Suena un poco presuntuoso titular un artículo como el famoso ensayo de Lenin de 1902. Claro que el mismo título —¿Qué hacer?— ya había sido usado antes por Chernishevski en su utopía de 1862, lo que diluye un poco la arrogancia. Permítaseme la licencia.
124 años después de Lenin, la pregunta sigue siendo pertinente. Claro que Lenin hablaba de revolución (poco después ocurriría la de 1905) y aquí me temo que hablamos de supervivencia.
¿Qué hacer acerca de qué? Pues acerca de una sociedad que se degrada a ojos vista, desgarrada por los discursos del odio, atrapada en la desigualdad y aplastada por un ambiente tóxico que la derecha se ha empeñado en hacer invivible. Se extiende poco a poco un manto oscuro que lo pervierte todo, corroe la democracia y parece imparable. Se ha urdido una estrategia para demoler los principios básicos de la democracia en la que participan poderosos intereses: partidos de derecha, corporaciones mediáticas, una parte destacada del poder judicial, determinados poderes económicos y, por supuesto, sectores amplios de las fuerzas de seguridad del Estado.
¿Qué hacer quiénes? Pues la gente que se siente comprometida con una sociedad democrática, de justicia, convivencia y respeto a los derechos humanos. Desde quienes estamos inmersos en el día a día de movimientos y redes sociales de todo tipo, hasta las personas y organizaciones que nos reivindicamos en la izquierda política que defiende esos valores.
¿Qué hacer, pues? Aunque parezca un desvío, permítaseme señalar antes lo que creo que no debemos hacer.
No podemos permitirnos la inacción. No actuar, inhibirse de la movilización social y de la política pensando que es una simple ola que ya pasará, esperando que lleguen otros tiempos más favorables a la izquierda, es un error. La inactividad no es una opción. Por medio está el sufrimiento de millones de personas que pagarán caro la indiferencia en términos de vida. La ola puede oscurecer el mundo durante decenios. No debemos permitirlo.
Tampoco debemos inhibirnos de la acción política. El lema “solo el pueblo salva al pueblo”, que tan bien ha explotado la extrema derecha, expresa esta postura de repliegue. Además de no ser cierto —porque el pueblo necesita de los recursos y las estructuras del Estado para afrontar tragedias, discriminaciones o desigualdades—, esa frase se suele traducir en un desprecio hacia la gestión institucional. Se piensa erróneamente que “las cosas” sólo se resuelven en las luchas y en la calle. Indispensables y fundamentales como son, al final es imprescindible que los derechos por los que nos movilizamos sean asumidos por el Estado y plasmados en acción política y legislación positiva.
De esta forma, opino que para desviar el rumbo oscuro al que nos empujan, necesitamos una amplísima movilización social; todavía inexistente, pero que ya apunta maneras. Esa movilización evidencia un malestar de fondo que se expresó no hace mucho, por ejemplo, el 8 de marzo; o que nos muestra la comunidad educativa valenciana estos días; o las mareas blancas en Andalucía. También apunta maneras la persistente solidaridad con Palestina, o ahora con Cuba.
Todo ello no son episodios aislados, sino expresiones de un malestar profundo. Y aquí quiero detenerme un poco. La movilización social alrededor de la hermandad con Palestina no es solo un gesto simbólico de solidaridad; es parte de la guerra cultural por los valores centrales de la democracia, el orden internacional y los derechos humanos. La lucha de apoyo al pueblo palestino está rompiendo las costuras de una Europa de poderosos intereses que, de forma repugnante, se ponen por encima de la vida y del ser humano. Por tanto, ni debemos ni podemos dejarla desfallecer: nos lo jugamos todo, todos y todas, en ella.
Otra movilización que apunta maneras es la hermosa y extraordinaria activación de miles de personas para gestionar y ayudar a las personas migrantes en el proceso de regularización en marcha. De nuevo aquí vemos las costuras de la guerra cultural contra la segregación y el discurso del odio. Una batalla que articulamos desde una medida concreta que permite vida y futuro a cientos de miles de personas.
Pero, al mismo tiempo, este proceso de regularización escenifica perfectamente el punto al que quería llegar. Es fruto de la exigencia de miles de personas y organizaciones que se concretó en la ILP presentada en enero de 2024, avalada por más de 700.000 firmas y apoyada por 900 colectivos. Sin embargo, sólo se ha podido materializar al existir un gobierno susceptible de ser influido por esa marea humana, dispuesto a ponerla en marcha finalmente a través de un Decreto (el 316/2026).
Este ejemplo de articulación entre la acción social y la política es el mejor punto de partida. Cuando la movilización social de la izquierda y las instituciones progresistas se desconectan, la reacción gana terreno. Cuando se encuentran, la democracia avanza. Insisto: sin una amplia movilización social el lado oscuro ocupará todo el campo y dejarán de crecer las flores de la igualdad y la justicia. Pero no basta con la calle. Las gentes de la izquierda tienen que actuar en política para ocupar los espacios de gobierno que permitan activar y proteger medidas como el IMV, el SMI o la propia regularización.
De nuevo, pues, ¿Qué hacer? Pues lograr que la izquierda política sea capaz de articular una alternativa para plantar cara en la guerra cultural a las derechas, y materializar las aspiraciones vitales de la mayoría: la dependencia, la igualdad, la salud, la educación, la acogida y las estructuras públicas necesarias para sostener la vida.
Una alternativa que, además, sea capaz de establecer una estrecha imbricación con los movimientos y las redes asociativas para crear una sinergia que permita una retroalimentación, inspirando y condicionando políticas públicas para el común.
Estoy convencido de que una alternativa política que sepa interpelar a todo el pueblo de la izquierda exige algún grado de articulación, confluencia o unidad. Y que, de una forma u otra, debe tener un alcance estatal. Soy consciente de las dificultades para ello: territoriales, de agravios enquistados, de liderazgos anquilosados y de estrategias políticas que muchas veces no divergen tanto como nos quieren contar.
No me engaño sobre las dificultades. Pero la unidad es imprescindible y, sobre todo, es posible si la impulsa el propio pueblo de la izquierda, la gente que carga con las consecuencias de este sistema oscuro y feroz y, al tiempo, es asumida honestamente por las organizaciones que han de materializarla. No hay excusa partidista que valga cuando lo que está en juego es el futuro común.
No nos preguntamos ahora ¿Qué hacer? para organizar una revolución como la de octubre de 1917. No. Nos preguntamos ¿Qué hacer? para sobrevivir, para evitar que nos sometan y nos expriman hasta la última gota. Sobrevivir para que la sociedad buena que queremos sea posible y, por fin, la hagamos presente.
Suena un poco presuntuoso titular un artículo como el famoso ensayo de Lenin de 1902. Claro que el mismo título —¿Qué hacer?— ya había sido usado antes por Chernishevski en su utopía de 1862, lo que diluye un poco la arrogancia. Permítaseme la licencia.
124 años después de Lenin, la pregunta sigue siendo pertinente. Claro que Lenin hablaba de revolución (poco después ocurriría la de 1905) y aquí me temo que hablamos de supervivencia.
¿Qué hacer acerca de qué? Pues acerca de una sociedad que se degrada a ojos vista, desgarrada por los discursos del odio, atrapada en la desigualdad y aplastada por un ambiente tóxico que la derecha se ha empeñado en hacer invivible. Se extiende poco a poco un manto oscuro que lo pervierte todo, corroe la democracia y parece imparable. Se ha urdido una estrategia para demoler los principios básicos de la democracia en la que participan poderosos intereses: partidos de derecha, corporaciones mediáticas, una parte destacada del poder judicial, determinados poderes económicos y, por supuesto, sectores amplios de las fuerzas de seguridad del Estado.
¿Qué hacer quiénes? Pues la gente que se siente comprometida con una sociedad democrática, de justicia, convivencia y respeto a los derechos humanos. Desde quienes estamos inmersos en el día a día de movimientos y redes sociales de todo tipo, hasta las personas y organizaciones que nos reivindicamos en la izquierda política que defiende esos valores.
¿Qué hacer, pues? Aunque parezca un desvío, permítaseme señalar antes lo que creo que no debemos hacer.
No podemos permitirnos la inacción. No actuar, inhibirse de la movilización social y de la política pensando que es una simple ola que ya pasará, esperando que lleguen otros tiempos más favorables a la izquierda, es un error. La inactividad no es una opción. Por medio está el sufrimiento de millones de personas que pagarán caro la indiferencia en términos de vida. La ola puede oscurecer el mundo durante decenios. No debemos permitirlo.
Tampoco debemos inhibirnos de la acción política. El lema “solo el pueblo salva al pueblo”, que tan bien ha explotado la extrema derecha, expresa esta postura de repliegue. Además de no ser cierto —porque el pueblo necesita de los recursos y las estructuras del Estado para afrontar tragedias, discriminaciones o desigualdades—, esa frase se suele traducir en un desprecio hacia la gestión institucional. Se piensa erróneamente que “las cosas” sólo se resuelven en las luchas y en la calle. Indispensables y fundamentales como son, al final es imprescindible que los derechos por los que nos movilizamos sean asumidos por el Estado y plasmados en acción política y legislación positiva.
De esta forma, opino que para desviar el rumbo oscuro al que nos empujan, necesitamos una amplísima movilización social; todavía inexistente, pero que ya apunta maneras. Esa movilización evidencia un malestar de fondo que se expresó no hace mucho, por ejemplo, el 8 de marzo; o que nos muestra la comunidad educativa valenciana estos días; o las mareas blancas en Andalucía. También apunta maneras la persistente solidaridad con Palestina, o ahora con Cuba.
Todo ello no son episodios aislados, sino expresiones de un malestar profundo. Y aquí quiero detenerme un poco. La movilización social alrededor de la hermandad con Palestina no es solo un gesto simbólico de solidaridad; es parte de la guerra cultural por los valores centrales de la democracia, el orden internacional y los derechos humanos. La lucha de apoyo al pueblo palestino está rompiendo las costuras de una Europa de poderosos intereses que, de forma repugnante, se ponen por encima de la vida y del ser humano. Por tanto, ni debemos ni podemos dejarla desfallecer: nos lo jugamos todo, todos y todas, en ella.
Otra movilización que apunta maneras es la hermosa y extraordinaria activación de miles de personas para gestionar y ayudar a las personas migrantes en el proceso de regularización en marcha. De nuevo aquí vemos las costuras de la guerra cultural contra la segregación y el discurso del odio. Una batalla que articulamos desde una medida concreta que permite vida y futuro a cientos de miles de personas.
Pero, al mismo tiempo, este proceso de regularización escenifica perfectamente el punto al que quería llegar. Es fruto de la exigencia de miles de personas y organizaciones que se concretó en la ILP presentada en enero de 2024, avalada por más de 700.000 firmas y apoyada por 900 colectivos. Sin embargo, sólo se ha podido materializar al existir un gobierno susceptible de ser influido por esa marea humana, dispuesto a ponerla en marcha finalmente a través de un Decreto (el 316/2026).
Este ejemplo de articulación entre la acción social y la política es el mejor punto de partida. Cuando la movilización social de la izquierda y las instituciones progresistas se desconectan, la reacción gana terreno. Cuando se encuentran, la democracia avanza. Insisto: sin una amplia movilización social el lado oscuro ocupará todo el campo y dejarán de crecer las flores de la igualdad y la justicia. Pero no basta con la calle. Las gentes de la izquierda tienen que actuar en política para ocupar los espacios de gobierno que permitan activar y proteger medidas como el IMV, el SMI o la propia regularización.
De nuevo, pues, ¿Qué hacer? Pues lograr que la izquierda política sea capaz de articular una alternativa para plantar cara en la guerra cultural a las derechas, y materializar las aspiraciones vitales de la mayoría: la dependencia, la igualdad, la salud, la educación, la acogida y las estructuras públicas necesarias para sostener la vida.
Una alternativa que, además, sea capaz de establecer una estrecha imbricación con los movimientos y las redes asociativas para crear una sinergia que permita una retroalimentación, inspirando y condicionando políticas públicas para el común.
Estoy convencido de que una alternativa política que sepa interpelar a todo el pueblo de la izquierda exige algún grado de articulación, confluencia o unidad. Y que, de una forma u otra, debe tener un alcance estatal. Soy consciente de las dificultades para ello: territoriales, de agravios enquistados, de liderazgos anquilosados y de estrategias políticas que muchas veces no divergen tanto como nos quieren contar.
No me engaño sobre las dificultades. Pero la unidad es imprescindible y, sobre todo, es posible si la impulsa el propio pueblo de la izquierda, la gente que carga con las consecuencias de este sistema oscuro y feroz y, al tiempo, es asumida honestamente por las organizaciones que han de materializarla. No hay excusa partidista que valga cuando lo que está en juego es el futuro común.
No nos preguntamos ahora ¿Qué hacer? para organizar una revolución como la de octubre de 1917. No. Nos preguntamos ¿Qué hacer? para sobrevivir, para evitar que nos sometan y nos expriman hasta la última gota. Sobrevivir para que la sociedad buena que queremos sea posible y, por fin, la hagamos presente.
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