"Qué cara está la carne de gallina", dijo el despiadado Borbón de 1921

Cristóbal Orellana.

Cristóbal Orellana

Licenciado en Filosofía (US), Diplomado en Geografía e Historia (UNED), Máster en Archivística (US), Máster en Cultura de Paz y Conflictos (UCA), de profesión archivero, de militancia pacifista, de vocación libertario, pasajero de un mundo a la deriva.

Ilustración del semanario El Motín, de 1885.
Ilustración del semanario El Motín, de 1885.

Qué duda cabe de que la exigencia de paz es una de las más longevas, insistentes y generalizadas demandas del pueblo a lo largo y ancho de los tiempos y de las civilizaciones. Pues la Historia, a pesar de las historiografías nacionales, gubernamentales y oficialistas, no puede ser explicada únicamente por la presencia de las armas y los grandes cataclismos militares vía imperios, conquistas, invasiones, masacres, holocaustos...

Es decir, es la exigencia de paz y de prosperidad, y no el belicismo, la que ha guiado siempre a los pueblos, frecuentemente frente a sus gobernantes, en su camino de sobrevivencia y progreso (valga esta denostada, con razón, palabra-idea). Y digo esto porque, visto en perspectiva y de la mano de este artículo de hace diez años sobre la resistencia antimilitarista en Andalucía caigo en la cuenta de que es en ese "episodio" del referéndum de la OTAN en España de marzo de 1986 que podríamos situar, en mi opinión, el epicentro de un histórico terremoto social y político: la escisión radical entre la élite política, que gira en el s. XX hacia el militarismo permanente, y la voluntad popular, que exige una y otra vez el pacifismo. Porque el totalitarismo no es exactamente el fascismo, sino el militarismo que se perpetúa de régimen político en régimen político sin varianzas (excepto la cualitativa varianza que representan hoy las armas de destrucción masiva).

Quizás en términos generales, el pacifismo, no caer los pueblos a degüello en los campos de batalla por obra y gracia de los intereses de las élites gobernantes al servicio de patrones económicos diversos, es el núcleo duro de la idea de democracia a través de los tiempos. Sí, claro que el pueblo (la mayoría de las veces obligado a la fuerza) ha participado en esas carnicerías, fríamente programadas, que son las guerras. Sí, por supuesto, pero resistiéndose cuanto ha podido y, claro, pagando el precio más alto ante monarcas y clase política corruptos:

La historia de España, cuajada de pretorianismo y dictaduras militares (Primo de Rivera, Franco, etc.) en defensa de los intereses de la burguesía comercial, terrateniente e industrial, lo dice todo respecto a, enfrente, en actitud bien resistente, los constantes motines populares antiquintas hasta finalizar con la histórica insumisión al servicio militar (una "insumisión" muy decididamente antimilitarista y no solo antirreclutamiento).

Para mí, la lección principal es esta: sabemos lo que son las dictaduras no tanto cuando nos gobierna un führer inhumano y enloquecido, como Franco, Trump, Bolsonaro, etc., sino cuando comprobamos que es el estado de guerra permanente (ese que se mantiene gracias a los componentes del Consejo "de Seguridad" de la ONU) el que establece el marco de las condiciones del depredador juego económico internacional por ganar mercados, fuentes de energía, áreas de influencia, pasos estratégicos, zonas de interés, pactos de explotación,  etc.

Para España, el movimiento pacifista puso un hito en marzo de 1986, quizás el primer hito, que va a marcar el quid profundo de la democracia del pueblo, a saber, su separación del rumbo que sigue la élite política que se dice a sí misma democrática pero que está regida por la dictadura permanente de la gestión violenta, o destructiva, belicista, de los adversarios, de los colonizados, de los dominados, mediante el armamentismo y el intervencionismo más crudo.

Hoy, como en 12 de marzo de 1986, la resistencia y oposición democrática pacifista desvela, de forma natural, la dictadura encubierta que son las "democracias" occidentales manejadas por la OTAN, desde el Pentágono, como peligrosos títeres que, en medio de pandemias y crisis sociales sin cuento, siguen y siguen engrosando el presupuesto militar, las ventas de armas y las grandes maniobras navales, aéreas y terrestres en todos los rincones del planeta. También el espacio, por último, está siendo militarizado a toda velocidad por las élites políticas de las potencias a la par que la renovación de los arsenales nucleares.

Siempre el pacifismo ha sido aplastado y criminalizado de la peor manera. Y es lógico, ya que el pacifismo es, en esencia, de forma secular, la denuncia viva de la políticas de muerte de las élites sordas, sórdidas, siempre armamentistas y dispuestas a todo por mantener el poder. En este país Annual, julio de 1921, nos recuerda, igual que aquel referéndum de la OTAN de 1986 que el PSOE amañó de mala manera, que la guerra no es el camino.

Alfonso XIII, el Borbón de turno en 1921, cuando un empresario pagó un rescate de 4 millones de pesetas a Abd el-Krim para repatriar a españoles apresados en el Rif, frente a la costa de Andalucía, dijo sin inmutarse: "Qué cara está la carne de gallina". Una carnicera frase que expresaba, y expresa, la infinita distancia entre una élite corrupta y militarista, siempre apostando por el gasto militar y las guerras, y los intereses del pueblo, del bien público, de la paz, de la cooperación internacional.

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