Jane Eyre, en un fotograma.
Jane Eyre, en un fotograma.

Este encierro nos está sirviendo para leer más que nunca. En mis mesas se acumulan los libros. Los ya leídos y los que están por leer.

He repasado la librería del salón,  rebuscado en las estanterías de  las  habitaciones de mis hijos para ver qué puedo releer.

 He encontrado títulos regalados o bien elegidos por ellos que en su día llamaron mi atención, me enamoraron y ahora  los acaricio  con cierta nostalgia. Hojeo Orgullo y Prejuicio de Jane Austen. Recordé a Jane Eyre y el singular temperamento que le dio Charlotte Brontë. Cómo no, por ahí sobresalen los Harry Potter.

Estos días los sentimientos están a flor de piel, así pues, y por el mero hecho de pasar la mano por el lomo de un libro, me devuelve a estancias en compañía, reflexiones en tertulias con café y pastas incluida. Conversaciones cruzadas de opiniones diferentes y saludables.

Suspiro y enseguida  me hago ésta reflexión; no hay que darle más vueltas. Volver a pensar cómo estábamos, cómo vivíamos no nos devolverá la normalidad. 

Retomaremos las riendas de nuestras vidas si somos sensatos, y respetamos ese distanciamiento social que nos recluyó, y por el cual se ha podido controlar la situación. 

Hay mucho irresponsable que sale a la calle para  correr como si fuera solo,  y pasa por tu lado sin  miramiento alguno expulsándote a la cara todos sus efluvios. Quieres esquivarlo, miras  por donde escapar y no encuentras refugio. La amenaza viene por tu derecha y si  pasas a la izquierda tampoco hay sitio libre. Te sientes confinada en la calle. El aire libre no existe, todos queremos nuestro espacio y con los parques cerrados no hay lugar  más lugar donde escapar. 

Todos  queremos salir y caminas junto a patines que se te cruzan, bicicletas veloces  o perros inquietos.

Luego tenemos a otra clase de ansiosos. Grupos de personas en bares sin las medidas exigidas. Algunos hosteleros que tampoco las han tenido en cuenta en las fase que le permitían abrir. 

Tan difícil es entender al peligro que nos enfrentamos con una vuelta atrás. ¿Desconocen, acaso, que si continúan con estas acciones imprudentes aumentaran los contagios?

Es alentador comprobar cómo trabajan los sanitarios, los expertos y desolador ver estos comportamientos que  pondrán de nuevo contra las cuerdas al Sistema Sanitario.

Usemos el sentido común  y recordemos lo que se ha vivido en los hospitales, en las UCI saturadas, las residencias de mayores…

Que le pregunten a las familias de los casi 27.000 fallecidos. Los que aún padecen las enfermedad y el sufrimiento de sus seres queridos sin poder acompañarles. 

Por mucho que queramos correr, sin salud no habrá  economía ni libertad.  Por lo tanto,  si continuamos con  esa ligereza y aglomeraciones de gente con comportamientos que ponen en peligro a todo el mundo,  no saldremos de esta. O salimos todos juntos o nos vamos todos juntos al carajo. Así de claro.

Hay varias maneras de parar el virus, una de ellas está en nuestras manos; haciendo cada uno de nosotros lo que debemos. Mientras estábamos encerrados todo era fácil, nos sacan… y llega el verdadero problema, el reto. 

La Pandemia debería hacernos reflexionar cuáles son las prioridades, los objetivos que marcarán nuestras vidas de aquí en adelante. Qué es lo esencial, qué lo superfluo. 

El confinamiento, el virus se ajusta a una verdad que teníamos olvidada;  que somos parte de un todo. Que  compartimos la misma suerte y  el mismo final. Unos más duro que otros pero con el mismo destino.

Después del cabreo por esas fiestas, botellones en azoteas, los grupos amontonados en las terrazas… me calma la lectura. 

Vuelvo a mis libros. Me reencuentro con autores que despertaron y avivaron mi interés por la lectura en la adolescencia: Dostoievski, Tolstoi, Marcel Proust, Gustav Flaubert  con mi querida Enma, Madame Bovary y su  mundo. 

Un mundo bien distinto el de estos clásicos con el de hoy. Sin embargo, sus sueños siguen chocando, a veces cruelmente, con la realidad.

Como hay fases para rato y esa normalidad seguirá siendo irreal… vuelvo a mis autores que, por lo que veo, tampoco se resignaron a su destino.

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