Nuestro hotel se encontraba a las afueras de Roma..., en la última parada de un autobús que se desangraba siempre en San Pedro al ir abarrotado, a cualquier hora del día, de curas bastante serios y monjas demasiado tapadas; un hotel que servía de refugio a los últimos días de aquella relación que, personalmente, no me llevaba a ninguna parte salvo devorar las hojas de mi calendario a base de un sexo que cada día consumíamos sobre los acordes de Nek y las sinfonías de Dvorak.

Lo supe desde el principio..., pero durante tres largos años no hice nada para acabar con aquella unión de piedra, papel y tijeras que empequeñecía -sin merecerlo- a aquella muchacha extranjera de dieciocho años que no dejaba de adorarme irracionalmente y que me conducía a mi única salida posible: a mi incansable e inagotable busqueda de la diversión por el simple hecho de que ésta anulaba mi capacidad para cuestionar mi vida..., como uno de esos perros de agua que no se preguntará nunca el porqué de su existencia mientras continúen echándole huesos al suelo. Así era yo..., un perro que ni siquiera quería levantar su hocico del cemento para que no se le acabara aquel chollo; aquel castillo construido en el aire desde el aire; inventándome, en aquel caso, una farsa romana para poder levitar sobre mi propia tragedia que cada vez olía más a podrido.

Y así, en aquellos decadentes y tristes días de Navidad, descubrí Roma: sus plazas donde siempre hay alguien, sus fuentes repletas de monedas y fantasías llegadas de las esquinas del mundo, contemplé la sombra coloreada de aquel Papa que ya no tenía fuerzas para darnos la paz en todos los idiomas que llegó a descifrar, el color del agua de los ríos que tienen memoria... Y con Roma, al mismo tiempo, empecé a conocerla..., y a entender que ella no merecía pasar por aquello; que un día -igual que yo y que tú- se convertiría en piedra y ya no habría vuelta atrás ni modo de rescatar aquellos años perdidos; que mi escasez de amigos y mi urgente necesidad juvenil de sexo fácil, probablemente, estaban impidiendo que fuera feliz. En aquella eterna madrugada que comenzó en Ostia -con botellas vacías de Chianti malo volando sobre nuestras cabezas y petardos estallando bajo nuestros pies- y que se despidió tras una infinita caminata que nos llevó a atravesar toda la ciudad junto al Tiber; en aquella vieja Roma sin taxis y con todos los siglos por delante, comencé a amarla sin darme cuenta..., pero ya era demasiado tarde.

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