La antigua plaza del Arenal, en Jerez.
La antigua plaza del Arenal, en Jerez.

En los años 80 Barcelona se vanagloriaba de su urbanismo vanguardista con diseños tan singulares como el de la Plaça dels Països Catalans, obra de Helio Piñón y Albert Villaplana, junto a la estación de Sants de Barcelona, con lo que hoy se conoce como «plaza dura». Las características principales de estos diseños son su amplia presencia de granito, cemento y hormigón y la escasa o nula presencia de vegetación.

Por otro lado, y definiendo los conceptos del titular, nos encontramos con la «ceguera vegetal» («Plant Blindness»), término acuñado tiempo después, en torno a 1999 y 2001 por los botánicos James H. Wandersee de la Universidad de Louisiana y Elisabeth E. Schussler, de la universidad de Miami. Dicho término hace referencia a la incapacidad para ver o notar plantas que se encuentran en nuestro entorno. Y no es exactamente la incapacidad física, sino la incapacidad sensorial. En otras palabras, si no conocemos la existencia de determinadas plantas, es posible que ante su presencia seamos incapaces de ni siquiera sentir que están ahí.

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Imagen general de la Plaça dels Països Catalans, Barcelona.

Esto, que nos puede parecer inverosímil tiene un ejemplo todavía más sorprendente y es la ausencia en muchas civilizaciones antiguas, como la griega, de la referencia al color azul. De esto deriva la idea de que carecer de un término para definir ciertos aspectos de nuestro entorno nos obliga a confundirlo, mezclarlos con otros conceptos que nos parezcan similares o directamente no poderlo identificar o percibir. Así, para muchos analfabetos botánicos todo se reduce a  hierbas, arbustos y árboles.

A lo largo de este artículo queremos ahondar en como la ciudad no parece lidiar contra el analfabetismo botánico sino todo lo contrario, a partir de la extensión de las plazas duras, y cómo este hecho se ha retroalimentado hasta la situación actual.

Para ello, vamos a analizar dos ejemplos claros para comparar lo que ocurre tanto en la gran urbe como en una pequeña ciudad, con los casos de Jerez de la Frontera y El Cuervo de Sevilla. En el primer caso usaremos la plaza más conocida, la Plaza del Arenal y para el segundo, la más importante, la Plaza de la Constitución.

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Imagen de la Plaza del Arenal de Jerez de la Frontera en la década de los 70 a la izquierda (Fuente: Ediciones A.G.M.) y en 2020 a la derecha (Fuente: Google Earth).

En un artículo anterior mencionamos cómo había ido cambiando de nombre la Plaza del Arenal a lo largo del tiempo, pero no sólo fue el nombre o las figuras escultóricas lo que cambió, sino la cantidad, tipología y diseño de la vegetación presente. Como puede verse en la imagen inferior, y como muchos recordarán, el diseño de la plaza en los años 70 rebosaba vegetación permitiendo al mismo tiempo espacio para el paseo, los puestos de venta temporales y las terrazas de los restaurantes. Desde la última reforma en torno a 2005, el diseño se ha visto ampliamente reducido en cuanto a vegetación, dejando una plaza de tipología dura en su mayor parte, con una amplia carestía de sombra.

En este caso, a pesar de haberse anulado las calles que rodeaban a la plaza y, por lo tanto, ampliado la superficie, la vegetación no sólo no se ha aumentado, sino que se ha reducido. Por supuesto, el mantenimiento es ahora mucho más fácil, y el costo también se ha visto reducido, pero a cambio de que no existan apenas sombras centrales o muros arbustivos que refresquen el ambiente.

El caso de El Cuervo de Sevilla no dista demasiado, pese a ser un núcleo urbano considerablemente de menor tamaño.

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Imagen de la Plaza de la Plaza de la Constitución de El Cuervo de Sevilla en 2008 a la izquierda y en 2012 a la derecha (Fuente: Google Earth).

En este otro caso, la Plaza de la Constitución contaba con un arriate, en donde se ubicaban setos, flores y enraizaban los escasos árboles, y todo ello circundado por un poyete corrido. Tras la reforma, el asiento corrido y el arriate se suprimieron, sustituyéndose por naranjos laterales y cuatro palmeras. La modificación, que permitió pasar de 44 aparcamientos circundantes a 51 (7 aparcamientos más), también sustituyó el asiento corrido que sumaba en 2008 aproximadamente unos 200 metros y 12 bancos de 2m (unos 228m de espacio para sentarse en total) por 10 bancos de unos 2 metros, 20 metros en total. Esto supone haber reducido el asiento unos 208 metros, un 91,2%.

Ante estos números sólo cabe preguntarse ¿quién se beneficia de las reformas de las plazas: el ciudadano de a pie, las arcas urbanas, o el conductor en su búsqueda de aparcamiento? Dejo la respuesta en manos de los lectores.

Sin embargo, el problema de fondo no es que haya menos sombra o menos sitio para sentarse en una determinada plaza, sino la brecha abismal que se está abriendo entre naturaleza y urbe, incluso en las pequeñas poblaciones. Se piensa a menudo que los residentes en ciudades están más desconectados de la naturaleza, pero vemos, como hemos ilustrado, que en pequeñas poblaciones es también patente el distanciamiento. No se puede permitir el analfabetismo botánico como no se puede permitir ningún analfabetismo. No significa que tengamos que ser expertos, pero sí conocer nuestro entorno tanto a nivel político y social, como natural y cultural.

Existe otro dicho muy conocido: «errar es de humanos, rectificar es de sabios». Desde mi punto de vista, las plazas duras pueden ser interesantes a nivel arquitectónico, útiles para ciertas actividades por el espacio que ofrecen pero no debieran ser la tónica general en Andalucía por lo anteriormente expuesto. Necesitamos, y cada vez más, espacios con sombras, espacios llenos de vegetación. Y lo digo no sólo ya por combatir los veranos y la contaminación, con lo que ya bastaría como justificación, sino por traer el mundo vegetal a la urbe, conectar a la sociedad con la naturaleza y que se acabe con la ceguera vegetal y el analfabetismo botánico.

Todo esto acaba por ampliar el famoso dicho de que «No se puede amar lo que no se conoce, ni defender lo que no se ama», porque directamente no podemos ver lo que no sabemos identificar.   

Nota para iniciantes: Para un analfabeto como el que escribe le ha resultado de gran ayuda el uso de dos aplicaciones móviles basadas en inteligencia artificial y en la inteligencia colectiva que pueden ayudar en los primeros pasos de identificación de flora y aves. Para flora recomiendo PlantNet, que a partir de fotografías que tomemos a las plantas nos indica de cual se trata o a cual se asemeja más, según su base de datos. Para aves, recomendaría  BirdNET, que nos permite grabar el canto de una ave en directo y tras mandarlo, nos indicará qué ave o aves aparecen en dicha grabación.

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