Gatos en una foto de archivo.
Gatos en una foto de archivo.

Esta es la resumida historia de una gatita que a las pocas semanas de nacer fue separada de su madre y llevada al campo.

Esta es la resumida historia de una gatita que a las pocas semanas de nacer fue separada de su madre y llevada al campo. Su madre, una gran gata blanca, vivía en una casa a las afueras del pueblo. Una tarde que se encontraba en el patio tomando el sol la visitó un gato, y fruto de esa visita nacieron 3 gatitos, entre ellos, nuestra protagonista: una ‘bolita’ de pelo gris con el rabito blanco, los ojos verdes y una cara con forma de corazón. Los niños de la casa cuidaron a los tres hermanitos, hasta que una mañana llegó un señor y se la llevó a un lejano campo. Parece ser que aquellos humanos no querían más gatos en casa y fueron desasiéndose uno a uno de los pequeños.

A la gatita gris le tocó el peor destino, pues en el campo tuvo que convivir con situaciones que le hacían la vida imposible. Una vez al día, una mujer le echaba los pocos restos de comida que sobraban en la mesa. Así vivió varios meses, hasta que un día, uno de los perros de caza se soltó de la cadena que lo sujetaba a un bidón de chapa y comenzó una angustiosa persecución tras la gatita. Corrió tanto para escapar del feroz cánido que cuando se dio cuenta se había alejado demasiado, encontrándose completamente perdida en mitad de un carril. Asustada y hambrienta, decidió continuar adelante. Siguió aquel carril durante días, alimentándose de los pocos ratones que encontraba y bebiendo en pequeños charcos. Una tarde, cuando creía que moriría de hambre y frío, a lo lejos, observó un pueblo que relucía por su blancura. Sin dudarlo se dirigió hacia él.

La vida urbana era casi peor que la del campo. Herida por los bocados y arañazos, sucia y desamparada entró en una vieja casa en ruinas

Al llegar a la avenida ya estaba anocheciendo, estuvo a punto de ser atropellada por varios vehículos. Se adentró en el pueblo y comprobó que en unos contenedores se hallaban varios gatos rebuscando en la basura. Inocentemente se acercó hasta ellos y en seguida se le abalanzaron sin ningún tipo de contemplaciones. La vida urbana era casi peor que la del campo. Herida por los bocados y arañazos, sucia y desamparada entró en una vieja casa en ruinas. Allí pasó toda la noche. Al día siguiente, subió a lo más alto de la vieja casa y fue saltando de tejado en tejado, se encontraba ya tan débil que no podía cazar los pequeños gorriones que se encontraban refugiados debajo de las tejas. Se le nublaba la vista, no veía por dónde pisaban sus patas, hasta que, inevitablemente, se desplomó y cayó por el ojo de un patio, perdiendo el conocimiento.

Cuando despertó, estaba tumbada en una confortable camita hecha con una manta y varios cojines, también había cerca un cuenco lleno de leche. Sentado en una silla, mirando fijamente a aquella pobre gatita, me encontraba yo (con 30 años menos), y en el sofá, dormitando, mi madre. Esta es la historia que me imaginé cuando, un día, de repente, cayó una gata por el ojo del patio de mi casa. El otro día, buscando otra cosa, encontré uno de mis cuadernos de la EGB, y en la última página, dicha historia escrita a lápiz y titulada Chiqui. Me pareció algo curioso y después de hacerle algunas correcciones, decidí compartirlo en esta tribuna de opinión. Aprovecho, además, para hacer un alegato a favor de la adopción de gatitos callejeros o de los que se encuentran en los refugios esperando una buena familia humana.

Este artículo va dedicado a todas esas personas amantes de los gatos, en especial, a Mariló, Millye, Laura y, sobre todo, a mi madre Carmen, que fue una enamorada de todos los gatos del mundo. 

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