Caída de las nubes

En un pequeño pueblo sucedió un hecho insólito, razón por el que la prensa se desplazó hasta ese punto minúsculo del mapa: una mujer, que desconocía su estado de gracia, da a luz una niña sana

Un campo de girasoles bajo un cielo repleto de nubes.
27 de febrero de 2026 a las 07:15h

¿Qué es la realidad? Un estudiante avezado de primero de la ESO respondería que es un sustantivo común, abstracto, luego no tangible, y sabría que no se puede contar ni delimitar, abarcar en un espacio. Entonces, me pregunto por qué tenemos la osadía de querer imponer la realidad, una realidad que contendría sin discusión la verdad. Pero, ¿de qué realidad hablamos?  ¿De qué verdad? Estas preguntas pueden haber sido el punto de partida de Violaine Bérto al escribir su último libro.

O al menos, sobre eso me ha hecho pensar a mi la última novela de la francesa Violaine Bérot: Caída de las nubes (2025). En este libro la realidad es un prisma formado por la perspectiva de distintas personas que tienen en común haber observado un mismo hecho, aunque sin igual implicación y desde lugares distintos. Hasta el lector tiene la posibilidad de formar parte de esa mirada prismática, pues el relato podemos leerlo de forma lineal, página tras página, o escuchando por separado a los personajes, saltando hacia adelante y volviendo hacia atrás, según te va marcando la autora. 

En un pequeño pueblo sucedió un hecho insólito, razón por el que la prensa se desplazó hasta ese punto minúsculo del mapa: una mujer, que desconocía su estado de gracia, da a luz una niña sana. ¿Pero quién se va a creer eso? ¿qué mujer no sabe que está embarazada? ¿Cómo que rechaza a la criatura? Esta es la reacción de la maestra, representante de la gente de bien, esa gente que juzga con el refranero, “piensa mal y acertarás”. Como si los refranes fueran una fuente de sabiduría cuando no son otra cosa que el reflejo de nuestro pensamiento a lo largo de la historia, tantas veces intolerante e inflexible.

Esta novela no se queda en el mundo de las apariencias, en la narración de la maestra. Sin narrador, analiza el suceso a la manera de un forense que empieza desde la superficie, expuesta y sucia de intolerancia, y se adentra, separando capa a capa, en el cuerpo, sacando a la luz cada órgano, que en Caída de las nubes no son sino las palabras que cada personaje aporta para componer la historia. 

El argumento se desgrana en distintos diálogos, formando una obra coral. No creo que sea un recurso gratuito, que busque tan solo la originalidad. El diálogo, ese ejercicio en el que se habla y se escucha y del que nace un texto nuevo y colectivo, es la forma humana civilizada de llegar a la verdad, que no es única, y a partir de ahí crear en la mente la realidad, múltiple, para más señas. Caída de las nubes concibe las grandes verdades, aceptadas sin discusión, como imposiciones. Cuando, por el contrario, deberíamos aceptar que las verdades no existen; sino que las vamos haciendo. No se impone el pensamiento ni aún menos la forma de sentir. Tener hijos es un fenómeno natural, pero esto no implica que toda mujer quiera o sepa someterse a la maternidad.

La protagonista, la madre por sorpresa, necesita entender lo que le ocurre, buscar al suceso un lugar en su existencia. No le basta con tragar, ella siente ese hecho natural como una agresión, y no puede aceptarlo por el simple hecho de que así ha sido siempre. Escuchar a ese grupo coral, uno a uno, nos abre los ojos a las realidades y a las verdades. Retiramos las apariencias, revelamos los sentimientos de esa madre por imposición. Salimos de la caverna a la luz.

Caída de las nubes es un canto a la tolerancia, una defensa del diálogo y la reflexión antes de actuar, un tratado sobre los beneficios que tiene escuchar antes de juzgar. Si partimos del convencimiento de que nuestros ojos son los que ven la realidad, no malgastaremos nuestro tiempo en atender —¿atender?— “aguantar las sandeces” del otro. Si no nos escuchamos, no hay manera de entenderse. No entenderse por no escucharse no puede dar nada bueno a nuestra sociedad. Tener paciencia, escuchando y conversando, será más complejo, más trabajoso. Pero los hombres y las mujeres nos sentiremos mejor, más libres y más cerca de una sociedad que dé cabida a todos. Todos ganaremos.