Pedro Sánchez en un pasado evento por el Día contra la Violencia de Género en Jerez. FOTO: JUAN CARLOS TORO.
Pedro Sánchez en un pasado evento por el Día contra la Violencia de Género en Jerez. FOTO: JUAN CARLOS TORO.

Mucha gente piensa que el poder desgasta, pero pocos analizan los resortes que el poder tiene para fomentar los propios intereses de sus partidarios y para consolidar su opción política. Por eso es muy común decir que cuando uno accede al poder automáticamente se convierte en conservador porque pretende conservar todos los privilegios que el poder conlleva y presupone. Solamente el cese del presidente del Gobierno acarrea la salida de más de 1.300 personas entre el personal de confianza y altos cargos tanto de los ministerios, como de organismos, entidades y empresas públicas. Personas que son las que realmente ejecutan el día a día de los presupuestos y hacen posible su aplicación conforme las directrices políticas  recibidas y determinan el fracaso o éxito de la gestión administrativa.

Por consiguiente, no es de extrañar la célebre frase que emitió Giulio Andreoti, primer ministro italiano del partido democratacristiano que fue absuelto tras ser acusado de tener vínculos con la mafia: “No desgasta el poder, lo que desgasta es no tenerlo”. Precisamente esa podría haber sido la premisa de iniciar la moción de censura con tanta urgencia, en unos momentos en que las encuestas del que se presentó y ganó la moción le daban una merma considerable del respaldo demoscópico. La razón de la acción fue ahora o nunca.

Muchas veces uno solo tiene una oportunidad en la vida que llama a la puerta para cambiar su historia, en esta ocasión fue el caso Gürtel el detonante, la coyuntura apropiada para dar el golpe legítimo contra su oponente. Antiguamente, cuando todo se resolvía con guerras, se buscaba un “casus belli “o pretexto para iniciar una acción bélica. Hoy, en una sociedad pacífica en el que los conflictos se deben resolver por los mecanismos constitucionales, la moción de censura es un procedimiento democrático más en la lucha por el poder, aunque, en este caso, se buscó también paralelamente un “casus belli”, como era la corrupción que se deducía del fallo judicial. De ese modo, en el Congreso de los Diputados se pudieron agrupar 180 votos de los más heterogéneos partidos a favor de derrocar al presidente saliente, en el que se sumaron una disparidad de intereses diversos. Pero a todos ellos no les unió un programa común, al revés, lo único que les unió fue la idea de expulsar al que estaba.

Posiblemente muchos de esos 180 diputados que votaron a favor del cambio no lo hubiesen hecho, si hubiesen tenido que apoyar a esa misma persona como nuevo presidente bajo la pasarela mediática de una investidura. La osadía del candidato fue la clave de su éxito. Por eso, como decía Virgilio en la Eneida “a los osados le sonríe la fortuna”, “Audentes Fortuna iuvat”.

Ahora la mayoría de diputados tienen que digerir los sapos que se han tragado estos días por haber optado, en muchos casos, entre lo malo o lo peor. De algún modo están asumiendo la máxima que pronunciaba el economista canadiense J.K. Galbraith, asesor de J.K. Kenedy: "La política no es el arte de lo posible. Consiste en elegir entre lo desastroso y lo desagradable”.

¿Podrá el nuevo presidente contentar a la mayoría, sin que afecte muy  negativamente al resto o habrá que celebrar nuevas elecciones dentro de poco?

Por el bien de nuestro país y el bienestar de sus ciudadanos, lo importante es que estos cambios no sean para mal, aunque los pronósticos de los expertos pintan bastos por la amalgama de intereses tan diversos que tiran en direcciones contrarias. Se deben aunar esfuerzos y hay muchos temas que resolver: pensiones, educación, sanidad, encaje territorial, cambio climático, dependencia, igualdad, desempleo, bajos salarios,  corrupción, impuestos excesivos, deuda pública... ¿Podrá el nuevo presidente contentar a la mayoría, sin que afecte muy  negativamente al resto o habrá que celebrar nuevas elecciones dentro de poco?

No obstante, por lo visto hasta el momento, el nuevo Gobierno está creando muchas expectativas. Ahora bien, el aumento de carteras ministeriales augura un incremento del gasto público, lo que contrasta con una política de austeridad y de control del mismo, tan necesaria para contener el déficit y no disparar la deuda pública. Ahora que por fin tenemos superávit primario en las cuentas públicas (diferencia entre los gastos e ingresos sin tener en cuenta el pago de los interese de la deuda) sería un despropósito dilapidarlo.  Se debe ser eficiente y eficaz, disminuyendo el gasto de lo superfluo, ahorrando nóminas de altos cargos y de personal de confianza metidos a dedo y simplificando las estructuras administrativas para sacarles el máximo rendimiento y parece que se está haciendo lo contrario. ¿Ha comenzado una nueva etapa de sobredimensión de la Administración Pública con más funcionarios en tareas burocráticas y de despilfarro, como ya vimos hace unos años, que tendremos que pagar desgraciadamente más tarde entre todos con más recortes o con más impuestos?

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