nawal-el-saadawi-.jpg
nawal-el-saadawi-.jpg

Aquellas a las que un día molestó demasiado el cansancio.

Aquella noche se parecía demasiado a cualquier otra. En la misma parada del autobús, una modista negra de Montgomery (Alabama) esperaba sin ser consciente de lo que estaba a punto de vivir. Quiso la historia —y aun sin proponérselo, también ella— que esa fuera una ocasión para el recuerdo. Cansada tras un largo día de trabajo, algo más cansada que de costumbre, la mujer se dejó caer en un asiento del vehículo y comenzó su diario viaje de vuelta a casa. En la siguiente estación, accedió al autobús un caballero blanco bien vestido. Contraviniendo lo debido, la mujer se negó a ceder su sitio al pasajero caucásico y continuó sentada. Corría el año 1955 y ella era, como ya todos habrán adivinado, Rosa Parks. La joven afroamericana estaba cansada. Los pies le dolían y es muy probable que también el alma. Pero más los pies. Por aquel entonces, los negros (que representaban el 75 por ciento de los usuarios de ese transporte público) tenían que pagar en la parte delantera, volver a salir, subir por la puerta trasera y sentarse solo en las zonas indicadas para la gente “de color”. Ella nunca quiso estatuas ni homenajes. Se levantó sin levantarse. Estaba cansada. Aquello inició un boicot por parte de la población negra al uso del transporte público que duró más de un año y culminó con una resolución del Tribunal Supremo que ilegalizó los autobuses segregados en la ciudad sureña. Bendito cansancio.

En la calurosa tarde del 22 de junio de 1981, Julia Ibars dejó escapar de sus labios un discreto suspiro de alivio. Ese día, el ministro de Justicia de UCD, Francisco Fernández Ordóñez, contaba emocionado en televisión cómo había sido aprobado el proyecto de Ley del Divorcio en España. Quince días después, la iniciativa quedó ratificada ya como ley, y apenas dos meses más tarde, Julia consiguió la disolución de su matrimonio. A la mañana siguiente, los periódicos nacionales abrieron con la noticia del juez de Santander que firmaba la primera sentencia de divorcio de la —muy católica y apostólica aún— España postfranquista. Tres años habían pasado desde su boda y quiso el destino que ella fuera la primera. Ella no deseaba ser pionera, ni que su nombre apareciera en los informativos, ni que su fracaso sentimental fuera noticia. Simplemente, estaba cansada.

A sus 84 años, la escritora y psiquiatra egipcia Nawal al Saadawi lo tiene muy claro. Convidada por el gobierno español a unas jornadas sobre igualdad de género en el Norte de África y Oriente Próximo rehúsa sentarse bajo el logo de la institución que la invita. Se confiesa en contra de todos los gobiernos y no teme decirlo frente a los anfitriones del evento. Al margen de hazañas como haber esbozado sus memorias en un rollo de papel higiénico y con un lápiz de contrabando en una prisión egipcia, es autora de una de las frases más lúcidas y reveladoras de los últimos tiempos: “Para ser feminista no es suficiente con ser una mujer, porque Hillary Clinton [aspirante a la candidatura del Partido Demócrata en las próximas elecciones estadounidenses] es mujer pero también es a la vez capitalista, patriarcal y religiosa, que son las causas por las que las mujeres están oprimidas en el mundo”. Quizás haga falta haber vivido ocho décadas para mostrar tales dosis de abrumadora y estimulante franqueza. O tal vez la respuesta esté en el hartazgo que genera una sociedad patriarcal colocando sus esperanzas en un falso imaginario de lo femenino. Está cansada.

Un ser humano aleccionado, lo es independientemente de su género. Quienes no creen en la batalla por los derechos civiles, quienes abrazan la competencia salvaje y confían en la falacia de la autorregulación del mercado, son peligrosos. Son peligrosas. Con mimbres idénticos, el cesto en construcción no puede ser distinto. Moldeado con más rabia y autosuficiencia quizá, pero no diferente. Aquellas mujeres que han alzado la voz, que se han puesto de pie aunque permanecieran sentadas, que han dado un paso al frente contra una sociedad hipócrita para evitar prolongar una hipócrita vida doméstica, que dicen lo que piensan… esas son las imprescindibles. Aquellas a las que un día molestó demasiado el cansancio.

 

Archivado en:

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Ahora en portada
Lo más leído