enfermedad indistinguible de la propia vida.

Así las cosas, quizá no sea mala idea tener una buena mata de cicuta a mano, cuidarla en un pequeño arriate como se cuidan las flores del mal. Séneca defendía que debíamos dar gracias a los dioses porque no nos obligaban a permanecer con vida. Curiosamente, no hay derecho al suicidio (incluso los que están a favor de la eutanasia suelen negar este). Algunos dirán que ni falta que hace, sin darse cuenta de que es una ausencia sintomática, probablemente porque se da crimen sin víctima o delito sin culpable. En este sentido, recuerdo ahora que en París (años noventa y tantos del pasado siglo) estuve ojeando un libro que había sido escrito por un par de médicos sobre las formas del suicidio. Las autoridades francesas habían censurado aquel libro y mi simple ojeo, no diré en casa de quién, constituía ya un delito. Pero es que recuerdo también haber discutido en clase con Fernando Savater a propósito de esto mismo en aquellas clases suyas sobre Spinoza: la muerte no podía proceder de uno mismo: ha de ser exterior. La muerte no era una condición del ser, sino que es ajena al mismo.

En fin, es cierto que siempre se mueren los demás, pero no lo es menos que todo se presenta como un gran inconveniente. Y ya no sé si ponerme otra vez con Cioran o echarme al coleto un chupito de conium maculatum.

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