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Querida amiga: Ha  llegado el verano, y con él, ya sabes, lo de siempre: la gran huida.

Querida amiga:

Ha llegado el verano, y con él, ya sabes, lo de siempre: la gran huida. Carreteras completamente repletas de coches; las multitudes tapizando las playas con sus cuerpos pálidos, deseosos de sol y de recibir la caricia del mar del levante español; todo por escapar de la vida cotidiana, de los días sin-sentido de este mundo loco en el que pretendemos vivir durante un mes, mientras el resto del año nos limitamos a “ir tirando”. Es el peaje que se paga mientras el ciclo vital te obliga a buscarte la vida con ahínco en las grandes urbes; lugares donde los sueños de la mayoría se estrellan contra una realidad demasiado exigente y la falta de espacios para disfrutar del tiempo y la alegría de lo festivo.

Pensarás que qué demonios hago en esta playa sureña desde donde te escribo. Pero mira, unos amigos han venido a visitarnos y hemos pensado que estarán más contentos si les damos la posibilidad de disfrutar de estas playas paradisíacas de la frontera sur del sur. Y aquí estamos, en Caños de Meca, un lugar que tiene algo de mítico para muchos que van buscando un rincón en el que aún sea posible vivir sin muchas reglas. Esta franja del litoral gaditano tiene algo especial, aunque me temo que cada vez más se empieza a parecer al resto de los litorales, en los que el poder del ladrillo, la especulación y la masificación, han dejado una huella imborrable y también abominable.     

Por cierto, que hoy he pensado en ti mientras observaba distintas escenas a mi alrededor en la hermosa playa de Zahora, muy cerca de Barbate. Por supuesto, no todo lo que allí acontecía me ha llamado la atención; ya sabes lo que suele haber en una mañana de domingo en las playas: parejitas veinteañeras con cuerpos refulgentes tostándose dulcemente al sol;  matrimonios maduros que se protegen de la tórrida mañana y se entretienen con un libro, o un diario;  grupos  de jovenzuelos  literalmente tirados, indolentemente, sin reparar en el sol, el calor, o la arena, que los embadurna; niños y niñas: rollizos, delgaduchos, rubios, castaños, morenos, chinos, africanos, alemanes…, en fin, en la era de la globalización ya no se sabe si son adoptivos, o sólo pasan unos días en España.

Bueno, estarás pensando que a qué viene todo este preámbulo. Y tienes razón, pero no me parecía bien entrar a saco y contarte la escena que más me ha llamado la atención y me ha hecho pensar en ti.

Verás: por aquí es muy común que las familias se reúnan para pasar el día entero  en la playa. En Cataluña, donde, ya sabes, me he pasado casi toda mi vida, no he observado el fenómeno, pero en  Cádiz la playa es un espacio de sociabilidad clarísimo, sobre todo para las clases populares, de economías no demasiado boyantes. Desde primera hora de la mañana, grupos de adultos, niños y adolescentes, empiezan a “desembarcar” con todos los bártulos y ocupan zonas muy amplias, como si de una parcela propia se tratara. Eso sí,  vienen preparados con todo tipo de cachivaches, como si trasladasen la sala de estar y el comedor a la orilla del mar. Colocan un grupo de sombrillas, o un trozo de lona cuadrado, alzado sobre unas varillas de metal, para crear una especie de microclima,  en el que se guarecen del calor del sol. Son verdaderos porches, te lo aseguro. Algunos, como los de esta mañana, instalan algo parecido a una tienda de campaña, donde guardan los enseres y las viandas.

Me he fijado en ellos, porque en esta playa no suele haber ese ambiente familiar; como te he dicho, es un lugar de jóvenes y parejas de más o menos edad, algunos de los cuales suelen practicar el nudismo sin ningún problema, ni restricción. 

Bueno, pues estos de hoy eran unas cuatro o cinco parejas, con sus respectivos niños. La “sala de estar” que habían instalado estaba compuesta por una mesa rectangular, cubierta por un mantel, creo que de hule, muy colorista. Sentados alrededor, cuatro o cinco hombres, aproximadamente de unos cuarenta años,  se entretenían en jugar a lar cartas; pero mientras mataban el tiempo con el juego, no paraban de engullir todo tipo de aperitivos, que acompañaban con grandes vasos de cerveza bien fresca.

Es curioso, y no la primera vez que lo observo: el grupo masculino descansa completamente relajado y en esa actitud semi infantil que requiere el juego de azar; Como te digo, ellos sentados, diríase que literalmente retrepados o ajenos a todo lo que no sea la sencillísima diversión; ellas, pululando alrededor, sin descanso, ejerciendo de “madres nutricias”, no sólo con sus hombres, sino con toda la prole, más o menos crecida. Dos hermosos niños, andan ensimismados muy cerca del grupo de adultos. Juegan muy seriamente con sendos camiones y una grúa de plástico,  de colores muy llamativos. También los pequeños acuden al olor y las voces de las madres, que no tienen  necesidad de usar ningún tipo de advertencia ni requerimiento para atraer la atención de los chiquillos. El hambre y el agradable ambiente de la mesa son suficientes alicientes.    

Esta mañana, mirando lo que allí pasaba, he pensado que estas  mujeres, sorprendentemente, se divierten. Ellas también disfrutan de la comida. Dan cuenta de los típicos langostinos, que pelan con gran habilidad,  mientras alimentan indistintamente a todos los que se congregan alrededor de la gran nevera portátil. Son como gallinas cluecas cuidando amorosamente de sus polluelos. Me pregunto qué harían ellos solos…, y si se podrían permitir esa relajación que disfrutan de forma tan inconsciente, por decir algo poco ofensivo.

Aunque te resulte raro, los langostinos es uno de los manjares que en estas reuniones nunca falta, junto con las papas aliñás, la carne empaná, o la tortilla española; todo regado con litros y litros de cerveza para los mayores y de coca cola y demás refrescos azucarados, para los niños y adolescentes. En la mesa no falta hoy un gran termo de café calentito, para que a la comida no le falte detalle, y las barras de pan, que circulan de mano en mano. ¡Menudo banquete!, he pensado, mientras procuraba quedarme con las imágenes en la retina, para luego contártelo, segura de que disfrutarás de estas escenas que ni el mismo Almodóvar podría soñar.  

Bueno, querida amiga, es lo que tiene eso de acercarse a la realidad con ojos nuevos, al fin y al cabo, después de tantos años fuera, no dejo de ser algo extranjera en mi propia tierra. Por suerte, aún conservo esa capacidad de asombro que me lleva a querer recrear algo sencillo y cotidiano. Esta carta, que ojalá pudieras disfrutar y responder, es sólo un intento de poner en palabras uno de esos momentos que procuro captar y disfrutar en estos días de playa y hermosas puestas de sol; al sur del sur, desde donde se vislumbran los perfiles del continente  Africano.

Hasta la próxima. Un abrazo muy caluroso… y nunca mejor dicho.

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