Las fronteras que nos cruzan

El mundo que configuran las fronteras es un mundo de muerte, no sólo para las personas que pierden la vida en el mar

Una imagen de la valla de Melilla.
Una imagen de la valla de Melilla. Stephane M. Grueso
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¿Qué son las fronteras y porque ocurre lo que ocurre en ellas? Podemos convenir de que se trata de una línea divisoria -física- que separa dos estados y que normalmente está reconocida internacionalmente.

Pero siendo ello cierto sin duda cada vez resulta más insatisfactorio.  Porque las fronteras, entre ellas nuestra Frontera Sur, trascienden el espacio físico y las infraestructuras que la conforman para modelar algo nuevo. Poco a poco las fronteras van permeando no sólo y en primer lugar los espacios adyacentes, sino que luego van corrompiendo culturalmente a los países que separan.

Gloria Anzaldúa -que fue académica, activista política, feminista, escritora y poeta chicana- lo expresa muy bien refiriéndose a la frontera EE.UU. México, lo que muy bien pudiera aplicarse a nuestra frontera sur. Ella dice que “la frontera es una herida abierta donde el Tercer Mundo se araña contra el primero y sangra. Y antes de que se forme costra vuelve la hemorragia, la savia vital de dos mundos que se funde para formar un tercer país, una cultura de frontera”

Así que en efecto las fronteras trascienden el espacio físico donde se ubican y las infraestructuras que las configuran. Generan conforme se consolidan un mundo, un nuevo mundo con efectos y alcances singulares y propios. O, si se quiere, una serie de mundos físicos, económicos, morales, culturales más o menos corrompidos y en los que quedan en suspenso las convenciones que configuran los estados de derecho. 

Las actuales políticas de frontera originan una cultura que conforma estatus de poder, hábitos, privilegios, racismo, brechas de desigualdad, actuaciones represivas y un espacio en blanco donde se escriben las violaciones de los derechos humanos.

En el actual mundo globalizado, en palabras de la periodista Sarah Babiker, las fronteras “son la herramienta clave para el extractivismo y el despojo, en ellas se sustenta la acumulación obscena que acapara vida, recursos, riqueza, y también posibilidad de futuro en pocas manos. Las fronteras posibilitan un sistema vampiro donde una pequeña minoría absorbe sin responsabilidad ni límite tanto lo que procede de la tierra como lo que procede del trabajo”.

Utilizando el concepto popularizado por el filósofo camerunés Achille Mbembe, se trata de necropolíticas migratorias, políticas de muerte que este año pasado, según la investigación de la APDHA, se han cobrado la vida de 2.126 personas, un 24% más que en 2020. En lo que va de año ya se han superado los 1.500 muertos y desaparecidos.

Pero el mundo frontera es algo más que el control de las migraciones o en su caso del paso de mercancías. Porque, como vengo sosteniendo, en realidad las fronteras no son sólo físicas, sino que forman un espacio cultural propio al que las políticas de rechazo y control dan forma y las hacen operativas en uno u o en otro sentido.

En nuestro caso, hablamos, por ejemplo, de las mujeres porteadoras, para las que la frontera era un medio de vida aunque fuera ciertamente que duro y miserable. Hoy, en vez de mayor dignidad, han encontrado abandono, exclusión, estigma y pobreza.

Hablamos de trabajadoras y trabajadores transfronterizos que, tras el cierre de la frontera en marzo de 2020 por el COVID, se encuentran ante un dilema de difícil solución: o bien se quedan en Ceuta sin saber cuándo podrán volver a sus hogares con sus familias o vuelven a Marruecos perdiendo su trabajo y la autorización de trabajo.

Hablamos de la extrema explotación laboral que propicia la existencia de la frontera más desigual del mundo. Especialmente en Tánger donde se han deslocalizado empresas del textil como Inditex o Mayoral. En febrero de 2021, 28 personas, la mayoría mujeres, murieron en el incendio de un taller se asegura que una subcontrata de Inditex. Volvemos a ver como se eleva el viejo humo morado: 110 años después del incendio de NY contemplamos la tragedia de mujeres ardiendo por la codicia y la crueldad empresarial.

Hablamos de la persecución de personas subsaharianas en Marruecos, nuestro subcontratado matón del Sur. Racismo, redadas, desplazamientos forzados, deportaciones, palizas, violaciones, impedir el asilo…

Hablamos de las mujeres contratadas en origen en Marruecos para la recogida de los frutos rojos en Huelva. Los criterios que se utilizan en la selección de las jornaleras responden a un perfil discriminatorio y estereotipado. Y luego se encuentran aquí con más explotación y abusos que pocas veces salen a la luz.

Hablamos ¿cómo no? de la trata de personas que es una consecuencia directa de las políticas de control y militarización de las fronteras, según el interesante Informe para CEAR elaborado por Raquel Celis y Verónica Álvarez.

El espacio frontera se ha convertido así un mundo de excepcionalidad, una página de vergüenza donde quedan en suspenso los principios del estado de derecho

El mundo que configuran las fronteras es un mundo de muerte, no sólo para las personas que pierden la vida en el mar. En Ceuta y Melilla intentar atravesar la frontera es asumir un riesgo elevado de perder la vida a manos de las fuerzas policiales o militares de uno u otro lado, como en 2005 en ambas ciudades, como en 2014 en la frontera del Tarajal el Ceuta o como este pasado junio en Melilla con 37 muertos a manos de las fuerzas marroquíes.

El mundo Frontera se teje como un cáncer en nuestras sociedades, pudriendo nuestras raíces y dividiendo a la propia sociedad. Un concepto de fronteras externas e internas que ya habían implementado los Reyes Católicos y perdura hasta hoy en nuevas y viejas variantes

Así que, la frontera no sólo se cruza, son las fronteras las que nos cruzan. De nuevo en palabras de Sarah Babiker, “hay otro tipo de fronteras como brechas materiales, simbólicas, que separan a la gente del acceso a lo necesario para vivir, pero también a la esperanza, el sosiego y la capacidad de proyectar un futuro.

Nuestras fronteras del Sur forman el paraguas ideológico que alimenta el discurso de odio y fomenta que crezcan las actitudes de ultraderecha. Cuando Sánchez o Marlaska felicitan a Marruecos por la masacre de Melilla está contribuyendo al abrir ese paraguas ideológico.

Por eso permitimos sin que se nos caiga el alma campamentos inhumanos en Huelva y en Almería, que con frecuencia son quemados. O no nos importa que la policía se dedique a identificar a la gente por cuestiones raciales. Da igual.

Y es así, volviendo a Ansaldúa, porque: “Las fronteras Klas que se cruzan, las que nos cruzan) están diseñadas para definir los lugares que son seguros y los que no lo son, para distinguir el us (nosotros) del them (ellos)”. 

Y en el ellos son incluidas las personas pobres, las sin hogar, las chabolistas, las personas migrantes, las racializadas, las que tienen opciones distintas, las personas trans o queer ¿y por qué no? también las mujeres. 

Ese es el reto que tenemos como sociedad democrática y civilizada, ser capaces de gestionar las fronteras precisamente de forma democrática y civilizada, para que dejen de ser espacios de excepción y se respeten -también allí- los derechos humanos.

Quizás no somos suficientemente conscientes de que para desactivar las cada vez más altas fronteras internas, forzosamente -sin excusas- hay que repensar la gestión respetuosa con los derechos humanos en las que llamamos fronteras exteriores.

 

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