Pedro Sánchez, durante la rueda de prensa en la que decretó el Estado de Alarma.
Pedro Sánchez, durante la rueda de prensa en la que decretó el Estado de Alarma.

Con estos dos artículos pretendo abordar la cuestión democrática a raíz del estado de alarma decretado en marzo de 2020 con motivo del Covid-19. En concreto referido, en el primer artículo, a la limitación o casi supresión de determinados derechos fundamentales. Se toma como hilo conductor La agonía de Francia de Chaves Nogales. En el segundo artículo, desde un planteamiento histórico se defienden el valor de la democracia como ejercicio de la conciencia y la responsabilidad.

Escribió Chaves Nogales en La agonía de Francia, que en aquellos días de finales de 1940 en que el general Patain puso Francia a los pies de Hitler, el pueblo fue indiferente; que tal amarga experiencia confirmaba la resistencia de las masas modernas, de tal consistencia, que resulta “más fácil y menos peligroso suprimirle al pueblo sus libertades seculares o su dignidad ciudadana que suprimirle una línea del autobús”; y que en definitiva “Las masas modernas lo soportan todo menos la incomodidad material, física”. Ahora, en mayo de 2021, podemos poner a prueba estas observaciones con las consecuencias de un hecho de envergadura menor, el estado de alarma con motivo del covid-19. ¿Hemos sido indiferentes y egoístas a posibles amenazas para la democracia?

La amenaza actual (interna, sanitaria y administrable) es distinta a la de una guerra (externa, militar y total). Hay que reconocer que en nuestro caso no se ha llegado a dar un golpe de Estado, ni siquiera se ha alterado sustancialmente el sistema democrático. Sin embargo, la limitación temporal de los derechos fundamentales en un país constituye una oportunidad excepcional para poner a prueba su calidad democrática.

La población española ha sido plenamente consciente del mal vírico, y ha soportado los sacrificios exigidos entre la resignación del deber, y la simulada oportunidad de disfrutar de unas vacaciones domiciliaras. No ha sucedido como observaba Chaves Nogales, eso de que la comunidad inalterable de su actividad continua indiferente. ¿Que en un primer momento lo hubiéramos hecho? Sin duda. Hubiéramos seguido visitando a nuestros familiares, acudiendo a manifestaciones, funciones de teatro o partidos de futbol. Pero no fue así, y entre marzo y mayo de 2020, la paralización de la vida social tanto en lugares públicos como privados fue total, el tráfico de vehículos desapareció y la Administración limitó su función a lo urgente. La actividad laboral continuó pero de forma selectiva. Unos salían cada tarde al balcón, embutidos en sus pijamas, para aplaudir a otros que sudaban bajo plásticos y cintas de carrocero en los hospitales, donde los respiradores bombeaban a pleno rendimiento, mientras en los hogares los hornos cocían bollos y pasteles durante tres meses.

Hay que concluir, que en el presente, las masas modernas paramos de golpe la vida social, y de forma relativa lo laboral y comercial. La razón, obviamente, fue la orden del Gobierno.

Se demostró que era necesario dirigir a esta suma hacinada tan grande de personas que constituyen las ciudades modernas, porque en caso de no hacerlo, los hospitales se habrían colapsado. De aquí a concebir el confinamiento como redil, no dista mucho, como tampoco a la inquietante rendición de todo pensamiento político. A pesar de la Historia, nos repetimos que no constituimos una suma de inconscientes, que la población es el fundamento de la vida política y más en democracia. La población actúa y decide, la población es responsable.

Durante aquellos días del estado de alarma duro, los medios de comunicación nos contaban sin falta cada muerto, repetían los efectos fulminantes del virus, mostraban la saturación hospitalaria, y prevenían de incumplimientos con imágenes de viandantes reducidos contundentemente por los cuerpos de seguridad oficiales. Y sin embargo, cuando nos atrevíamos a abandonar la pantalla y a abrir la puerta de casa dispuesto a incursionarnos en tierra hostil, la ciudad aparecía desierta, muda, bella en su excepción. En la calle no pasaba nada.

El Gobierno comparecía varias veces a la semana en televisión. El ministro de turno aparecía custodiado por militares y altos mandos de los cuerpos de seguridad. Quizás la proporción que hubiera correspondido era de más uniformes médicos y menos policiales. Las llamadas a la responsabilidad ciudadana fueron genéricas, sólo en pos de lo ordenado y de las consecuencias para la salud. En ningún momento se aprovechó la excelente ocasión, única en nuestra joven democracia, para explicar a los ciudadanos la importancia del patrimonio jurídico democrático y lo que unas medidas tan restrictivas implicaban.

La información jurídica tardó unas semanas en publicarse, y su repercusión difícilmente pudo suplir una política democrática estatal. Sólo algunos sectores minoritarios consideraron una forma más suave de limitar la libre circulación. Fueron pocos ciudadanos los que se preguntaron si era proporcional al peligro la prohibición de dar un paseo diario de veinte minutos siquiera en el entorno del domicilio durante tres meses. Muchos defendían que los ciudadanos somos nuestros principales enemigos, y que se hacía imperioso prohibir así, a la mayor. Tampoco personas con formación universitaria y de izquierdas, quizás por el tonto miedo a parecer de derechas, abrieron la boca en aquellos días. Respecto al derecho de reunión y manifestación, bienes especialmente sensibles, reinó un silencio timorato hasta que a los dos meses del estado de alarma, llegó el 1 de mayo y fue inevitable plantearlo. ¿Se podía suprimir el derecho de expresión de los ciudadanos de un país democrático? ¿Se les podía obligar a permanecer callados, encerrados, padeciendo una limitación tal de derechos, durante un tiempo indefinido? Las respuestas de los Tribunales Superiores de Justicia abrieron la puerta a la proporcionalidad. Por otra parte, ya que los velatorios se convirtieron en importantes focos de transmisión del virus, también se prohibieron. Antígona habría resucitado en 2020, aunque fuera solo para verlo.

Según lo relatado, un idealista democrático y formado podría haber caído en una especie de crisis espiritual allá por mayo de 2020. Una pregunta le atormentaría, ¿puede seguir confiando ese demócrata en una resistencia conciudadana si se urdiera hábilmente un golpe de estado justificado en un peligro alarmante mientras el confort general es asegurado? ¿No habríamos cumplido entonces con la misma indiferencia observada por Chaves Nogales entre los franceses de 1940 que preferían perder derechos y libertades a renunciar a horas de consumo y ocio?

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