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Confieso que me molesta esta ingente cantidad de cariño atolondrado, sin destinatario concreto. 

Por estas fechas la gente se quiere mucho. Todos quieren a todos, en masa. Porque sí. El amor en serie llega por tierra, mar y aire, con sus campanillas, ristras de corazones musicales y cantarines deseos de prosperidad. Confieso que me molesta esta ingente cantidad de cariño atolondrado, sin destinatario concreto. Para esto soy muy agria y nunca respondo. Si la segunda semana de enero el vecino sigue sin saludar, los primos con los que te criaste no recuerdan que existes —aunque vivan en la misma ciudad— y siguen con la misma amnesia selectiva o en la cola del súper esa señora con carro repleto no te cede el turno aunque tú solo lleves una barra de pan, no importa, porque aquel muchacho africano bien armado nos felicitó a todos las fiestas vía WhatsApp —a ver con qué meme viral nos sorprenden este año—.

Es un horror la globalización de la felicidad de cartón, a lo anuncio de Casa Tarradellas, y el corta y pega constante, sin atisbo alguno de creatividad, en los correos electrónicos. Aunque venimos observando, y no me lo nieguen, un decreciente interés por la bella acción de sentarse a escribir una misiva un poco más larga. Mejor los messengers instantáneos, y los grupos del demonio, con su pipipí pipipí.

A pesar de todo, les confieso que servidora es bastante ilusa y sigue vibrando cuando llega una notificación en días señalados. Pero la vibración se queda en la mera señal del móvil, cuando me percato de que la felicitación no era para mí, o sí, pero la misma, exactamente la misma, para 200 personas y sus circunstancias. A lo mejor echo de menos a alguno de los remitentes de dedos veloces y alocados, que pulsan mi nombre o marcan mi contacto para dar a reenviar. A lo menos, me echa de menos alguno de los que de pasada han visto mi nombre entre las listas de nombres de personas desconocidas. Todo es posible, y como dicen en las pelis ñoñas de Antena 3, en Navidad los milagros suceden en cada esquina. Ay.

Recuerdo con nostalgia la ilusión que sentía al abrir el buzón y encontrar un puñadito pequeño, de apenas cuatro o cinco sobres procedentes de lugares diversos, con postales navideñas manuscritas, enviadas por amigos, mis amigos, para mí, solo para mí. Afecto personalizado. Ejercicio de egolatría, también. La cuestión es que esos amigos siguen en mi vida, como marcados con tinta indeleble en el corazón, de la que mancha y no se borra jamás. Son huellas que no pueden arrojarse a la papelera de reciclaje ni al abismo de un universo digital que se me antoja frío, muy frío. En estas fechas todo el mundo quiere mucho a todo el mundo. Pero permítanme que me desmarque, y restrinja mi atención a lo cercano y abarcable. Se corresponde, de seguro, con el cariño real.

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