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Me duele enormemente oír a la gente clamando por levantar muros y reconquistar España.

Llevaba bastante tiempo sin escribir, pero ese día no dejaba de rondarme un poema por la cabeza. No lo recuerdo bien, pero sé que era de amor y tenía buena pinta. Me senté en el ordenador e intenté darle cuerpo a la idea, amasando, como es costumbre, la métrica y la rima. Lo tenía casi cuadrado cuando recibí la noticia de los sucesos de Barcelona.

Todo se desconectó de golpe. De pronto dejé de encontrarle sentido a lo que hacía, un sabor amargo me subió por la garganta y tuve que respirar profundo. La rabia y la impotencia me habían arrancado de cuajo las palabras. Volví al ordenador y borré cada verso que había escrito. No quería que las manos de los asesinos manchasen de miedo mis poesías. Seguidamente fui a cerciorarme por las redes sociales de que mis amigos catalanes, que son pocos pero buenos, estaban sanos y salvos. 

En unos segundos, Facebook se había llenado de publicaciones al respecto. Casi de forma instantánea, como una mecha encendida, la indignación dio paso al miedo y el miedo al odio más feroz. Pude ver de todo en los comentarios de las imágenes que colgaban mis contactos. Y es que hubo muchos que, inocentemente, compartieron fotos de condolencia, de procedencia desconocida, sin percatarse de los crudos comentarios que arrastraban.

Sin buscar motivos ni razones, miles de dedos acusadores señalaban a los culpables y clamaban venganza ojo por ojo, pedían el regreso de Franco e incluso abanderaban a un Santiago armado a lomos de su caballo blanco. La calle no tardó en convertirse en un eco feroz del sinsentido. Me duele enormemente oír a la gente clamando por levantar muros y reconquistar España. Es triste reconocerlo, pero nos hemos convertido en un país racista, ignorante y retrogrado que nunca podrá mirar abiertamente a los ojos del futuro. 

El miedo nos ciega, y no nos deja ver a los verdaderos terroristas, los que tenemos en casa, esos que nos llevaron a buscar bombas a Irak o que sacan tajada armando al ISIS, los buscadores de petróleo, los defensores de la Patria, los que aun a día de hoy no han sido juzgados, ni lo serán, porque sus cientos de millones los resguardan.  

Para el pueblo llano es más fácil culpar a la religión o el fanatismo, al turco del kebab que nos quita el trabajo y a todos los que lleguen de fuera, aunque vengan huyendo de las cientos de guerras que los sucios intereses de Occidente les han llevado a casa. 

Extenuado, después de ver tanto dolor, tanta miseria, tanto odio, tanta ignorancia regada con rencor, por parte de ambos bandos, en esta guerra absurda, me siento ante el ordenador y escribo. No sobre el miedo, sino sobre la necesidad. Porque si de algo estoy seguro es que a este mundo enfermo en que vivimos le sobran balas y enemigos y le faltan canciones de amor desesperadas.

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