Una alcantarilla atascada, en un polígono de Jerez, en una imagen reciente. FOTO: MANU GARCÍA
Una alcantarilla atascada, en un polígono de Jerez, en una imagen reciente. FOTO: MANU GARCÍA MANU GARCÍA

«Álex es una borrasca profunda que se intensifica por el proceso de ciclogénesis explosiva y causará un temporal intenso». Eso leíamos hace una semana que iba a pasar con la llegada de octubre. Nos lo decía la Agencia Estatal de Meteorología y, aunque miente más que habla, nos suelen despertar cierto temor sus premoniciones. Siempre me he preguntado quién le pone nombre de persona a los fenómenos atmosféricos que nos acechan. Me parece un trabajo divertido. No sé si todo depende de haber cursado o no una optativa dentro de la formación de meteorólogo: algo así como “Introducción a la etimología humanizante de borrascas, huracanes y maremotos”, 6 créditos ECTS. Seguro que hay más de uno al que su creatividad lo llevó a sacar matrícula de honor en la materia y ahora disfruta de lo lindo bautizando tormentas enrabietadas. 

Sea obra de quien sea, ahora estamos viviendo a Álex. Ya estamos experimentando de lo que es capaz, y lo hacemos mientras nos enfrentamos a otra tormenta mucho más dura: la que no ha parado de azotarnos desde principios de marzo. A la mascarilla y el miedo hemos tenido que sumar a ratos el paraguas y el chubasquero. Y un peine en el bolsillo, por aquello de los vendavales. Álex está furioso y creo que se debe a lo poco que le gusta cómo está el mundo. No lo culpo. El mundo es un asco y Álex lo sabe. 

Una ciclogénesis es el desarrollo o la consolidación de la circulación ciclónica en la atmósfera, un sistema de baja presión, o lo que es lo mismo: la formación de un ciclón. Una perturbación caracterizada por fuertes vientos es precisamente lo que necesitamos para ver si se lleva con la fuerza de Eolo todo lo malo que estamos viviendo. A ver si al fin soplan vientos de fortuna en este año tan negro y tan amargo. Yo tengo cierta esperanza en que Álex nos ayude. Y es que a veces —solo ocurre a veces pero ocurre— algo irrumpe en nuestras vidas con la fuerza de una tormenta y, paradójicamente, esa fuerza de apariencia destructiva es la única capaz de conferirnos calma y sosiego, de arrancarnos la tristeza. La única capaz de apaciguar nuestra borrasca interior. Yo creo que así es Álex. Hoy, fíense de mí, lo creo más que nunca. 

Hace diez años, Sara Bareilles escribió una de las más bellas canciones de amor que jamás he escuchado. I´ll breathe again —Respiraré de nuevo— no podría estar más de actualidad. Nunca como ahora había sentido tantas ganas de respirar de verdad, tantas ganas de cantar esos versos a pleno pulmón. En la letra de Bareilles, lo único que desea la chica es «el aire que mataría por respirar», el aire que él «mantiene en sus manos» y que desliza hasta la cabeza de ella, suministrándoselo en un golpe de aliento masculino. Ese aire es todo lo que hoy deseamos: amor y aire, amor a la vida. Yo confío en que Álex vuelva a hacerme respirar. Porque hoy sé que él es la tormenta que apaciguará el pulso. Cosas de la meteorología en los días de la ciclogénesis.

 

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